Tras la muerte de su padre, Haruto Saitō hereda una montaña de deudas que parecen imposibles de pagar. Desesperado por proteger a su madre, a su hermana y a la mujer que ama, acepta trabajar para una organización criminal creyendo que solo será por un tiempo. Pero cada deuda saldada exige un precio mayor, y cada decisión lo aleja un poco más del hombre que alguna vez fue.
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La Silla Vacía
La casa era demasiado silenciosa.
Haruto tardó varios segundos en comprender qué era lo diferente.
Después lo vio.
La taza de Aiko ya no estaba sobre el escurridor.
Sus pantuflas habían desaparecido de la entrada.
Su cepillo de dientes tampoco estaba.
Pequeñas ausencias.
Pero suficientes para hacer que la casa pareciera otra.
Su madre preparaba el desayuno en silencio.
Yui desayunaba antes de ir a la escuela, repasando unos apuntes.
Nadie mencionó el nombre de Aiko.
Como si hacerlo fuera romper un equilibrio demasiado frágil.
—Me voy.
Yui levantó la cabeza.
—¿No vas a despedirte?
Haruto sonrió apenas.
—Perdón.
Se acercó y le revolvió el cabello.
Ella hizo una mueca.
—Ya no soy una nena.
Él retiró la mano.
—Es verdad...
Ya no.
Mientras salía, escuchó a Yui decir en voz baja:
—Extraño a Aiko.
Haruto cerró la puerta sin responder.
En la oficina, Shinji no estaba.
Kenji lo esperaba junto al ascensor.
—Hoy vienes conmigo.
Haruto asintió.
Durante el trayecto en auto, ninguno habló.
Después de varios minutos, Kenji rompió el silencio.
—Escuché que hace unos días, discutiste con tu novia.
Haruto giró la cabeza.
—¿Quién te lo dijo?
Kenji sonrió sin apartar la vista del camino.
—Aquí las noticias viajan rápido.
Haruto volvió a mirar por la ventana.
—Se fue de casa.
—¿Y piensas ir a buscarla?
No respondió enseguida.
La respuesta era sencilla.
Sí.
Quería ir.
Quería abrazarla.
Pedirle perdón.
Decirle toda la verdad.
Pero...
No podía.
—No.
Kenji asintió.
—Entonces ya tomaste una decisión.
—No fue una decisión.
—Claro que lo fue.
Siempre elegimos.
Aunque nos convenzamos de que no.
El trabajo de ese día consistía en visitar varios comercios que pagaban "protección".
Haruto esperaba amenazas.
Violencia.
Nada de eso ocurrió.
Los comerciantes saludaban a Kenji con respeto.
Algunos incluso le ofrecían té.
Otros preguntaban por su familia.
Al salir del tercer local, Haruto no pudo contener la pregunta.
—No entiendo.
Kenji guardó el sobre con el dinero dentro del saco.
—¿Qué cosa?
—Parecen llevarse bien con ustedes.
Kenji soltó una risa corta.
—Porque los protegemos de verdad.
Haruto frunció el ceño.
—¿De quién?
Kenji lo miró por primera vez.
—De organizaciones peores que la nuestra.
Aquella respuesta lo dejó pensando durante el resto de la mañana.
La línea entre el bien y el mal empezaba a desdibujarse.
Y eso era precisamente lo que más temía.
Al terminar el trabajo, Haruto pasó frente al edificio donde vivía la hermana de Aiko.
No tenía ninguna misión allí.
Simplemente...
Sus piernas lo llevaron.
Permaneció varios minutos del otro lado de la calle.
Las luces del departamento estaban encendidas.
La vio aparecer en el balcón.
Llevaba un buzo gris que él le había regalado años atrás.
Sostenía una taza caliente entre las manos.
Parecía cansada.
Durante un instante, Haruto dio un paso hacia adelante.
Solo uno.
Después recordó el disparo.
Recordó la sangre.
Recordó las mentiras.
Se quedó inmóvil.
"Ella está mejor sin ti."
No sabía si ese pensamiento era suyo...
O de Shinji.
Retrocedió lentamente.
Y se marchó sin que Aiko llegara a verlo.
Esa noche recibió un mensaje de Ryō.
"¿Estás despierto?"
Haruto respondió casi de inmediato.
"Sí."
La respuesta llegó unos segundos después.
"Nada. Olvídalo."
Haruto marcó su número.
Apagado.
Frunció el ceño.
Era raro.
Ryō siempre terminaba contestando.
Aunque estuviera borracho.
Aunque estuviera en una sala de apuestas.
Aunque debiera dinero.
Siempre respondía.
Guardó el teléfono.
Intentó convencerse de que no era importante.
Pero, mientras cenaba, volvió a mirar la pantalla.
Sin nuevos mensajes.
Al día siguiente, antes incluso de que sonara el despertador, el teléfono vibró.
Un mensaje de Shinji.
No decía "buen día".
No decía "ven temprano".
Solo una dirección.
Y una hora.
Haruto observó la pantalla unos segundos.
Luego abrió la conversación con Ryō.
La última línea seguía ahí.
"Nada. Olvídalo."
Por primera vez en mucho tiempo sintió la necesidad de faltar al trabajo.
Ir a buscar a su amigo.
Ver si estaba bien.
Pero el reloj seguía avanzando.
Y cuando llegó la hora...
Guardó el teléfono en el bolsillo.
Tomó el portafolios.
Y caminó hacia la dirección que Shinji le había enviado.
Sin saber que acababa de dejar pasar la última oportunidad de encontrar a Ryō por sus propios medios.