Durante ocho años, Shen Yuchen vivió bajo un nombre que no era el suyo.
Sin familia, sin poder, sin pasado y con una sola orden: no regresar hasta que terminara el plazo.
Pero la noche en que los ocho años llegan a su fin, alguien escribe su verdadero nombre en una calle olvidada de Lóngchéng.
Desde ese momento, todo comienza a derrumbarse.
Un falso heredero ocupa su lugar.
Un hombre con su mismo rostro asegura ser el verdadero Adrián Valerius.
Antiguas familias empiezan a perseguirlo.
Sus recuerdos esconden secretos que alguien borró deliberadamente.
Y dentro de su cuerpo despierta una fuerza relacionada con las misteriosas Nueve Puertas, un poder que incluso las familias más antiguas temen.
Mientras descubre la verdad sobre su origen, Shen Yuchen deberá construir su propio poder, enfrentarse a clanes, cultivadores, imperios empresariales y enemigos ocultos durante siglos.
Pero existe un problema todavía mayor:
Su identidad no fue simplemente robada.
Fue dividida.
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Shen Tianyu
La presencia que ascendía por el edificio no era comparable con la de Zhaoling.
Shen Yuchen había sentido cultivadores fuertes durante los últimos días.
Wei Kuan.
Jian Mo.
Los ancianos Gu.
Gu Zhenhai.
Pero aquello era diferente.
No era simplemente presión.
Era dominio.
Como si la energía de todo el edificio estuviera siendo obligada a apartarse para dejar pasar a una sola persona.
La mujer del velo negro permaneció tranquila.
He Liang, en cambio, cerró los puños.
Yuchen lo notó.
—Le tienes miedo.
—No.
—Entonces.
—Sé lo que quiere.
—¿Qué?
He Liang miró hacia la puerta.
—Abrir Luoshui.
—Eso ya lo sé.
—No sabes por qué.
Un golpe resonó varios pisos abajo.
Después otro.
Jian Mo habló por el comunicador:
—Zhaoling está entrando.
—¿Y Tianyu?
—No lo veo.
Yuchen miró a la mujer del velo.
—Dijo que estaba aquí.
—Lo está.
—Jian no lo ve.
—Porque Tianyu no necesita usar la entrada.
La luz parpadeó.
Una figura apareció reflejada en una de las ventanas.
Yuchen giró.
Nada.
La Campana Luoshui vibró.
Una vez.
Detrás de él se escuchó una voz.
—Has crecido.
Yuchen se volvió.
Shen Tianyu estaba dentro de la habitación.
Nadie lo había visto entrar.
Cincuenta y tantos años.
Cabello oscuro con algunas canas.
Rostro parecido al de Shen Jianhong, aunque más delgado.
Vestía un abrigo sencillo.
No parecía el hombre que llevaba años moviendo piezas desde las sombras.
Parecía un profesor.
Eso lo hacía más inquietante.
Yuchen no atacó.
Tianyu lo observó durante varios segundos.
—La última vez que te vi eras un niño.
—No lo recuerdo.
—Ese era el objetivo.
Yuchen sintió rabia.
—¿También participaste?
—Sí.
La respuesta directa lo sorprendió.
—Doble Umbral.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque en aquel momento parecía la única opción.
—Esa frase está perdiendo valor.
Tianyu casi sonrió.
—Sigues hablando como Jianhong.
—Eso dicen.
—¿Te molesta?
—Todavía no sé si debería.
Tianyu miró a He Liang.
—Ven conmigo.
El joven retrocedió.
—No.
—No es una petición.
Yuchen dio un paso.
—Entonces tendrá que pasar por mí.
Tianyu lo miró.
No con amenaza.
Con evaluación.
—Todavía eres demasiado débil.
—Probablemente.
—Entonces ¿por qué intervenir?
—Porque todos ustedes siguen tomando decisiones por otras personas.
Tianyu suspiró.
—La juventud siempre cree que libertad significa ausencia de consecuencias.
—Y la vejez siempre cree que consecuencias justifican control.
La mujer del velo rio suavemente.
Tianyu la miró.
—No deberías estar aquí.
—Tú tampoco.
—Corona Vacía sigue jugando demasiado cerca del fuego.
—Y la Casa Shen sigue fingiendo que el fuego le pertenece.
Yuchen escuchó.
Había historia entre ellos.
—¿Quién es ella? —preguntó.
Tianyu respondió:
—Alguien que todavía no ha decidido si quiere salvarte o utilizarte.
La mujer dijo:
—Eso describe a casi todos los presentes.
Tianyu no discutió.
Abajo se escuchó una explosión.
Jian gritó por el comunicador:
—¡Zhaoling rompió el acceso del sexto piso!
Tianyu cerró los ojos.
—Ese muchacho nunca aprendió paciencia.
—Es su hijo.
—Precisamente.
Yuchen sintió algo extraño.
No parecía orgulloso de Zhaoling.
Tampoco indiferente.
—¿Por qué lo preparó para usar mi nombre?
Tianyu volvió a mirarlo.
—Porque necesitaba que la Casa Shen tuviera heredero.
—Tenía uno.
—Habías desaparecido.
—Usted sabía que estaba vivo.
—Sí.
—Entonces mintió.
—Sí.
Otra respuesta directa.
—¿Por qué ocho años?
—Porque era el plazo que Jianhong pidió.
Yuchen se quedó quieto.
—Mi padre estuvo de acuerdo.
—Él lo propuso.
—¿Con Zhaoling ocupando mi lugar?
—No exactamente.
Tianyu caminó hacia la mesa.
—Jianhong quería que la Casa tuviera una figura pública que atrajera atención.
—Un señuelo.
—Sí.
Yuchen pensó en Zhaoling.
—Usó a su propio hijo como señuelo.
Tianyu no respondió.
Eso era confesión suficiente.
—¿Zhaoling lo sabía?
—Parte.
—¿Cuál?
—Que su identidad era temporal.
—¿Sabía que yo existía?
—No hasta hace un año.
Yuchen sintió algo incómodo.
Su rival también había sido manipulado.
—Entonces cuando dijo que llevaba ocho años preparándose para ser yo...
—No sabía exactamente a quién reemplazaba.
—¿Y ahora?
—Ahora está furioso.
—Conmigo.
—Con todos.
Eso tenía sentido.
La puerta de la sala explotó.
Shen Zhaoling entró.
Sangre en la frente.
Ropa rasgada.
Mirada encendida.
Detrás, dos hombres inconscientes.
Jian Mo apareció poco después.
—Te dije que esperaras.
Zhaoling ignoró.
Vio a Tianyu.
Se detuvo.
—Padre.
Tianyu no sonrió.
—Llegaste demasiado rápido.
—Me llamaste.
—Te dije que vinieras a la ciudad.
—No que entrara.
Zhaoling apretó mandíbula.
—Siempre igual.
Yuchen vio algo que no había visto antes.
Zhaoling no parecía un heredero.
Parecía un hijo buscando aprobación.
—¿Qué quiere de He Liang? —preguntó Yuchen.
Tianyu respondió:
—Abrir Luoshui.
—¿Por qué?
—Porque Jianhong está perdiendo control.
Silencio.
Jian Mo dio un paso.
—¿Está vivo?
Tianyu lo miró.
—Sí.
Jian pareció recibir un golpe.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Siempre.
Jian apretó espada.
—Siete años.
—Lo sé.
—Me hiciste creer que quizá estaba muerto.
—Era necesario.
Jian dio un paso.
Yuchen levantó la mano.
—No.
Jian lo miró.
—No ahora.
Le costó.
Pero se detuvo.
Yuchen volvió a Tianyu.
—¿Qué está manteniendo cerrado?
—La Tercera Resonancia.
—Eso no responde.
—Porque no es una cosa.
Yuchen sintió frío.
—¿Entonces qué?
Tianyu miró a He Liang.
—Un legado.
—Casa Yu.
—Más antiguo.
La mujer del velo intervino:
—Ahora sí empieza a decir la verdad.
Tianyu la ignoró.
—Hace setecientos años, la Casa Yu no fue destruida solo porque uno de sus herederos abrió dos Puertas.
—¿Entonces?
—Porque encontró una forma de conectar todas.
Yuchen recordó al Portador Sin Nombre.
—¿Una persona?
—Una función.
—¿El Portador?
—Sí.
—¿Y la Tercera Resonancia?
Tianyu respondió:
—Es lo que permite que el Portador exista.
Silencio.
Meilin habló desde el comunicador:
—Yuchen, Meridian está detectando una nueva señal dentro del edificio.
—¿Dónde?
—No puedo distinguir.
—¿Qué tan fuerte?
—Más que He Liang.
Tianyu cerró los ojos.
—Demasiado tarde.
Yuchen miró.
—¿Qué?
La mujer del velo también se tensó.
Por primera vez perdió tranquilidad.
La Campana Luoshui comenzó a vibrar sola.
No una vez.
Siete.
Una tras otra.
He Liang cayó de rodillas.
—No.
Yuchen se acercó.
—¿Qué sientes?
—La puerta.
—¿Luoshui?
—No.
He Liang levantó la mirada.
Sus ojos habían cambiado.
Uno oscuro.
El otro dorado.
—Aquí.
El piso comenzó a temblar.
Una línea negra apareció en el centro de la habitación.
Como una grieta.
No en el concreto.
En el espacio.
Jian Mo retrocedió.
—Eso no es posible.
La mujer del velo susurró:
—Corona Interna.
Tianyu gritó:
—¡Todos atrás!
La grieta se abrió.
Apenas unos centímetros.
Pero del otro lado no había oscuridad.
Había un cielo rojo.
Montañas.
Una estructura gigantesca.
Y una figura.
Lejana.
Encadenada.
Yuchen sintió su Segunda Resonancia explotar.
La figura levantó la cabeza.
Incluso a esa distancia, Yuchen supo quién era.
Shen Jianhong.
Su padre.
La grieta comenzó a cerrarse.
Yuchen dio un paso.
—¡Padre!
La figura reaccionó.
Las cadenas vibraron.
Jianhong levantó una mano.
No podía hablar.
Pero formó una palabra con los labios.
Corre.
La grieta se cerró.
Silencio.
Yuchen quedó inmóvil.
Tianyu también.
Zhaoling miraba sin entender.
He Liang perdió conciencia.
La mujer del velo se acercó.
—Ahora lo sabes.
Yuchen la miró.
—¿Qué?
—Luoshui no es un lugar.
Silencio.
—Es una Puerta.