Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
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Capítulo 13.
Tres días después…
No dejé que Martin se acercara a mi bebé. Sé que mi comportamiento podía parecer infantil, pero no me importó. Cada vez que él se acercaba, una alarma interna me gritaba que no lo dejara. Sentía que si lo tocaba, mi hijo estaría en peligro.
—Bellamy, déjamelo por un momento —dijo Martin, con esa voz siempre suave—. Solo serán diez minutos.
Ignis no lo dijo como una orden. Lo dijo cansado, con la voz gastada por la preocupación y el insomnio.
—Bellamy, son solo diez minutos. Tú necesitas bañarte, descansar. Deja que Martin le dé energía al huevo mientras tanto.
Yo lo tenía pegado al pecho, como si fuera parte de mi propio cuerpo. No lo había soltado desde la mañana. No desde que Martin llegó, con esa calma inquietante que me ponía los nervios de punta.
—No —dije, firme.
Ignis se detuvo en la puerta del baño, con la toalla en la mano. Me miró como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
—¿No?
—Que no —repetí, y lo apreté con más fuerza contra mí, con desesperación—. Está tranquilo conmigo. Si se lo doy ahora se va a inquietar. Lo siento.
Martin estaba de pie junto a la ventana, inmóvil. No había dicho nada desde que entró. Llevaba su túnica de obispo, pálido, las manos entrelazadas. Desde que llegó no había podido acercarse al huevo ni una sola vez, porque yo no lo permitía.
—Bellamy, no seas así —dijo Ignis, suavizando el tono, intentando mediar—. Él vino para esto. Para ayudarte. Tú no has dormido en dos noches. Te estás consumiendo.
—Estoy bien.
—No estás bien. Estás obsesionado.
Esa palabra me golpeó más fuerte que cualquier golpe. Obsesionado. Como si mi amor, mi miedo, mi instinto de proteger a mi hijo, no fuera más que una locura sin sentido.
Martin dio un paso adelante, con las manos juntas, como si estuviera a punto de bendecir.
—Ignis, está bien —dijo con esa voz suave y baja que usaba para los demás—. Entiendo que no confíe en mí. Soy nuevo aquí, y él es quien lo ha cuidado desde el principio. Es normal que desconfíe.
Y bajó la cabeza, sumiso, como si estuviera aceptando un castigo que merecía.
No dijo nada más. Solo bajó la cabeza. Y en ese gesto, supe que ya había perdido.
Ignis lo miró a él, dolido. Y luego me miró a mí, decepcionado.
—Bellamy, me estás haciendo quedar muy mal —me dijo en voz baja, creyendo que Martin no escuchaba, pero cada palabra llegó clara y cruel a mis oídos—. Fui yo quien lo invitó. Fui yo quien le pidió que viniera. ¿Cómo crees que se siente si no lo dejas ni acercarse?
—Ignis, hay algo en él que no me deja tranquilo —susurré, desesperado, sintiendo que me ahogaba—. No lo dejes con el bebé, te lo pido. Por favor.
—¿Qué hay en él que no te guste? —me preguntó, frustrado—. ¿Que sea amable? ¿Que intente ayudarnos? ¿Que reze? Te estás comportando como un niño celoso, Bellamy.
Me quedé sin aire. Esas palabras me arrancaron las fuerzas de golpe.
Martin seguía con la cabeza baja, pero vi cómo se le tensaban los hombros. Estaba conteniendo una sonrisa. Una sonrisa de victoria.
—Déjamelo diez minutos —insistió él, con voz suave pero firme—. Solo diez. Te juro que es lo que necesita para crecer fuerte.
—Y yo lo necesito —respondió Martin de pronto, levantando la vista. Tenía los ojos rojos, como si llevara días sin dormir, como si algo le doliera en el alma—. Perdón… no quería decir eso en voz alta.
Ignis se alarmó al instante.
—¿Qué quieres decir, Martin?
Martin se llevó una mano al pecho, justo donde los obispos llevan el sello de su vínculo sagrado.
—Un obispo necesita dar energía a quien la recibe… es parte del vínculo. Si no lo hago, me debilita. Si no me deja darle nada… me duele, Ignis. —Se tambaleó un poco, apoyándose en la mesa como si apenas pudiera sostenerse—. Pero no importa. Puedo aguantarme. No es nada.
Fue teatro. Lo supe en el mismo instante en que lo hizo. Cada gesto, cada palabra, estaba calculado. Pero Ignis no lo vio. No lo vio porque quería creerlo.
Ignis corrió a sostenerlo del brazo, preocupado de verdad.
—¿Te sientes mal? ¿Por qué no me dijiste nada antes?
—Estoy bien —murmuró Martin, con voz débil—. Solo un poco de mareo. Pasará.
Ignis me fulminó con la mirada. Una mirada que nunca me había dirigido. Una mirada de decepción, de enojo, de cansancio. Como si yo fuera el problema. Como si yo fuera el que lastimaba a todos.
—Bellamy, dale el huevo. Ahora.
No fue una petición. Fue una orden. La voz de un Duque a su esposo.
Sentí que el huevo se movía entre mis manos, inquieto, respondiendo a mi angustia. No quería soltarlo. Si lo soltaba, Martin lo tocaría. Y si lo tocaba… tenía miedo de que el huevo lo prefiriera. Porque él no tenía miedo. Él no temía lastimarlo. Él parecía tener todo bajo control.
—Ignis… por favor…
—Diez minutos, Bellamy. Solo eso. Voy a bañarme y cuando salga te lo devuelvo. No va a pasar nada. Confía en mí.
Tuve que soltarlo. Con las manos temblando, con el corazón hecho pedazos, se lo extendí.
Martin lo tomó con una delicadeza que me revolvió el estómago. Tan suave, tan perfecto… como si yo no supiera cuidarlo. Como si mis manos no fueran dignas de sostenerlo.
—Gracias por confiar en mí, Ignis —le dijo a él, ni siquiera me miró a mí.
Se sentó en la silla junto a la cuna vacía que él mismo había acomodado con tanto esmero. Puso al huevo sobre sus piernas y colocó ambas manos encima. Cerró los ojos y comenzó a murmurar una oración en voz baja, rítmica.
El huevo, que conmigo se movía nervioso, inquieto, se quedó inmóvil al instante. Y comenzó a brillar. Una luz, más intensa, más pura que la que yo lograba darle, comenzó a emanar del cascarón, envolviéndolo todo.
—Está… está absorbiendo mucha energía —susurró Ignis, impresionado—. Martin, ¿estás seguro de que estás bien?
—Sí —respondió él sin abrir los ojos—. Le gusta. Me acepta.
Yo estaba de pie, con las manos vacías, viendo cómo mi hijo brillaba en brazos de otra persona. Y entendí lo que estaba haciendo desde el principio. No necesitaba robarlo. Solo necesitaba que Ignis viera que con él, el huevo estaba mejor. Que yo era el que le hacía daño. Que yo era el problema.
Ignis me tocó el hombro al pasar, con una ternura que ya no alcanzaba para calmarme.
—¿Ves? Solo necesitaba esto. No seas tan duro con él, Bellamy. No es tu enemigo.
Entró al baño y cerró la puerta. Me dejó solo. Con Martin. Y con mi hijo en sus manos.
Martin abrió los ojos lentamente. Me miró directamente, sin ocultar nada ya. Y sonrió. Una sonrisa suave, dulce… y completamente triunfal.
—Diez minutos —repitió en voz baja, acariciando el cascarón con una mano—. No te preocupes, Bellamy. Te lo voy a cuidar muy bien. Tan bien que ni siquiera vas a querer volver a tomarlo.
Di un paso hacia él, con el impulso de arrebatárselo. Pero me detuve en seco. Un pensamiento me golpeó con fuerza, deteniéndome en seco: Su energía es como el aliento para mi bebé. Y yo se lo estaba negando. Esa verdad me atravesó el pecho. Quería protegerlo, pero al final… ¿no era yo quien le estaba quitando lo que necesitaba para vivir? Me quedé inmóvil, con el alma hecha pedazos, sin saber si estaba haciendo lo correcto o lo estaba destruyendo todo.