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Bésame en el infierno

Bésame en el infierno

Status: Terminada
Genre:CEO / Policial / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Dante Lam era un fantasma.

Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.

El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.

Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.

Obsesivo. Peligroso. Irresistible.

Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.

Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.

Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16: La fiesta del diablo

La tienda Brioni de Polanco olía a cedro y a dinero viejo. Dante se miró en el espejo de tres cuerpos mientras el sastre ajustaba las solapas del traje negro. El corte era impecable: hombros definidos, cintura estrecha, línea italiana pura.

Leslie estaba sentado en el sillón de cuero detrás de él, con las piernas cruzadas y una expresión que oscilaba entre la evaluación profesional y algo más difícil de nombrar. Vestía casual: camisa gris acero, pantalón oscuro. Su presencia llenaba el espacio como una corriente de aire frío en una habitación cerrada.

—Gira —ordenó Leslie.

Dante obedeció. Leslie se levantó y caminó hacia él con esa economía de movimiento que lo caracterizaba, como si cada paso hubiera sido calculado tres pasos antes. Se detuvo a medio metro.

—El cuello está bien. Los hombros, perfectos. —Su mirada recorrió el traje con frialdad clínica—. Pero el cabello es un desastre.

Antes de que Dante pudiera responder, Leslie levantó ambas manos y le peinó el mechón que caía sobre la frente hacia atrás. Sus dedos rozaron la sien de Dante, la curva de la oreja. El contacto duró tres segundos. Tal vez cuatro.

El corazón de Dante tropezó.

Leslie retrocedió medio paso. Sus ojos, del color del hielo bajo agua turbia, lo estudiaron con una intensidad que no tenía nada que ver con el peinado.

—Tú y Anderson son dos estilos muy distintos —dijo Leslie. Su voz era baja, casi íntima, un registro que Dante no le había escuchado antes—. Él es ruido. Fuego. Atracción por combustión. —Hizo una pausa—. Tú eres más puro que él.

"Puro." La palabra atravesó a Dante como una aguja caliente. Un agente encubierto que mentía con cada respiración, que besaba a un traficante de armas para sobrevivir, que había matado en tres continentes. Puro. Viniendo de Leslie, sonaba casi a confesión.

—Leslie...

—La USB está en el bolsillo interior izquierdo —lo interrumpió Leslie, volviendo a su tono operativo sin transición—. Contraseña del estudio de Carter: Z-1-4-B-2-5. Tienes noventa segundos desde que entres. Ni uno más.

El sastre regresó con los zapatos. El momento se quebró como hielo fino bajo el peso de un paso.

---

La mansión de Carter Lippman en Cuernavaca se alzaba sobre una colina como una fortaleza disfrazada de palacio. Muros blancos, jardines con iluminación teatral, una alberca infinita que reflejaba las estrellas. Trescientos invitados circulaban entre terrazas y salones con la elegancia mecánica de personas acostumbradas a ignorar la procedencia del dinero.

Eva llegó del brazo de Dante. Llevaba el conjunto de diamantes que él le había regalado, montados sobre un vestido negro sin espalda. Su presencia generó murmullos. Eva Hofsky no asistía a fiestas de Carter Lippman. Que lo hiciera esta noche significaba algo, y la ambigüedad era parte del efecto.

No llegaron ni al segundo salón cuando una mano se posó sobre la cintura de Dante.

Anderson.

Traje azul medianoche, corbata aflojada, el primer botón abierto como una invitación permanente. Se colocó junto a Dante con la naturalidad de quien reclama un territorio que considera suyo.

—Dean. —La voz de Anderson era cálida y pública, diseñada para ser escuchada—. Empezaba a pensar que Eva te había secuestrado.

—Apenas lo estoy devolviendo —respondió Eva con sequedad—. Intacto, por si necesitas verificar.

Anderson sonrió. Luego, sin soltar la cintura de Dante, se inclinó hacia un grupo de hombres que los observaban y dijo con volumen calculado:

—Caballeros, les presento a Dean Yang. Ya saben, el joyero. Algunos de ustedes lo vieron en el yate de William hace unas semanas. —Su sonrisa se afiló—. Si se preguntan sobre la técnica de besos de William comparada con mis habilidades en la habitación, Dean puede confirmar que no hay competencia.

El grupo soltó risas incómodas. Dante sintió el calor subir por su cuello, pero mantuvo la sonrisa. Anderson lo miraba de reojo, buscando la reacción. Siempre buscando la grieta.

Eva esperó a que Anderson se alejara para saludar a otro grupo antes de inclinarse hacia Dante.

—Te lo digo una sola vez —murmuró, su aliento rozándole el oído—. No te enamores de William. Y no te enamores de Anderson. Ninguno de los dos puede darte lo que necesitas sin destruirte primero.

Antes de que Dante pudiera responder, Eva ya caminaba hacia Carter con una copa de champán y una sonrisa perfectamente fabricada.

---

El plan funcionó con la precisión de un reloj suizo hasta el momento en que dejó de funcionar.

Carter llevó a Eva al estudio para hablar de negocios. Tal como Leslie había predicho, envió a un guardaespaldas para "acompañar" a Dante por la sala de colección: una excusa elegante para vigilarlo. El tipo era grande, callado, profesional. Dante lo evaluó en tres segundos: exmilitar, rodilla derecha ligeramente rígida, holster bajo la axila izquierda.

Dante se detuvo frente a una vitrina con relojes antiguos.

—Ese Patek Philippe es de 1943 —dijo, señalando con admiración un reloj que en realidad era una réplica mediocre—. ¿Sabe si el señor Lippman tiene más piezas en otras salas?

El guardaespaldas lo miró con aburrimiento.

—Este es el único salón de colección.

—Es una lástima. Me encantaría ver su colección de arte precolombino. Eva mencionó que tiene una pieza olmeca excepcional en el segundo piso.

Una pausa. El guardaespaldas tocó su radio. Consultó. La respuesta fue que no existía tal colección. Pero la semilla estaba plantada: ahora el tipo estaba pensando en verificar, en moverse, en hacer algo que no fuera mirar a un joyero aburrido contemplar vitrinas.

Dante añadió la estocada final:

—Disculpe, ¿dónde está el baño?

El guardaespaldas lo acompañó hasta el pasillo del baño. Dante entró, cerró la puerta, esperó cuarenta segundos. Jaló la cadena. Se lavó las manos con ruido suficiente. Salió.

—Gracias. Voy a la terraza a buscar otra copa.

El guardaespaldas lo siguió hasta la terraza y se apostó en la puerta. Dante tomó una copa de un mesero, bebió un sorbo, esperó. Tres minutos después, Carter mandó llamar al guardaespaldas por radio para un asunto en la entrada. Dante se quedó solo.

—Tienes cuarenta y cinco segundos hasta la escalera este —la voz de Leslie vibró en su oído, fría y precisa—. Segundo piso, tercera puerta a la derecha. La cerradura es electrónica. Z-1-4-B-2-5.

Dante caminó. No corrió. Correr atrae miradas. Subió la escalera con una copa en la mano, como un invitado perdido buscando el baño equivocado. Tercera puerta. Teclado numérico. Z-1-4-B-2-5. Clic verde. Adentro.

La habitación de Carter olía a colonia cara y a paranoia. Dante localizó la computadora sobre el escritorio de caoba. Encendida, protegida por contraseña. Insertó la USB en el puerto lateral.

—Transferencia iniciada —susurró.

—Cincuenta y ocho segundos —respondió Leslie.

El indicador azul de la USB parpadeó. Dante contó los latidos de su propio corazón. Cuarenta y tres. Cuarenta y cuatro.

—Transferencia completa.

Extrajo la USB. Limpió el puerto con la manga. Salió. Cerró la puerta. Bajó la escalera con la copa todavía en la mano, el líquido sin temblar.

—Limpio —confirmó Leslie. Y luego, tan bajo que Dante casi no lo escuchó—: Bien hecho.

---

El almuerzo se servía en el jardín principal bajo una pérgola de buganvilias. Ciento veinte comensales en mesas redondas con manteles blancos. Carter presidía la mesa central junto a Eva. Anderson estaba tres mesas a la derecha, hablando con un senador cuyo nombre Dante prefería no recordar.

Todo cambió con un plato de sopa.

El mesero se acercó por la izquierda de Eva con una bandeja de plata. Dante lo vio porque estaba entrenado para ver lo que otros no ven: la forma en que el hombre cargaba el peso sobre la pierna trasera, como quien se prepara para retroceder. La mano derecha demasiado cerca del cuerpo. Los nudillos blancos.

"No."

Dante se levantó en el mismo instante en que el mesero sacó la pistola.

El primer disparo atravesó el aire como un trueno seco. Eva se desplomó hacia la izquierda. La bala le entró por debajo de la clavícula, a centímetros del corazón. Sangre sobre seda negra. Sangre sobre diamantes.

Dante agarró el mantel de su mesa y lo lanzó como una red sobre la cara del tirador. Un segundo de ceguera. Suficiente. Cruzó la distancia en tres zancadas, tomó el cuchillo de carne de la mesa más cercana y lo clavó en la mano que sostenía el arma. El hombre gritó. La pistola cayó. Dante la recogió del suelo, apuntó y disparó una vez.

El asesino se derrumbó entre platos rotos y flores aplastadas.

Silencio. Luego, gritos.

Dante ya estaba arrodillado junto a Eva. La herida burbujeaba. Pulmón. No corazón. Bien. Relativamente bien. Presionó ambas manos sobre la entrada de la bala, sintiendo la sangre caliente filtrarse entre sus dedos.

—Eva. Mírame. Eva.

Ella abrió los ojos. Pálida como el mármol, pero consciente.

—No es... el corazón —jadeó Eva, con esa capacidad suya de analizar incluso su propia muerte—. Pulmón derecho. Voy a... vivir para quejarme de esto.

—No hables.

Los guardias de Carter rodearon la escena. Alguien gritó que la ambulancia venía en camino. Dante no se movió. Siguió presionando, contando los segundos, mirando a Eva a los ojos para que ella no los cerrara.

Cuando los paramédicos finalmente la subieron a la camilla, Dante tenía sangre hasta los codos. Su traje Brioni estaba arruinado. Leslie no había dicho una sola palabra por el auricular durante los últimos ocho minutos. El silencio de Leslie era, a su manera, más elocuente que cualquier orden.

---

La habitación de invitados olía a lavanda artificial.

Dante estaba frente al espejo del baño, con el torso desnudo, lavándose la sangre de Eva de las manos. El agua corría rosada por el desagüe. No dejaba de frotar.

Escuchó la puerta abrirse. No se volteó. Sabía quién era por el peso de los pasos, por la forma en que el aire cambiaba cuando Anderson entraba a una habitación.

Anderson se recargó en el marco de la puerta. Tenía dos cigarrillos en la mano. Le ofreció uno.

Dante cerró la llave del agua. Tomó el cigarrillo. Anderson le dio fuego. Fumaron en silencio durante treinta segundos que parecieron una hora.

—Lo que hiciste allá abajo —dijo Anderson, exhalando humo hacia el techo— no fue lo que hace un joyero.

Dante no respondió.

Anderson dejó su cigarrillo en el borde del lavabo y caminó hasta quedar detrás de Dante. En el espejo, sus ojos se encontraron. Luego Anderson lo abrazó por detrás. Sin fuerza, sin urgencia. Un abrazo que no exigía nada. Sus brazos rodearon el torso desnudo de Dante y su barbilla descansó sobre su hombro.

Dante se quedó inmóvil. El calor del pecho de Anderson contra su espalda era una contradicción: amenaza y refugio en el mismo gesto.

—Hace seis años —murmuró Anderson contra su cuello—, un agente de Interpol quedó atrapado en una explosión que yo provoqué. No fue intencional. Daño colateral. Pero yo vi cómo el edificio se derrumbó sobre él.

El pulso de Dante se detuvo.

—Me pasé un año buscando su expediente —continuó Anderson—. Dante Lam. Veintitrés años cuando entró al edificio. Supuestamente muerto. Pero nunca encontraron el cuerpo completo. Solo fragmentos de ADN. —Sus brazos se tensaron casi imperceptiblemente alrededor de Dante—. Desde entonces, algo no me deja en paz.

"Está hablando de mí. Está hablando de mí y no lo sabe."

—¿Por qué me cuentas esto? —La voz de Dante salió más ronca de lo que pretendía.

—Porque hoy, cuando te vi saltar sobre ese hombre con el cuchillo, pensé en él. —Anderson levantó la cabeza. En el espejo, su expresión no era sardónica ni calculadora. Era algo raro, algo que Dante no le había visto antes: dolor sin disfraz—. ¿Estoy tan interesado en ti porque atravesaste la misma explosión que él? ¿Porque los sobrevivientes se reconocen entre sí?

"No fue la misma explosión. Fue la misma explosión."

—Anderson...

—El interés produce dolor, ¿sabías? —Anderson cerró los ojos—. Cuando alguien te importa de verdad, se siente exactamente igual que una herida. No puedes dejar de tocarla. Y cuanto más la tocas, más sangra.

Dos hombres abrazados en un baño de lavanda artificial. Uno cubierto de sangre ajena. El otro cargando la culpa de una explosión que creía haber matado al hombre que sostenía entre sus brazos.

La ironía era tan perfecta que dolía respirar.

Anderson soltó el abrazo con la lentitud de quien se obliga a soltar algo frágil. Se enderezó. La máscara sardónica volvió a su rostro como una puerta que se cierra.

—Te dejé ropa limpia en la cama —dijo, recogiendo su cigarrillo del lavabo—. Cámbiate. Te llevo de regreso a la ciudad.

Salió sin mirar atrás.

Dante se quedó solo frente al espejo. El agua del lavabo había dejado de correr, pero el sonido seguía dentro de su cabeza: un goteo constante, como sangre, como segundos, como todas las verdades que no podía decir acumulándose detrás de sus dientes.

En su oído, el auricular hizo un clic suave. Leslie conectándose de nuevo.

—La USB está transmitiendo —dijo Leslie—. Misión cumplida.

Dos palabras. Limpias, frías, profesionales.

Pero Dante ya no sabía si la misión que importaba era la de Interpol o la de sobrevivir al hombre que lo abrazaba mientras lloraba a un fantasma con su mismo nombre.

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