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Vendida Al Rey De La Mafia

Vendida Al Rey De La Mafia

Status: En proceso
Genre:Amante arrepentido / Amor eterno / Matrimonio arreglado
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: roxana ruiz

Entregada a un implacable líder de la mafia para saldar las deudas de su padre, elena debe firmar un matrimonio por contrato de un año sin imaginar que el peligro real será enamorarse de su comprador.

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Capítulo 3: Las reglas del tirano

El amanecer no trajo calidez a la residencia Vance. Las primeras luces de la mañana se filtraban a través de los pesados visillos de encaje de la suite, dibujando sombras alargadas sobre el suelo de roble. Elena no había pegado un solo ojo en toda la noche. Había permanecido acurrucada en una esquina del impecable sofá de terciopelo, con las piernas pegadas al pecho y la mirada perdida en las llamas moribundas de la chimenea.

A las siete en punto, dos golpes firmes y secos resonaron en la puerta. Antes de que pudiera responder, la señora Martha ingresó a la habitación seguida por tres mujeres vestidas con uniformes negros idénticos. Llevaban consigo dos percheros rodantes atestados de ropa de alta costura, cajas de zapatos de diseñador y maletines de joyería.

—Buenos días, señorita Sánchez —saludó Martha con un tono profesional e inexpresivo—. El señor Vance requiere su presencia en el comedor principal en exactamente cuarenta minutos. Los abogados y el juez de paz ya se encuentran en camino. Ellas se encargarán de prepararla.

Elena tragó saliva y se puso de pie con lentitud. Sus brazos estaban fríos y el cansancio le pesaba en los párpados.

—¿Tengo... tengo que ponerme algo en específico? —preguntó con un hilo de voz timidísima.

—El señor Vance ha seleccionado personalmente el atuendo para la firma del documento —respondió la gobernanta, señalando un vestido ajustado de manga larga en tono verde esmeralda confeccionado en seda pesada—. Por favor, tome una ducha rápida. No nos gusta hacer esperar al señor.

Durante la siguiente media hora, Elena se sintió como una muñeca de trapo manipulada por manos ajenas. La lavaron, peinaron su cabello rubio en ondas suaves que caían sobre sus hombros y aplicaron un maquillaje discreto que apenas disimulaba las ojeras de una noche de insomnio y llanto. Cuando la vistieron con el elegante diseño verde, el espejo de cuerpo entero le devolvió la imagen de una desconocida: una mujer deslumbrante por fuera, pero completamente rota por dentro.

Puntualmente a las siete y cuarenta, la señora Martha la guio por el pasillo principal hasta la planta baja y la condujo hacia un comedor monumental. La estancia estaba presidida por una mesa de caoba capaz de albergar a veinte personas.

En la cabecera de la mesa, vestido con un traje de tres piezas gris marengo que acentuaba su porte atlético y dominante, se encontraba Alexander Vance. Sostenía una taza de café negro en una mano y leía unos informes financieros en una tableta con la otra. A su derecha, dos hombres maduros vestidos con trajes oscuros y portafolios de cuero pulcro aguardaban en silencio.

Al escuchar los pasos de Elena, Alexander levantó la vista. Sus ojos oscuros y fríos la recorrieron de pies a cabeza con una lentitud calculadora. Elena bajó la mirada inmediatamente, incapaz de sostener aquella inspección tan intimidante.

—Puntual. Es un buen comienzo —comentó Alexander, dejando la taza sobre el plato de porcelana con un chasquido seco—. Siéntate, Elena.

Uno de los sirvientes jaló la silla situada a la izquierda de Alexander. Elena caminó con pasos inseguros y se acomodó en el borde del asiento, manteniendo las manos apretadas sobre su regazo.

—Señor Vance, los documentos están listos —intervino uno de los hombres de traje, el abogado principal de la familia—. Hemos incluido todas las cláusulas de confidencialidad, la cesión de derechos de imagen, la transferencia de la deuda de cincuenta millones a la cuenta de la corporación y, por supuesto, el anexo especial redactado por usted.

Alexander hizo una breve seña con la mano. El abogado deslizó un legajo de folios gruesos hacia Elena, junto con una pluma estilográfica de oro.

—Léelo si quieres —dijo Alexander con voz gélida y pausada, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos—. Aunque los términos no son negociables.

Elena miró las hojas repletas de lenguaje legal complejo. Las palabras parecían borrarse ante sus ojos llenos de angustia, pero sus dedos temblorosos buscaron la sección marcada con una pestaña roja: Anexo B - De la Sucesión y el Matrimonio.

Sus ojos leyeron apresuradamente las líneas más cruentas:

* La parte B (Elena Sánchez) se compromete a convivir en el mismo dormitorio con la parte A (Alexander Vance) a partir de la firma del presente acta.

* El vínculo matrimonial permanecerá vigente hasta el nacimiento de un heredero varón sano que garantice el fideicomiso Vance.

* Tras el alumbramiento y la verificación de filiación, la parte B renunciará voluntariamente a la patria potestad y custodia del menor a cambio de una compensación económica de diez millones de dólares y un inmueble a su elección.

* Cualquier intento de fuga, aborto no autorizado o filtración a los medios de comunicación resultará en la reactivación inmediata de la deuda de su progenitor y acciones legales y punitivas por parte de la firma.

Un nudo sofocante se le apretó en la garganta. Las lágrimas amenazaron con brotar de nuevo, pero apretó los dientes, recordando las palabras de la gobernanta la noche anterior: No intente desafiarlo.

—¿Dónde... dónde debo firmar? —preguntó Elena con la voz quebrada y el pulso descontrolado.

Alexander la observó en silencio durante un segundo. Una pequeña chispa de algo indescifrable cruzó por sus ojos al notar la resignación absoluta en el rostro de la joven, pero su expresión volvió a endurecerse de inmediato.

—Página cuatro y página siete. Al final de cada anexo —indicó el abogado con tono neutral.

Elena tomó la pluma de oro. Sus dedos temblaban tanto que la tinta estuvo a punto de manchar el papel. Con un trazo tembloroso pero firme, plasmó su firma en los lugares indicados. Había vendido su vida, su cuerpo y su futuro.

Alexander tomó la pluma a continuación y firmó con un trazo rápido, elegante y decisivo.

Cinco minutos después, un juez de paz de rostro serio ingresó a la sala. Sin ceremonias románticas, sin anillos intercambiados con amor y sin invitados, leyó las actas civiles básicas. Ante la pregunta de rigor sobre si aceptaba a Alexander Vance como su legítimo esposo, Elena apenas pudo pronunciar un sí casi inaudible. Alexander respondió con una sola palabra, baja y firme: "Acepto".

—Los declaro cónyuges ante la ley —sentenció el juez, estampando el sello oficial en el registro.

Los abogados y el juez recogieron sus pertenencias, hicieron una reverencia hacia Alexander y abandonaron el comedor en silencio. La enorme puerta dobles se cerró, dejando a la recién casada a solas con el rey de la mafia.

La tensión en el comedor se volvió sofocante. Elena permaneció petrificada en su silla, mirando el mantel blanco como si fuera su propia lápida.

Alexander se puso de pie. Su figura alta y dominante proyectó una sombra sobre la mesa. Caminó despacio hacia ella hasta detenerse a su costado. Elena encogió los hombros por instinto, temiendo lo que pudiera pasar.

—Felicidades, Sra. Vance —dijo él, con una ironía tan fría que hizo tiritar a Elena—. Ya eres mi esposa.

Él extendió la mano y inclinó el rostro de Elena hacia arriba, tomándola suavemente del mentón. Su tacto era firme, pero sorpresivamente no era brusco. Elena apretó los labios, temblando al sentir la cercanía de sus facciones esculpidas y la profundidad destructiva de sus ojos oscuros.

—Esta noche no habrá celebraciones —continuó Alexander, su voz descendiendo a un susurro grave que le erizó la piel—. Tengo asuntos de los negocios que atender en el centro de la ciudad toda la tarde. La Sra. Martha te guiará para que traslades tus pertenencias a mi suite principal.

El corazón de Elena dio un vuelco violento.

—¿A... a su habitación? —alcanzó a articular.

—Es nuestro acuerdo, Elena. A partir de hoy compartimos la misma cama —sentenció Alexander sin pestañear—. Regresaré a las nueve de la noche. Espero que para esa hora hayas cenado, estés descansada y me esperes allí. No me gusta repetir las órdenes.

Alexander le soltó el mentón, dio media vuelta y caminó hacia la salida del comedor. Justo antes de cruzar el umbral, se detuvo y la miró sobre el hombro una última vez.

—Ah, y una última cosa, Elena. En esta casa estás protegida de tus enemigos... pero las únicas reglas que importan son las mías. Si las obedeces, no tendrás nada que temer.

Sin esperar respuesta, los pasos pesados de Alexander se alejaron por el pasillo hasta que el eco de la puerta principal cerrándose resonó por toda la mansión.

Elena se dejó caer hacia atrás en la silla, cubriéndose el rostro con las manos mientras rompió en un sollozo ahogado. El contrato estaba firmado, el matrimonio era oficial y la noche se acercaba como una sombra e imponente amenaza. La jaula de cristal acababa de cerrar sus barrotes para siempre.

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Rosario Gallardo
muy buena pero con gusto a pocos autora super entretenida y dolorosa.💗👍
Rosario Gallardo
llore en este capitulo nunca vi tanta miseria humana😭😭😭😭
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