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La falsa heredera que ocultaba un imperio

La falsa heredera que ocultaba un imperio

Status: En proceso
Popularitas:1
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Durante diecisiete años, Ana vivió como la hija perfecta de la poderosa familia Reyes. Pero bastó una prueba de sangre para que perdiera su apellido, su hogar y todo lo que creía suyo.
Todos esperaban verla suplicar.
En cambio, Ana regresó con los Duarte, la humilde familia que la recibió sin condiciones, y decidió no volver a ocultarse. Porque la joven que la élite despreciaba no era una impostora indefensa: había construido en secreto un imperio empresarial, poseía talentos capaces de sacudir toda Ciudad Dorada y conocía secretos que podían destruir a quienes la traicionaron.
Mientras las máscaras comienzan a caer, Diego Rivas —el único hombre que siempre supo quién era ella en realidad— permanece a su lado, dispuesto a enfrentarse al mundo entero por la mujer que ama.
La familia Reyes creyó que había expulsado a una falsa heredera.
Todavía no sabía que acababa de provocar a la mujer que pondría de rodillas a toda la élite.

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Capítulo 8

La heredera que no pudo esconderse

Capítulo 8

La reunión de ex compañeros de Rogelio fue idea de Marisol.

—Le va a hacer bien —me dijo mientras planchaba la única camisa de vestir que Rogelio tenía, con el cuidado de alguien que plancha una bandera antes de una batalla—. Hace años que no ve a sus amigos de la distribuidora. Necesita recordar que tuvo una vida antes de que todo se cayera.

No le dije que la razón por la que Rogelio no veía a esos amigos era porque la mayoría dejó de contestarle el teléfono después de que lo acusaran de desfalco. No hacía falta decirlo. Marisol lo sabía. Y aun así, planchaba la camisa.

El restaurante era uno de esos lugares que intentan parecer elegantes sin lograrlo del todo: manteles blancos que habían sido lavados demasiadas veces, copas de cristal que no combinaban entre sí y una música de fondo que oscilaba entre el jazz y algo que sonaba sospechosamente a un tono de llamada.

Rogelio entró con la espalda recta y la mandíbula apretada. Lo acompañaban Marisol, Joaquín y yo. Camila se quedó cuidando a Tomás, aunque sospecho que la verdadera razón fue que Camila tiene un sexto sentido para detectar situaciones que van a salir mal y la sabiduría para no estar presente cuando ocurren.

El grupo ya estaba sentado: cuatro hombres de mediana edad, tres mujeres, todos con ese aire de "nos fue mejor de lo que esperábamos" que se expresa en relojes caros y conversaciones sobre vacaciones en el extranjero.

—¡Rogelio! —El más ruidoso se levantó y le dio un abrazo que duró medio segundo más de lo necesario—. Cuánto tiempo, hermano. ¿Cómo has estado?

—Bien, Fermín. Trabajando.

—¿Dónde andas ahora?

—Empezando algo nuevo. Ya sabes, uno siempre busca crecer.

Fermín asintió con esa expresión de compasión disfrazada de interés que yo había visto mil veces en las galas de los Reyes. La expresión que dice "qué bueno que no soy tú".

Nos sentamos. Pedimos. La conversación giró en torno a ascensos, propiedades, colegios privados y un viaje grupal a un complejo turístico que costaba más de lo que la familia Duarte gastaba en seis meses de renta.

Y entonces, alguien me reconoció.

—Un momento —dijo una de las mujeres, entrecerrando los ojos—. ¿Tú no eres la chica de los Reyes? La que salió en las noticias. La hija... bueno, la que no era hija.

El silencio cayó sobre la mesa como un telón de teatro.

Rogelio se tensó. Marisol puso la mano sobre su rodilla por debajo del mantel. Joaquín apretó el tenedor con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Soy Ana Duarte —dije, con la voz más neutral que pude producir—. Hija de Rogelio y Marisol.

—Ah, claro, claro —la mujer sonrió con una dulzura que cortaba—. Qué situación tan... delicada. Imagino que debe ser un ajuste grande, ¿no? Pasar de la mansión Reyes a... bueno, a otra cosa.

A otra cosa. Como si mi familia fuera un eufemismo que le daba vergüenza pronunciar.

—Es un ajuste maravilloso —respondí—. Resulta que las casas más pequeñas tienen mejor acústica para las risas.

Fermín soltó una carcajada incómoda. Los demás intercambiaron miradas. La cena continuó, pero el daño estaba hecho: cada pregunta que siguió fue una variación sutil de "¿y cómo sobreviven?", cada anécdota fue una comparación velada, cada silencio fue una sentencia.

Rogelio aguantó durante cuarenta y cinco minutos. Lo vi masticar sin tragar, reírse sin ganas, asentir a chistes que no eran graciosos. Lo vi hacerse pequeño, centímetro a centímetro, en una silla que de pronto parecía demasiado grande para él.

A los cincuenta minutos, me excusé y salí al estacionamiento.

Marqué el número de Diego.

Contestó al segundo timbre.

—¿Qué pasó?

—Nada grave. Una cena con amigos de Rogelio que no son amigos de verdad. —Me recargué contra el muro, mirando las luces de la calle—. La gente es predecible, Diego. Hasta los que te quieren son predecibles. Pero eso no lo hace menos irritante.

—¿Está bien Rogelio?

—Está sobreviviendo. Como ha hecho los últimos seis años.

Un silencio. Luego Diego habló con ese tono bajo que usaba cuando iba a decir algo que yo no quería escuchar.

—Ana.

—¿Qué?

—¿Por qué te molesta tanto?

—Porque fueron groseros con mi padre.

—No. ¿Por qué te molesta tanto? He visto cómo te enfrentas a juntas directivas enteras sin pestañear. He visto cómo desarmas a gente con diez veces más poder que esos tipos de ahí adentro. Pero hoy saliste a llamarme a mí. ¿Por qué?

Abrí la boca. La cerré.

—Porque no puedes controlar esto —continuó Diego, con la suavidad de un cirujano que corta exactamente donde duele—. Puedes controlar empresas, negociaciones, mercados. Pero no puedes controlar que tu padre se sienta humillado frente a gente que solía respetarlo. No puedes devolverle la dignidad. No puedes arreglarlo con una llamada ni con un contrato.

—Diego...

—Y eso te aterra. Porque llevas toda la vida construyendo un sistema donde todo tiene solución si tienes los recursos suficientes. Y de pronto tienes una familia que te importa de verdad, y descubres que hay problemas que el dinero no resuelve. Y eso te descontrola más que cualquier OPA hostil.

Silencio.

El maldito tenía razón.

—Te odio —dije.

—No. Pero desearías poder odiarme. Sería más fácil.

Se me escapó algo parecido a una sonrisa.

—¿Cómo estás tú? —pregunté, cambiando de tema con la sutileza de un portazo.

El silencio que siguió duró demasiado.

—Diego.

—Solano cerró el trato —dijo, y su voz sonó como si cada palabra le costara—. No el trato comercial. El otro. El que incluye a su sobrina.

Sentí frío en las manos.

—¿Cuándo?

—La firma es el viernes. Mi padre está en cama, mi madre no ha despertado desde el accidente. Soy el único Rivas que puede firmar. Y Solano lo sabe.

—¿Qué tipo de alianza?

—Del tipo que viene con un vestido blanco y un contrato prenupcial.

Se detuvo un instante antes de continuar.

—Me están obligando a casarme con la sobrina de Sebastián Solano a cambio de que retiren la demanda contra Grupo Rivas. Si no firmo, ejecutan la deuda y mis padres pierden todo. Incluido el seguro médico que está pagando su tratamiento.

El mundo se detuvo un segundo.

No el mundo real. El mío. El mundo interno donde todo se procesa como una ecuación, donde cada variable tiene un valor asignado y cada resultado se puede prever con tres decimales de precisión.

Ese mundo se detuvo. Porque la ecuación que acababa de formarse en mi cabeza tenía una solución obvia, una solución que yo era la única persona en el planeta capaz de ejecutar, y esa solución significaba revelar algo que llevaba años protegiendo.

—Diego —dije—. ¿Confías en mí?

—Más que en nadie.

—Entonces no firmes el viernes. Dame cuarenta y ocho horas.

—Ana, no tienes idea de lo que...

—Cuarenta y ocho horas —repetí—. Y cuando esto termine, voy a necesitar que no me hagas preguntas. No todavía. ¿Puedes hacer eso?

Otro silencio. Más largo. Más pesado.

—Puedo.

—Bien.

Colgué. Me quedé mirando el cielo de Ciudad Dorada, que esa noche estaba despejado como si el universo hubiera decidido darme buena iluminación para la peor decisión de mi vida.

Luego entré al restaurante, me senté al lado de Rogelio, y pasé la última media hora de la cena riéndome de los chistes malos de Fermín y rellenando la copa de Marisol como si nada hubiera cambiado.

Pero todo había cambiado.

Cuando llegamos al departamento, todos se fueron a dormir. Yo me quedé en la sala, con el teléfono en la mano y la pantalla iluminando mi cara en la oscuridad.

Abrí una aplicación que no aparecía en ningún menú. Una aplicación que requería tres niveles de autenticación y un código que solo seis personas en el mundo conocían.

En la pantalla apareció un panel de control. Gráficas, números, porcentajes. El flujo de datos de una empresa que facturaba más que algunas naciones pequeñas.

Núcleo Tech.

Mi empresa. Mi creación. Mi secreto más grande.

Marqué un número. Contestaron en dos segundos.

—Doctora Duarte. ¿En qué puedo ayudarla?

—Necesito que preparen el dossier del proyecto Fénix. El prototipo del chip de séptima generación. Todo: especificaciones técnicas, proyecciones de mercado, análisis de competencia. Lo quiero en mi correo antes de las seis de la mañana.

—¿Para la junta del viernes?

—No. Para antes del viernes. Mucho antes.

Colgué. Me recosté en el sillón y cerré los ojos.

Diego no lo sabía todavía. Sebastián Solano no lo sabía. Nadie en Ciudad Dorada lo sabía. Pero en cuarenta y ocho horas, el hombre que había amenazado con destruir a Grupo Rivas iba a descubrir que la persona a la que había subestimado —la "hija devuelta", la "chica sin apellido", la que sobra— era dueña de la única tecnología que podía salvar o hundir su imperio.

Sonreí en la oscuridad.

No era una sonrisa amable.

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