Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
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Decapitado a la serpiente
El primer sonido que escuché fue el de los nafirs.
Un estruendo grave atravesó el campo de batalla y, casi al mismo tiempo, miles de Aserios comenzaron a avanzar hacia el puente.
Desde nuestra posición podía ver cómo sus filas se extendían por el horizonte. Eran tantos que parecía que el ejército no tenía fin.
—Ya comenzaron —susurró Milena.
—Sí.
Frente al puente, Kallias levantó su espada.
—¡Falange!
La infantería de Wilders comenzó a moverse.
Los escudos se elevaron y las lanzas fueron colocadas hacia delante. En pocos segundos, los hombres formaron una línea compacta, protegida por varias filas de soldados.
Los arqueros se encontraban detrás de ellos.
El general les dio la indicación.
—¡Disparen!
Una lluvia de flechas surcó el cielo.
Los primeros Aserios cayeron antes de siquiera alcanzar la formación.
Pero los de detrás de ellos continuaban avanzando.
Brokta ordenó a sus hombres con un par de movimientos de mano.
—¡A los flancos de la falange! ¡Protejan a los arqueros!
Los Gálatas comenzaron a moverse a ambos lados de la formación de Wilders. Su función era impedir que los Aserios rodearan a nuestros soldados y, al mismo tiempo, proteger a los arqueros de cualquier ataque.
Entonces ocurrió el primer choque. Fue brutal.
Los primeros Aserios llegaron hasta la falange y trataron de atravesarla. No pudieron. Las lanzas de los soldados de Wilders sobresalían entre los escudos como un muro de hierro. Los que intentaban avanzar eran recibidos por decenas de puntas.
Algunos caían atravesados, otros intentaban apartar las lanzas con sus escudos, pero detrás de cada soldado había otro soldado que lo empujaba sin querer contra el muro de lanzas.
La falange funcionaba.
Por primera vez desde que había comenzado aquella batalla, sentí algo parecido a la confianza. El enemigo no podía rodearlos y, cada vez que intentaban avanzar, chocaban sin conseguir romper la falange.
Sin embargo, su número seguía siendo aterrador. Miles continuaban llegando.
Desde la distancia observé un carro que avanzaba detrás de sus líneas. Sobre él se encontraba un hombre que llevaba una armadura diferente a la de los demás.
—Ese debe ser el general —murmuré.
Dirio observó el campo de batalla desde su carro durante unos segundos.
Después levantó su brazo para indicar a los arqueros.
—¡Proyectiles!
Los Aserios comenzaron a lanzar piedras y otros proyectiles contra nuestros hombres.
El campo se convirtió en un caos.
Los golpes contra los escudos comenzaron a escucharse por todas partes. Algunos soldados cayeron, mientras otros mantenían la formación.
Nuestros arqueros continuaban disparando, los Gálatas luchaban ferozmente en los flancos y los Aserios seguían llegando.
Pero todavía no era el momento. Miré hacia los árboles y las tropas ocultas permanecían allí.
Kallias había sido claro. Debíamos esperar.
El problema era que los Aserios también tenían un plan. Un rugido hizo que todos miráramos hacia el campo.
Los elefantes avanzaban.
Cuatro de aquellas enormes bestias comenzaron a cargar directamente contra los flancos de la falange.
—¡Son más temibles de lo que parecen en las historias! —exclamó Iséro.
Los elefantes aceleraron. Cada paso hacía temblar el suelo.
Los soldados intentaron mantener sus posiciones, pero esas criaturas eran demasiado grandes.
Golpearon con fuerza contra las filas de los Gálatas. Los hombres salieron despedidos.
Los gritos se mezclaron con los rugidos de las bestias y el sonido de las armas.
—No podrán detenerlos mucho tiempo —dijo Milena.
Uno de los caudillos Gálatas ocultos observó la situación.
No esperó más.
—¡Tenemos que ayudar!
Sus hombres salieron del bosque.
Aparecieron desde los árboles en el lado derecho y fueron vistos por Dirio.
El general Aserio dio una señal.
—¡Caballería! ¡Ataquen a los que salen del bosque!
Miles de jinetes comenzaron a avanzar. La batalla en el flanco derecho se convirtió en una masacre.
Los Gálatas que acababan de salir del bosque fueron recibidos por la caballería enemiga y varias unidades de infantería.
Los arqueros enemigos aprovecharon la distancia para disparar contra ellos. El otro caudillo Gálata comprendió que ya no podía permanecer oculto en el bosque.
Levantó su espada.
—¡Avancen!
Sus soldados cargaron contra el enemigo. La infantería se lanzó contra las unidades Aserias, mientras él y su caballería golpeaban a los arqueros, jabalineros y honderos con una ferocidad que no les dio tiempo a responder.
La batalla se había vuelto un completo caos.
Dirio observaba atentamente el campo de batalla.
Y tomó una decisión.
—¡Los elefantes restantes! ¡Avancen!
Las últimas cuatro bestias comenzaron a moverse. Junto a ellas avanzaron varias unidades de infantería que protegían al general.
En cuestión de minutos, todo el campo estaba en movimiento. Ya no existían líneas claras.
El general Kallias y sus hombres seguían aguantando frente al puente, los Gálatas estaban combatiendo en ambos flancos, los elefantes atacaban los flancos y las tropas Gálatas que habían salido de los bosques, la caballería Aseria estaba en una batalla encarnizada en los flancos y los arqueros de ambos bandos continuaban disparando desde la distancia.
Entonces entendí que ese era el momento del que Kallias me habló.
Miré a mis hombres.
—¡Monten!
Los cien jinetes comenzaron a subir a sus caballos. Iséro tomó su lanza, Milena ajustó sus espadas y Kállos levantó su escudo.
Me coloqué sobre mi caballo.
—¡Síganme!
Salimos del bosque.
No fuimos directamente hacia el centro. Aprovechando el ruido y la concentración del general en el campo de batalla, avanzamos entre el bosque hasta salir por detrás de él y su guardia.
Nuestro objetivo era claro.
Él.
Salimos del bosque y cargamos a toda velocidad tras su espalda.
Miré a los jinetes y me coloqué en el centro de la formación.
—Ahora.
Los caballos aceleraron.
Los Aserios que se encontraban detrás de su general apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
—¡Carguen!
Golpeamos directamente contra ellos. La formación enemiga se desmoronó. Intentaban girarse para enfrentarnos, pero ya era tarde. Los arrollamos, pasándoles por encima.
No tuvieron tiempo suficiente para saber lo que pasaba. Vi varios Aserios caer bajo las patas de los caballos. Otros intentaron levantar sus escudos, pero fueron derribados antes de poder defenderse.
—¡A por el general! —grité.
Seguimos avanzando hasta que finalmente llegué al carro de Dirio.
Su expresión cambió.
—¡Soldados! ¡Protéjanme!
Los soldados que lo rodeaban comenzaron a moverse, pero no sirvió de nada. Nosotros ya estábamos sobre él.
Iséro y varios jinetes abrían paso, mientras Milena y Kállos protegían los flancos de la formación.
Dirio bajó de su carro y tomó su espada.
Nuestros ojos se encontraron. Durante un segundo, todo parecía detenerse.
Él tomó el caballo de uno de sus hombres y cargó junto a algunos de ellos contra nosotros.
Nuestros caballos se cruzaron y tuve que levantar el escudo para detener su primer golpe.
El impacto casi me hizo perder el equilibrio.
El general Aserio era fuerte, mucho más de lo que esperaba.
Volvió a atacar.
Bloqueé el golpe y respondí enseguida.
Dirio retrocedió.
—¡Yo soy el general Dirio! ¿Quién te crees que eres para intentar matarme?
No respondí.
Me lancé nuevamente sobre él.
Nuestras espadas chocaron varias veces.
Él consiguió golpear varias veces mi escudo, pero no lograba atravesar mi defensa.
Recordé todo lo vivido hasta llegar allí: a mi padre, a mi tío, a mi hermano y a todos los que había perdido, además de los nuevos que conocí.
Y por un instante lo vi.
En el movimiento de aquel general quedó expuesta una abertura en su defensa.
Ataqué.
Mi espada se incrustó en su pecho.
El general Aserio cayó de su caballo.
Lo miré por un instante.
Pero la batalla no había terminado, aunque su general estaba muerto.
El enorme ruido me obligó a mirar el campo de batalla. Los elefantes se encontraban muy heridos. Las bestias comenzaron a retroceder. Fueron heridas por varias flechas y apuñaladas por las lanzas.
Algunos elefantes se dieron la vuelta e intentaron salir de ese lugar.
—¡Apártense! —se escuchaba de entre las filas Aserias.
Pero era difícil. No había mucho espacio debido al gran número que eran. Fueron pisoteados, arrastraban soldados enemigos con una facilidad que el miedo se apoderó de ellos.
Ya no obedecían a sus jinetes. Solo querían salir de ese lugar.
Las tropas Aserias empezaron a escapar poco a poco. Los grupos de atrás de su ejército no querían ser pisoteados y los del frente, al ver huir a los demás, no les quedó de otra que también escapar.
Fue ahí, dentro de la confusión del bando enemigo, que los Gálatas y soldados de Wilders masacraron a quienes intentaban escapar.
Kallias y los tres caudillos ordenaron a sus hombres perseguirlos. Eso se convirtió en un total desastre para el ejército enemigo, que fue masacrado hasta que no quedó ningún otro invasor de pie.
Gran parte escapó, pero de los ochenta mil que comenzaron el ataque terminaron perdiendo a la mitad. Alrededor de treinta y cinco mil habían logrado escapar.
Perdieron gran parte de sus fuerzas y a su general.
Mientras que nosotros perdimos unos siete mil hombres ese día.
Era una victoria, pero a un alto precio. También perdimos la mitad de nuestras fuerzas.
Cuando cayó la noche, regresamos al campamento.
Los soldados encendieron las fogatas, atendieron a los heridos y algunos comenzaron a reír, celebrar y lamentar las pérdidas de sus amigos. El lugar estaba lleno de distintos sentimientos, pero todos felices por haber podido frenar a los Aserios.
Bebimos, comimos e incluso algunos hablaban de lo que pasó en sus partes del campo de batalla. Hasta los heridos parecían incapaces de ocultar su alegría.
Me senté junto a Iséro, Milena, Kállos y los jinetes que habían sobrevivido.
Durante unos segundos observamos las llamas en silencio.
—Lo conseguimos —dijo Iséro.
Milena sonrió.
—Y contra un ejército que nos cuadruplicaba casi en número.
Kállos miró hacia el campo.
—No fue una victoria fácil para nadie.
La miré.
Ella sonrió ligeramente.
—Fue porque conocíamos cómo poder vencerlos, además de lo sucedido con los elefantes, que al parecer son un arma de doble filo.
Asentí.
Habíamos utilizado la posición del río y los árboles, el ataque sorpresa acompañado de un golpe de suerte.
Lo importante era que conseguimos hacer que un ejército mucho mayor que el nuestro luchara donde a nosotros más nos convenía.
Ese día entendí algo que después me acompañaría el resto de mis batallas: los números podían ser decisivos en una batalla, pero si no eran bien usados y no se tenía un conocimiento general del terreno, además del rival, esos soldados no servirían de nada contra fuerzas que, aunque menores en tropas, podían maniobrar con mayor facilidad. El ingenio es el arma más poderosa que puede tener un líder que conoce a su gente.
Pasamos la noche celebrando y comiendo.
Esperando y viendo qué nos deparaba el futuro.