Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀
NovelToon tiene autorización de DARLIN VELASQUEZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
UN MUNDO PEQUEÑO
"Atrévete: el mundo se revela a los curiosos."
—¿Cómo lo detenemos? —preguntó Keiren. Su voz ya no era la de un niño asustado, sino la de alguien que acababa de encontrar un propósito para su fuego azul.
Marcus suspiró y miró a VR15. —Para detener la simulación, Ámbar, debes encontrar el Punto de Origen. Pero para eso necesito que dejes de ver fragmentos... y empieces a ver el Presente Paralelo.
—¿El presente paralelo? —repetí.
—Necesito que uses tu poder para ver a tu familia en el ahora. Conéctate con lo que dejaste atrás; ellos serán el ancla que evitará que te pierdas en el futuro cuando ataquemos. Pero antes de sumergirnos en esta locura... vamos a comer algo. Sé que están hambrientos.
Marcus cumplió su palabra. Antes de hablar de entrenamientos, peligros o futuros imposibles, nos llevó a un lugar mucho más simple… y mucho más necesario. Un comedor, la palabra me parecía absurda hasta que lo vi. Mesas largas de madera real, gastadas por el uso; lámparas cálidas colgando del techo; personas sentadas comiendo, hablando, riendo. El aire estaba cargado de aromas que jamás había conocido: algo dulce, algo especiado, algo profundamente reconfortante. Mi estómago reaccionó antes que mi mente.
—Coman —dijo Marcus con naturalidad—. Nadie puede sostener la verdad con el estómago vacío.
Nos sentamos. Frente a mí colocaron un plato hondo con algo que parecía una sopa espesa, de tonos dorados y verdes intensos. Había pan. Pan de verdad. No la masa seca y gris de la ciudad muralla, sino algo crujiente, tibio, con olor a hogar. Tomé la cuchara con cuidado, como si pudiera romperse. Probé y el mundo se detuvo. El sabor explotó en mi boca de una forma que me hizo cerrar los ojos. Era intenso, vivo, complejo. No sabía cómo describirlo porque no tenía recuerdos con los cuales compararlo. Sentí calor en el pecho, un nudo en la garganta.
—Esto… —murmuré— esto está vivo.
Keiren rió suavemente al verme. —Creo que acabo de entender por qué la gente pelea guerras por la comida —dijo, llevándose un trozo de pan a la boca—. Si esto es real… todo lo demás era una broma cruel.
Comimos despacio, saboreando cada bocado como si pudiera desaparecer en cualquier momento. Observé a mi alrededor: niños corriendo, adultos conversando sin miedo, platos distintos, colores distintos. Nadie parecía apurado. Nadie parecía vigilado. Por primera vez desde que salí de la ciudad muralla, sentí algo parecido a la paz. Mientras terminábamos de comer, no pude evitar seguir observando los platos de las otras mesas. Había colores distintos en cada uno: rojos intensos, verdes profundos, amarillos brillantes. Frutas cortadas en trozos perfectos, verduras que jamás había visto fuera de los libros viejos de la Colmena y algunas en el vivero. Aquello no podía ser casualidad.
—Marcus… —dije al fin, sin poder contener la duda—. ¿Cómo logran todo esto aquí abajo? La comida, los cultivos… —miré el pan entre mis manos—. En la ciudad muralla apenas sobrevivimos con raciones. ¿Cómo pueden tener tanta variedad?
El científico sonrió, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde el momento en que nos vio probar el primer bocado. —Porque aquí no cultivamos para sobrevivir —respondió—. Cultivamos para vivir.
Se apoyó con cuidado en la mesa y continuó: —Este refugio no es solo una ciudad oculta. Es un ecosistema. Debajo de nosotros hay capas de tierra fértil que fueron selladas hace décadas, antes de que la superficie fuera tomada por la simulación. Aprovechamos la humedad natural del subsuelo, corrientes de agua reales y un sistema de iluminación que imita el ciclo verdadero del sol.
—¿Entonces… todo esto crece de verdad? —pregunté, casi en un susurro.
—Cada fruto, cada legumbre —asintió—. Tenemos huertos verticales, invernaderos subterráneos y semillas que fueron preservadas por generaciones. Tomates, raíces, cereales, frutas dulces… incluso especias. Nada de esto podría existir en una ciudad muralla porque allí el suelo está muerto. Aquí, en cambio, la tierra aún recuerda cómo dar vida.
Keiren dejó la cuchara sobre el plato y se quedó mirando la mesa durante unos segundos, como si algo se hubiera ordenado dentro de su cabeza. Luego levantó la vista lentamente.
—Marcus… —dijo con voz baja—. En la ciudad muralla existe una huerta.
El científico alzó las cejas, atento. —¿Una huerta?
—El nivel tres —continuó Keiren—. No aparece en los recorridos comunes y nadie que trabaje allí puede hablar de ello. Es una regla estricta. Si lo haces, desapareces.
Sentí un escalofrío. —Keiren y yo trabajamos allí —añadí—.
Marcus nos observó con mayor interés. —VR15 es mi mentor —continué—. Me enseñó a cuidar las plantas, a medir la humedad, a no dañar las raíces. Pero nunca me explicó para quién era la producción.
VR15 bajó ligeramente la cabeza. —No era información autorizada —dijo—. Y aún no lo es.
Keiren apretó la mandíbula. —Cultivábamos frutas, legumbres, hojas verdes… comida real —dijo—. En cantidades suficientes como para alimentar a muchas personas. Pero jamás la vimos llegar a los humanos. Nunca estuvo en las raciones.
—Solo la empacaban —añadí—. Y se la llevaban.
Marcus apoyó ambas manos sobre la mesa. —Entonces el Gran Jefe no solo ocultó la vida —dijo con gravedad—. La reservó.
El silencio cayó como una losa. —¿Para quién? —pregunté.
Marcus negó lentamente con la cabeza. —Para quien controla el sistema —respondió—. O para quienes planean sobrevivir cuando el resto crea que no hay nada que salvar.
VR15 habló con voz más baja de lo habitual. —El nivel tres no es una contradicción del sistema —dijo—. Es su seguro.
Keiren exhaló con rabia contenida. —Nos hicieron cuidarla —dijo—. Como si no mereciéramos probarla. Miré nuevamente la comida frente a mí, tan real, tan abundante. Y comprendí algo con una claridad amarga: el mundo nunca estuvo muerto. Solo estaba racionado. El silencio que siguió fue extraño. No incómodo… sino tenso, como si el aire mismo se hubiera detenido. VR15 permanecía sentado, Su postura era rígida, más de lo habitual. Las luces de sus articulaciones, normalmente estables, comenzaron a parpadear con una irregularidad casi imperceptible.
—VR15… —lo llamé.
No respondió. Su cabeza se inclinó levemente hacia un lado. Un sonido bajo, metálico, vibró desde su pecho, como un zumbido ahogado.
—Advertencia —dijo de pronto, con la voz distorsionada—. Conflicto de protocolo detectado.
Keiren se levantó de inmediato. —¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Qué conflicto?
VR15 se levantó y dio un paso ha
cia adelante… y se detuvo en seco, como si una fuerza invisible lo hubiese anclado al suelo. Sus manos se cerraron lentamente en puños. —Acceso a información clasificada… —continuó—. Nivel de restricción: absoluto.
Marcus ya estaba a su lado, observando con atención científica, pero con el ceño marcado por algo más cercano a la preocupación.
—Está reviviendo un bloqueo —dijo—. Un ancla de obediencia.
—Error de sincronización —dijo de inmediato el Bokly, con su voz habitual—. Falla menor en el sistema motor.
Keiren frunció el ceño. —¿Eso es normal?
—Sí —respondió—. Sucede ocasionalmente cuando se procesan múltiples datos no prioritarios. Marcus lo observó con atención, sin decir nada.
Yo sentí un escalofrío recorrerme la espalda. —Pero estabas… quieto —dije.
—Corrección —replicó VR15—. Breve latencia. No representa ningún riesgo. Volvió a sentarse con la misma postura impecable de siempre. El comedor recuperó su ritmo: las voces, las risas y el sonido de los cubiertos volvieron a mezclarse como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, yo ya no podía concentrarme en el sabor de la comida. Durante ese segundo de inmovilidad, habría jurado ver algo distinto en su mirada.
****
Nos guiaron por un corredor distinto a todos los anteriores. No había metal expuesto ni luces. Las paredes tenían un acabado mate, casi orgánico, y la iluminación descendía desde el techo como un resplandor suave, envolvente. El aire era más tibio y llevaba consigo un aroma fresco, vegetal, que me recordó vagamente a hojas recién lavadas por la lluvia.
—Este sector está diseñado para la recuperación —explicó Marcus mientras caminábamos—. El cuerpo también necesita adaptarse.
Asentí, aunque apenas lo escuchaba. La puerta se abrió sin hacer ruido y nos condujo a dos estancias contiguas. Antes de separarnos, Keiren se detuvo un segundo frente a mí. Sus ojos recorrían el lugar con cautela, como si todavía esperara una amenaza oculta.
—No tardes —dijo en voz baja.
—Tú tampoco. La puerta se cerró detrás de mí.
El espacio era amplio y silencioso. El suelo estaba ligeramente cálido bajo mis pies descalzos. Frente a mí, el agua descendía desde el techo en una cortina constante, sin presión violenta, como una lluvia pensada para no lastimar. Me desvestí con lentitud, consciente de cada movimiento, de cada respiración. Cuando el agua tocó mi piel, el nudo en mi pecho comenzó a aflojarse.
Cerré los ojos. El sonido del agua cubrió mis pensamientos. Por unos minutos dejé de ver interrogatorios, cubículos, pantallas gigantes. Solo existía la sensación tibia recorriendo mi espalda, mis hombros, mi rostro. Me llevé las manos al cabello y dejé que el agua se llevara el polvo, el sudor, el miedo. Cuando salí, el aire era más fresco. Un módulo de pared se abrió automáticamente y reveló ropa cuidadosamente ordenada. Telas suaves, limpias, intactas. Mis dedos dudaron un instante antes de detenerse en un vestido azul. Era ligero, con pliegues delicados que caían de forma natural, como si la tela hubiera aprendido a moverse sola. Lo tomé con cuidado, casi con respeto.
Al vestirme, sentí el contraste inmediato. La tela era fresca contra mi piel, el color intenso sin ser agresivo. Me miré en el reflejo difuso de la pared pulida y por un segundo apenas me reconocí. No por el vestido, sino por la expresión: más tranquila, menos rota. Salí al pasillo. Keiren ya estaba allí. Había cambiado por completo. El suéter negro le caía de forma sencilla, sin adornos, y el pantalón azul de mezclilla parecía hecho para él. Ya no llevaba la rigidez defensiva de antes; sus hombros estaban más relajados, su respiración más profunda.
Nuestros ojos se encontraron. —Azul —dijo—. Es… distinto.
—Tú tampoco pareces el mismo —respondí.
Sonrió apenas. —Supongo que limpiarse también borra un poco el miedo.
Caminamos juntos por el corredor. El sonido de nuestros pasos era suave, casi respetuoso. Nadie nos apuraba. Nadie hablaba. Por un instante, sentí algo parecido a la normalidad. Dos personas vestidas con colores reales, caminando sin correr, sin esconderse. Pero incluso en ese silencio cómodo, la sombra de lo que habíamos visto seguía ahí, esperando. Y lo sabíamos. Marcus nos esperaba al final del corredor. No estaba solo. A su lado había una chica casi de mi edad. Era rubia, de cabello claro que caía liso sobre sus hombros, delgada, bonita de una forma tranquila, sin esfuerzo. Vestía un vestido blanco ajustado que contrastaba con los tonos apagados del lugar. Su postura era recta, profesional, como si estuviera acostumbrada a permanecer cerca de cosas importantes sin ser el centro de ellas.
—Ámbar, Keiren —dijo Marcus—. Ella es Lira. Trabaja conmigo.
Lira asintió con una leve inclinación de cabeza. Su mirada no era inquisitiva, sino atenta, como la de alguien que observa para asegurarse de que todo funcione correctamente. —Me encargo del monitoreo y la estabilidad del entorno —explicó—. Nada más.
Seguimos caminando hasta una sala más profunda. Esta era distinta a todas las anteriores: circular, con el centro despejado y rodeado por líneas de luz incrustadas en el suelo. No había pantallas visibles, pero se sentía como un lugar diseñado para contener algo poderoso.
—Aquí es donde harás el enlace —dijo Marcus—. Lira se quedará controlando los parámetros. Nadie más intervendrá.
Keiren se detuvo cerca del borde de la sala. Sus hombros estaban tensos. —Ten cuidado —me dijo. Asentí y avancé hacia el centro. Esta vez no sentí el tirón inmediato. No hubo ruptura ni cambio brusco. Solo una quietud pesada, incómoda, como si el presente se negara a abrirse.
—No fuerces nada —dijo Marcus desde algún punto detrás de mí—. Déjalo venir.
Cerré los ojos. Nada.