Velicia lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años soportó en silencio, amó sin condiciones y mantuvo en pie la organización Kensington desde las sombras. A cambio, Michael —su esposo— la humilló, la golpeó estando embarazada de ocho meses y la obligó a arrodillarse ante la mujer que secretamente lo manipulaba.
Esa noche, Velicia tomó una decisión: no lloraría más, no suplicaría más. Se marchó de la mansión llevándose consigo los documentos más peligrosos de la familia Kensington.
Lo que Michael nunca supo es que la «mujer de clase baja» con la que se casó era en realidad Velicia Romanov, heredera de una de las familias más poderosas del mundo subterráneo.
Cuando la verdad sale a la luz, el imperio que Michael creía suyo empieza a desmoronarse. Las alianzas que creía sólidas se disuelven. Y el amor que destruyó jamás volverá.
Mientras Michael se hunde en el arrepentimiento, un hombre diferente entra en la vida de Velicia: Lorenzo Sullivan, líder de su propia organización, que la admira por su fuerza y la elige sin intentar poseerla.
Pero la venganza personal es solo el comienzo. Una organización en las sombras —Black Throne— ha puesto a Romanov, Sullivan y Kensington en su lista de objetivos. La guerra del mundo subterráneo se convierte en una batalla a gran escala donde la lealtad, la traición y el sacrificio decidirán quién sobrevive.
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Capítulo — 13.
Michael, por supuesto, también conocía a Lorenzo. Se habían enfrentado varias veces por disputas de territorio. Y en cada ocasión, el resultado nunca fue favorable para la organización Kensington.
Lorenzo avanzó en línea recta entre los invitados sin detenerse a saludar a nadie. Hasta que sus pasos se frenaron justo frente a Velicia.
Michael sintió un mal presagio. Velicia, en cambio, lucía serena, como si ya conociera al hombre.
Lorenzo inclinó ligeramente la cabeza ante Velicia. Un gesto que dejó atónitos a varios, porque era célebre por su arrogancia y casi nunca mostraba respeto por nadie.
—Felicidades por tu regreso.
—Gracias por venir —Velicia asintió con cortesía.
—Tu invitación es algo que jamás podría ignorar.
La frase del temido mafioso transformó la atmósfera al instante. «Tu invitación», no la invitación de la organización Romanov. Lo que significaba que Lorenzo había venido por una invitación personal de Velicia, no por la familia Romanov.
La mandíbula de Michael se tensó de inmediato. Una incomodidad repentina lo invadió.
Leon, el padre de Velicia, esbozó una sonrisa sutil.
—Es muy raro que asistas a eventos como este, Lorenzo.
—No me gustan las multitudes.
—¿Entonces por qué viniste?
Lorenzo miró a Velicia de reojo. Había un significado difícil de descifrar en su mirada cuando dijo:
—Porque tengo una razón lo bastante valiosa para hacerlo.
Al instante, muchos invitados contuvieron el aliento. Y Michael sintió que la sangre le hervía de celos, pero sabía que no tenía derecho a decir nada.
Velicia no pareció afectada. Seguía cargando a su hijo con calma.
—Lorenzo, vas a hacer que la gente se confunda.
El hombre de rasgos cincelados como los de un demonio la miró fijamente. Su rostro era tan atractivo que resultaba casi peligroso, pero el aura gélida que poseía mantenía a todos a distancia.
Lorenzo era conocido como un hombre que guardaba distancia con las mujeres. Nunca hubo escándalos, nunca se oyó un rumor que lo vinculara con nadie. Pero esta vez era diferente. Cuando su mirada cayó sobre Velicia, la frialdad de sus ojos se suavizó lentamente, como si algo en esa mujer fuera capaz de atravesar el muro que nadie había logrado tocar.
—No me importa lo que piensen.
—A mí sí.
La respuesta de Velicia dejó a Lorenzo en silencio un momento. Luego esbozó una sonrisa mínima. Una sonrisa que sorprendió a muchos aún más, porque casi nadie había visto jamás sonreír a Lorenzo Sullivan, el demonio de la mafia.
—De acuerdo, como tú quieras.
Que el hombre famoso por no ceder jamás se plegara ante Velicia oprimió el pecho de Michael todavía más. Antes, era Velicia quien siempre cedía frente a él. Michael nunca hizo lo mismo por ella, y lo dio por sentado.
Pero ahora veía a otro hombre que, sin vacilar, le daba la razón a Velicia. Y esa imagen resultaba mucho más dolorosa de lo que había imaginado.
La velada continuaba cuando varios invitados se acercaron a la familia Romanov para felicitarlos por el bebé que era el centro de atención de la noche.
Vincenzo dormía plácidamente en los brazos de su madre. El niño vestía una ropita blanca y sencilla con el emblema de la familia Romanov bordado en el pecho.
Leon Romanov conversaba con algunos invitados importantes cuando Michael, sin darse cuenta, volvió a dirigir la mirada hacia el bebé. Sabía que no tenía derecho a exigir nada. Pero cuanto más observaba aquella cara diminuta, más difícil le resultaba controlar su deseo.
Finalmente, Michael se acercó. Velicia, que hablaba con un invitado, giró la vista hacia él. Sus miradas se cruzaron. Michael se detuvo a unos pasos.
—Solo quiero verlo más de cerca —Michael exhaló suavemente y posó la mirada en el bebé dormido—. Al fin y al cabo… es mi hijo.
La frase hizo que varios miembros de la familia Romanov endurecieran la expresión de inmediato. Leon Romanov no dijo nada; se limitó a observar.
Velicia permaneció imperturbable. Su expresión era indescifrable.
Pasaron varios segundos antes de que Michael volviera a hablar.
—¿Puedo cargarlo un momento?
El silencio se hizo absoluto. Incluso los invitados cercanos empezaron a prestar atención, curiosos por la respuesta de Velicia. Michael seguía esperando.
—No —pero lo que llegó fue una palabra que él jamás imaginó.
—Solo quiero tenerlo un momento. ¿Por qué no puedo? —un tono desesperado asomó en la voz de Michael.
—Desde el momento en que elegiste lastimarme y obligarme a arrodillarme cuando lo llevaba dentro, perdiste el derecho de ser el padre de este niño.
Michael se quedó sin palabras. En el pasado, usaba su poder para decidir todo unilateralmente. Ahora experimentaba en carne propia estar del otro lado. Y dolía mucho más de lo que había imaginado.
Poco después se acercaron otros pasos. Lorenzo Sullivan. El hombre acababa de terminar una conversación con varios invitados. Su mirada se dirigió al bebé dormido. Una leve ternura, rara de ver, asomó en su rostro habitualmente frío.
Lorenzo se detuvo frente a Velicia.
—Debes de estar cansada de cargar al bebé de pie todo el rato.
—Estoy bien —Velicia negó con suavidad.
—Se ve más grande que en las fotos que me mandaste.
Velicia asintió, y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
—¿Puedo cargarlo? —Lorenzo le pidió permiso.
Michael, que seguía de pie allí, levantó la cabeza lentamente. Su mirada saltó hacia Velicia. Por un instante, todo el salón esperó la misma respuesta, porque apenas minutos antes Michael había sido rechazado.
Velicia miró a Lorenzo con expresión calculadora.
—Con cuidado.
Lorenzo extendió los brazos, y Velicia le entregó a Vincenzo sin más. Sin duda ni rechazo.
Michael se paralizó. La furia asomó en sus ojos con claridad. Apretó los puños, la mandíbula trabada. El pecho se le llenó de un dolor imposible de describir. Él era el padre biológico de Vincenzo, y sin embargo no le permitían siquiera tocar a su propio hijo. Mientras que otro hombre lo cargaba sin dificultad alguna.
Lorenzo recibió al bebé con sumo cuidado, como si sostuviera algo de valor incalculable. Vincenzo, que se había movido levemente, volvió a quedarse quieto en sus brazos.
La escena dejó boquiabiertos a muchos, porque Lorenzo era conocido como un hombre frío y despiadado. Costaba imaginar a alguien así cargando a un bebé, pero esa noche todos lo presenciaron. Y lo más sorprendente: Velicia confiaba visiblemente en él.
Aaron, detrás de Michael, captó al instante el cambio en la expresión de su jefe.
—Señor…
Michael no respondió. Su mirada permanecía clavada en Lorenzo, que le susurraba algo al bebé en voz baja. Y Michael sintió unos celos feroces. Tan enormes que le comprimían el pecho hasta el punto del ahogo.
Poco después, Lorenzo devolvió a Vincenzo a la niñera. Luego se volvió hacia Velicia.
—Cuidas muy bien de este niño.
—Por supuesto —Velicia miró a su hijo con ternura.
Los ojos de Lorenzo se detuvieron unos segundos en el rostro de la mujer.
—Es afortunado de tener una madre tan extraordinaria como tú…
Y esa conversación casual ensombreció aún más el rostro de Michael, porque comprendió algo aterrador. El miedo de que un día su hijo creciera conociendo a Lorenzo como la persona que siempre estuvo al lado de Velicia. Mientras que él… solo sería el hombre que destruyó a su propia esposa y a su hijo.
Cuando la velada terminó, Michael regresó a casa con una sensación mucho peor que al llegar. No solo descubrió la verdadera identidad de Velicia; también tuvo que presenciar algo que jamás quiso ver.
Había otro hombre junto a Velicia. Un hombre fuerte y peligroso. Un hombre que no la menospreciaba. Y lo que más le corroía: Lorenzo miraba a Velicia de una manera que Michael reconocía demasiado bien. Porque una vez, él había mirado a Sania de esa misma forma.
La mirada de Lorenzo hacia Velicia era demasiado profunda para llamarla simple atracción. Había atención, había preocupación, y había un sentimiento que no pretendía ocultar.
Velicia estaba de pie en el balcón de la Mansión Romanov, cargando a su hijo. Unos pasos se acercaron por detrás. No necesitó voltear para saber quién era.
—Lorenzo.
El hombre se colocó junto a ella.
—Sigues siendo tan perceptiva como siempre.
—Y tú sigues apareciendo sin avisar —Velicia esbozó una sonrisa leve.
Ambos contemplaron el cielo nocturno.
Tras unos momentos, Lorenzo preguntó:
—¿Ahora Michael está empezando a quererte?
Velicia no respondió.
—¿Y tú qué sientes? —continuó Lorenzo.
Esta vez Velicia giró la cabeza. Su mirada era serena pero fría.
—Ya no me interesa hablar de amor.
—Me lo imaginaba —Lorenzo soltó una risa queda.
Velicia devolvió la vista al frente.
—Porque una vez amé a alguien con todo el corazón. Y aprendí que el amor… es algo muy caro.
Lorenzo no la interrumpió, porque percibía algo en esa mujer que otros no veían. Velicia se había levantado, sí, pero la herida seguía ahí. Y una herida de esa magnitud no desaparece solo porque aparezca un hombre nuevo.
Y era precisamente eso lo que hacía que Lorenzo se sintiera cada vez más atraído por Velicia. Podía ver a una mujer que seguía de pie después de que el mundo intentó destruirla.