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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:388
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 15 - LA NOCHE DE NOVIEMBRE

La casa de Doña Rosario no era una casa. Era un escondite que llevaba cien años escondiendo gente.

Nos llevó por el patio trasero de Telas Lola, por un callejón que olía a orina y a jazmín, hasta una puerta chica pintada de azul que no tenía número. Adentro había tres cuartos, todos llenos de santos morenos, de ropa tendida y de niños que no eran suyos pero que la llamaban abuela.

- Aquí no entra la 【entity-Guardia Civil¦canonical_name\=Guardia Civil】 si yo no quiero - nos dijo Doña Rosario -. Y si entra, se pierde. Esta casa tiene dos puertas y la gente de Triana no habla con gente de Olvera.

Nos metió en el último cuarto. Había una sola cama baja, una mesa con una vela y una ventana chica que daba a otro patio. Sin limonero. Sin puerta con llave. Solo una cortina.

- Esta noche duermen aquí. La Lola dice que el señorito del coche negro puede volver con el padre. Los hombres con coche negro siempre vuelven con otro hombre más viejo. Así que aquí se quedan calladitas. Si tocan la puerta, no contestan. Si es Lola, va a tocar tres veces despacio. Si no toca así, no abren.

Yo me senté en la cama como pude. Tenía ocho meses y medio y esa noche Lucía no paraba de moverse. Me dolían las costillas de tanto que me empujaba. Tenía los pies hinchados como panes.

Zoe cerró la cortina y se sentó a mi lado. Temblaba. No de frío. De rabia todavía.

- Nos encontró - dijo bajito -. Sabía que nos iba a encontrar. En Olvera todo se sabe.

- Pero no nos llevó - le dije.

- Hoy no. Pero mañana vuelve con mi padre. Mi padre es juez, Ana. Si mi padre viene a Triana con la 【entity-Guardia Civil¦canonical_name\=Guardia Civil】, Lola no puede hacer nada. Nos llevan a las dos.

Le agarré la mano. La tenía helada.

- ¿Quieres volver? - le pregunté. Tenía que preguntárselo. Porque era su padre. Porque era su casa.

Zoe me miró como si le hubiera pegado.

- ¿Volver a qué? ¿A probarme el vestido blanco? ¿A casarme con Luis? ¿A que me encierren en mi cuarto hasta septiembre? Yo no tengo casa en Olvera. Mi casa es donde esté Lucía. Y donde estés tú.

Se acostó a mi lado en la cama baja. La cama era tan chica que teníamos que estar apretadas. Yo de lado, con la barriga enorme, y ella detrás de mí, abrazándome la barriga como hacía en la bodega de Santa Clara.

Afuera se escuchaba Triana de noche. Guitarras lejos, un perro ladrando, niños que todavía jugaban a esa hora aunque fuera noviembre.

De repente se escucharon pasos en el callejón. Pasos fuertes. De hombre. Y una puerta de coche que se cerraba.

Zoe se puso rígida detrás de mí. Me apretó más fuerte.

- Es él - susurró.

Los pasos se pararon frente a la tienda de Lola. Se escuchó que golpeaban la persiana metálica.

- ¡Lola! ¡Abra! ¡【entity-Guardia Civil¦canonical_name\=Guardia Civil】!

No era Luis. Era otra voz. Más vieja. Más de mando.

- Es mi padre - susurró Zoe -. Es la voz de mi padre.

Yo sentí que Lucía me daba una patada tan fuerte que me dejó sin aire. Como si quisiera salir ya.

Nos quedamos quietas, sin respirar. La mano de Zoe sobre mi barriga, mi mano sobre la suya.

Escuchamos la voz de Lola, fuerte, desde su puerta.

- ¿Qué quieren a estas horas? ¡La tienda está cerrada! ¡Mañana abro a las nueve!

- Buscamos a dos chicas. Una embarazada y otra menor. Son de Olvera. Tenemos denuncia de fuga.

- Aquí no hay ninguna chica de Olvera. Aquí solo hay telas. Y yo que estoy enferma de la espalda. Vayan a buscar a otro lado.

Se hizo silencio. Después pasos que se iban. Y el coche que arrancaba.

No se fueron. Se quedaron aparcados en la esquina. Los veíamos por la rendija de la ventana. El coche negro de Luis y otro coche más grande, gris, de la 【entity-Guardia Civil¦canonical_name\=Guardia Civil】.

Zoe empezó a llorar sin ruido. Le caían las lágrimas en mi cuello.

- Nos van a llevar - me dijo -. Nos van a llevar y a ti te van a quitar a Lucía por madre soltera y a mí me van a casar.

Yo me di la vuelta como pude en la cama chica y le puse las dos manos en la cara. Le limpié las lágrimas con los pulgares.

- No nos van a llevar - le dije bajito, como rezábamos en la bodega -. Porque si nos llevan, nos vamos a escapar otra vez. Como la primera vez. Con una piedra si hace falta. Pero juntas.

- ¿Juntas?

- Juntas. Una por dentro y otra por fuera. Como dijo Rosario.

Afuera, el coche gris se quedó hasta las dos de la mañana. Lo vimos desde la rendija. Lola no abrió. Doña Rosario no abrió. En Triana nadie abrió.

A las dos y media, arrancaron y se fueron. Por el sonido, hacia Sevilla centro, no hacia Olvera.

Zoe se quedó dormida abrazada a mi barriga a las tres, con la cara llena de lágrimas secas. Yo no me dormí. Me quedé despierta toda la noche con la mano en Lucía, que no paraba de moverse, y con la otra mano en el pelo de Zoe.

Entendí esa noche que ya no tenía miedo de que me pegara Tomás. Tenía miedo de que me quitaran lo único que había conseguido sin que nadie me lo diera: una familia de tres en un cuarto sin puerta con llave.

A la mañana siguiente, Lola tocó tres veces despacio en la puerta azul.

- Se fueron - dijo -. Se fueron para Olvera. El juez le dijo a Luis que sin orden no puede llevarse a nadie de Triana. Y en Triana una orden de Olvera no vale mucho.

Volvimos a la tienda por el mismo callejón. Con la ropa arrugada y los pies hinchados.

Pero no volvimos a dormir con la persiana abierta. Y desde esa noche, cada noche, Lola dejaba un palo de escoba detrás de la puerta del cuarto del fondo.

Por si el coche negro volvía.

No volvió en noviembre.

Volvió en diciembre. Justo para la Purísima.

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