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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La chalaca

Mozart estaba sentado en la grada del campo de entrenamiento, con el estuche del violín entre las piernas y un cuaderno de partituras sobre las rodillas. Llevaba veinte minutos intentando estudiar un pasaje de Sibelius, pero el ruido de los tacos contra el césped, los gritos de los jugadores y el silbato del entrenador hacían imposible concentrarse.

Diño estaba en el campo, corriendo de un lado a otro con su camiseta de entrenamiento empapada en sudor. El partido amistoso contra otro equipo juvenil estaba empatado a uno y quedaban quince minutos.

Entonces el mediocampista del equipo de Diño se llevó la mano al tobillo y se sentó en el suelo con una mueca de dolor. El entrenador maldijo entre dientes. Miró hacia la banda. Miró a los suplentes. No había nadie más.

—¡Green! —le gritó a Diño—. ¿Tienes a alguien?

Diño miró hacia la grada. Mozart levantó la vista de su partitura, confundido.

—¿Yo?

—¡Baja! Nos falta uno.

—¡No tengo ni zapatillas de fútbol!

—¡Usa las de repuesto que tengo en la bolsa! ¡Venga!

Mozart cerró el cuaderno. Bajó las escaleras de la grada con el estuche del violín colgado al hombro y una expresión de absoluto desconcierto. Diño le lanzó una bolsa de deporte desde el campo.

—Zapatillas, espinilleras, todo ahí. Talla cuarenta y tres.

—Yo uso cuarenta y dos.

—Ponte dos pares de calcetines. ¡Corre!

Mozart se cambió detrás de la banca de suplentes. Se puso la camiseta de entrenamiento, que le quedaba dos tallas grande, y se ató las zapatillas con los dedos temblando. No estaba nervioso por el partido. Estaba nervioso porque no tenía ni idea de qué posición iba a jugar.

Diño lo agarró del hombro.

—Escúchame. Tú no pienses. Solo muévete. El balón va a ir a donde tú quieras, ¿recuerdas?

—Eso dije yo. No sé si funciona en un partido de verdad.

—Funciona. Confía.

El entrenador silbó. Mozart entró al campo.

Los primeros dos minutos fueron un desastre. Mozart corría como si el suelo estuviera caliente, sin saber dónde colocarse, esquivando a los rivales con más instinto que técnica. Un jugador del otro equipo le gritó algo que él no entendió. Otro le hizo un caño que lo dejó mirando el césped con la boca abierta.

Diño le gritó desde el mediocampo:

—¡No mires el balón! ¡Mira el espacio!

Mozart asintió. Respiró. Cerró los ojos un segundo.

Y entonces algo hizo clic.

Dejó de pensar en tácticas. Dejó de intentar recordar lo que Diño le había enseñado sobre posicionamiento. Simplemente escuchó. El ritmo de los tacos. El sonido del balón rebotando. Los gritos de los jugadores como si fueran notas en una partitura. Y se movió.

Recibió un pase en el mediocampo. Controló con el muslo, dejó caer el balón al suelo y empezó a correr. No corría en línea recta. Se movía en curvas, en arcos, como si estuviera trazando una melodía sobre el césped. Un rival le salió al paso. Mozart amagó con el hombro izquierdo, giró sobre sí mismo y lo dejó atrás sin frenar. Otro intentó barrerlo. Mozart saltó, el balón pegado a la bota, y aterrizó tres metros más allá con una elegancia que hizo que el entrenador del otro equipo se levantara de la banca.

Era como un pez en el agua. Ágil, escurridizo, imposible de atrapar. Driblaba mientras aumentaba la velocidad, como si cada regate fuera un acorde que se sumaba a una sinfonía que solo él escuchaba.

—¡Pásala! —gritó el delantero, desmarcado por la izquierda.

Mozart lo vio. Vio el ángulo. Calculó la distancia como quien calcula la longitud de un arco. Y pasó. El balón salió con una precisión quirúrgica, directo al pie del delantero.

El delantero controló, armó el disparo y pateó.

El balón pegó en el poste con un golpe metálico que resonó en todo el campo.

—¡No! —gritó alguien.

Pero el rebote quedó muerto en el área. Flotando en el aire, a media altura, con tres defensas cerrando y el portero saliendo.

Mozart no pensó. No tuvo tiempo de pensar. Vio el balón en el aire y su cuerpo simplemente reaccionó. Se lanzó hacia atrás. Giró en el aire, con la espalda paralela al suelo, las piernas arriba, el mundo invertido durante un segundo eterno.

Y pateó.

Una chilena. Una chalaca. O como demonios se llamara eso. El impacto fue limpio, seco, perfecto. El balón salió disparado hacia el ángulo superior derecho de la portería, donde el portero no podía llegar ni aunque tuviera alas.

Gol.

El campo se quedó en silencio un segundo. Después, el equipo de Diño estalló.

Diño corrió desde el mediocampo como un loco. Mozart acababa de aterrizar de espaldas sobre el césped y estaba intentando levantarse cuando Diño lo agarró por la camiseta y lo levantó en vilo.

—¡¡GENIO!! —gritó Diño, sacudiéndolo—. ¡¡¿De dónde sacaste eso?!

Mozart se reía, pero al mismo tiempo se sobaba una nalga con la mano y hacía una mueca de dolor.

—Ay, ay, ay… caí de nalga, viejo. Me duele todo.

—¡No me importa tu nalga! ¡¡Acabas de hacer una chilena!!

—¿Una qué?

—¡Una chilena! ¡Una chalaca! ¡Lo que sea! ¡Eso que acabas de hacer!

Mozart seguía riéndose, frotándose la espalda contra el césped mientras los demás compañeros de Diño lo palmeaban y le despeinaban.

Lo que ninguno de los dos vio fue a los dos hombres de traje que estaban de pie junto a la valla del campo, con carpetas bajo el brazo y una expresión que había cambiado de aburrimiento absoluto a incredulidad total.

---

Cuando el partido terminó, Mozart se dejó caer en la grada, exhausto, con las rodillas raspadas y el pelo pegado a la frente. Diño se sentó a su lado, todavía con la adrenalina del juego en los ojos.

—Vaya, viejo —dijo Diño, negando con la cabeza—. Eres un genio del fútbol.

Mozart soltó una carcajada cansada.

—No creo. Solo imaginé esa jugada. Vi el balón en el aire y pensé: "si me tiro así, pego así y giro así, entra". Y mi cuerpo hizo el resto.

—¿Y eso no es ser un genio?

—No. Eso es tener buena imaginación y ninguna técnica.

Diño se rio.

—Pues tu "ninguna técnica" acaba de dejar a todo el mundo con la boca abierta.

Mozart se encogió de hombros, sonriendo. Se estaba quitando las zapatillas prestadas cuando una sombra se proyectó sobre ambos.

Levantó la mirada.

Dos hombres de traje oscuro estaban de pie frente a ellos. Uno llevaba una carpeta. El otro tenía un teléfono en la mano y una sonrisa profesional.

—Disculpa, jovencito —dijo el de la carpeta.

Mozart parpadeó. Miró a Diño. Diño se encogió de hombros, igual de confundido.

—¿Sí?

—Soy Peter Hayes, del departamento de reclutamiento de la juvenil del Manchester. —Señaló el campo—. Acabamos de ver ese gol. Y los últimos diez minutos de partido. Eres formidable.

Mozart sintió que el estómago le daba un vuelco. Ni siquiera sabían cómo se llamaba. No habían preguntado por su ficha, ni por su entrenador, ni por su apellido. Solo habían visto lo que había hecho.

—¿Y…? —tartamudeó Mozart.

—Y queremos ofrecerte una audición directa para el equipo. Sin pruebas preliminares. Sin filtros. Directo al campo con los titulares.

El silencio entre los cuatro fue total. Diño abrió la boca. La cerró. Miró a Mozart. Mozart miró a Diño.

—¿Me están… ofreciendo jugar en la juvenil del Manchester? —preguntó Mozart, como si necesitara escucharlo en voz alta para creérselo.

—Exactamente. El próximo jueves. Entrenamiento completo. Si el técnico da el visto bueno, firmas contrato de formación.

Mozart miró sus manos. Las mismas manos que esa mañana habían estado temblando sobre las cuerdas de un violín. Las mismas manos que acababan de hacer una chalaca sin saber que se llamaba chalaca.

—¿Puedo pensarlo?

—Por supuesto. Aquí está mi tarjeta. —El hombre dejó un rectángulo blanco en la mano de Mozart—. Pero no tardes mucho, jovencito. Plazas como esta no salen todos los días.

Los dos hombres se alejaron hacia el aparcamiento. Mozart se quedó mirando la tarjeta. Diño se inclinó hacia él.

—Viejo.

—¿Qué?

—Acabas de audicionar para el Manchester. Con una chalaca que no sabías ni cómo se llamaba. Y ni siquiera sabían tu nombre.

Mozart soltó una carcajada.

—Y tú tocaste Queen en una audición de la Sinfónica con un violín prestado y en pantalón corto.

Se miraron. Y por primera vez desde que se conocieron, la palabra "genio" dejó de sonar como un cumplido y empezó a sonar como una certeza.

—Supongo —dijo Mozart, guardándose la tarjeta en el bolsillo— que los dos teníamos cosas que aprender del otro.

Diño sonrió.

—Y todavía nos queda todo por aprender.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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