—¿Si pudieras volver atrás... te enamorarías otra vez de mí? —le pregunté.
Dante no respondió enseguida.
Solo me miró con esa calma que siempre lograba desarmarme.
—La verdadera pregunta, Valeria... es si tú volverías a alejarte de mí.
No contesté.
Porque los dos conocíamos la respuesta.
Mi nombre es Valeria.
Durante mucho tiempo creí que las historias de amor estaban hechas para mujeres distintas a mí. Mujeres bonitas. Seguras de sí mismas. Mujeres que no tenían que vender su cuerpo para pagar el alquiler de un pequeño apartamento en Nueva York.
Entonces apareció Dante De Luca.
Un hombre del que todos hablaban, pero al que muy pocos conocían de verdad.
Yo pensaba que él sería el mayor problema de mi vida.
Qué equivocada estaba.
Porque enamorarme de Dante fue fácil.
Lo difícil fue sobrevivir a todo lo que llegó después.
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Capítulo 16: Demasiado cerca
...DANTE...
Toda persona deja un patrón, incluso quienes están convencidos de que son invisibles.
Durante semanas seguimos el rastro de los empresarios que utilizaban el club como punto de encuentro para intercambiar información privilegiada. Ninguno hablaba directamente con el verdadero responsable. Utilizaban intermediarios, teléfonos desechables y reuniones improvisadas en distintos lugares de la ciudad. Cada vez que creíamos haber llegado al final del camino aparecía un nuevo nombre, una nueva pieza, y la investigación volvía a empezar desde cero.
Era un sistema cuidadosamente diseñado.
Nunca existía un vínculo directo entre el cerebro de la operación y quienes ejecutaban sus órdenes. Cada persona conocía únicamente al contacto inmediato, sin saber quién movía realmente los hilos. Esa cadena de compartimentos aislados había convertido la investigación en un laberinto donde cada respuesta conducía a una nueva pregunta.
Por eso nos había costado tanto descubrir la verdad.
Hasta aquella mañana.
Lorenzo entró en mi despacho sin anunciarse y dejó una carpeta sobre el escritorio. No dijo una palabra mientras abría la primera fotografía. No era el rostro de un empresario. Tampoco el de un mafioso.
Era un senador.
Uno de los hombres más influyentes del país.
Su poder nunca había dependido de la violencia. Lo sostenían los favores, las deudas políticas y el dinero. Compraba jueces, policías, periodistas y fiscales. Y cuando alguien se negaba a entrar en su juego, simplemente encontraba la manera de destruirlo.
—Ya sabemos por qué desaparecieron tantos cabos sueltos —dijo Lorenzo con gravedad—. Él estaba detrás de todos.
Levanté la vista hacia él.
—¿Qué busca ahora?
—Ya no le interesan los empresarios. Quiere infiltrar a las chicas del club.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué ellas?
—Porque nadie las mira dos veces. Son invisibles para la mayoría de las personas. Escuchan conversaciones, sirven copas y acompañan clientes importantes. Están presentes en todos los lugares donde se toman decisiones, pero nadie sospecha de ellas.
Volví a observar la fotografía del senador y, por primera vez, todo encajó.
No necesitaba espías entrenados.
Necesitaba mujeres que pasaran desapercibidas.
—¿A cuántas ha intentado acercarse?
—Tres hasta ahora.
Guardé silencio unos segundos antes de formular la pregunta que realmente me importaba.
—¿Y Valeria?
Lorenzo deslizó otra fotografía.
Ella aparecía saliendo del club.
—También.
La respuesta bastó para tomar una decisión.
—Quiero vigilancia permanente.
Lorenzo asintió.
—¿Sobre el club?
Negué lentamente.
—Sobre ella.
...VALERIA...
Aquella noche terminé mi turno más tarde de lo habitual. Había ayudado a ordenar el camerino y preferí acompañar a la chica nueva hasta que recuperó la calma después de su primer día.
Cuando crucé la puerta principal, una corriente de aire frío me recibió de golpe. Las calles estaban casi vacías y el ruido de la ciudad parecía haberse apagado.
Ajusté el bolso sobre mi hombro y emprendí el camino hacia la parada del autobús.
No sabía que alguien caminaba varios metros detrás de mí.
Tampoco que un automóvil avanzaba lentamente por la avenida siguiendo exactamente el mismo recorrido.
...DANTE...
No tenía intención de intervenir.
Solo quería asegurarme de que llegara sana y salva a casa.
Podría haber enviado a cualquiera de mis hombres para vigilarla, pero por alguna razón había decidido hacerlo personalmente. Permanecía sentado en el asiento trasero del automóvil observando cada uno de sus movimientos, incapaz de apartar la mirada.
Fue Lorenzo quien rompió el silencio.
—Hay otro vehículo.
Seguí la dirección que señalaba.
Un sedán oscuro mantenía una distancia constante detrás de Valeria. No aceleraba ni disminuía la velocidad.
Simplemente esperaba.
Valeria giró por una calle más estrecha.
El automóvil hizo lo mismo.
Entonces apareció un hombre caminando varios metros detrás de ella.
La misma velocidad.
Las mismas pausas.
La misma dirección.
No era una coincidencia.
Todos mis sentidos se pusieron en alerta.
—Adelántate.
El conductor aceleró sin hacer preguntas.
Nos detuvimos junto a la acera apenas unos metros delante de Valeria. Bajé antes de que el vehículo terminara de detenerse.
Ella se sobresaltó al reconocerme.
—¿Señor De Luca?
Abrí la puerta trasera.
—Sube.
Me observó confundida.
—¿Qué ocurre?
Miré discretamente hacia el fondo de la calle. El hombre se había detenido. Fingía revisar el teléfono, pero no dejaba de observarnos.
—Ahora no puedo explicarlo. Solo confía en mí.
Hubo apenas un instante de duda antes de que aceptara. Entró al automóvil y me acomodé a su lado. Apenas cerré la puerta, el conductor volvió a ponerse en marcha.
Por el espejo retrovisor vi cómo el sedán cambiaba de dirección.
Lorenzo hizo una llamada.
—Síganlos. No intervengan todavía. Quiero saber dónde terminan.
Colgó y guardó el teléfono.
Dentro del vehículo reinaba un silencio extraño.
Fue Valeria quien terminó rompiéndolo.
—¿Estoy en problemas?
La miré.
—No.
—Entonces... ¿por qué vino por mí?
Sostuve su mirada unos segundos antes de responder.
—Porque alguien te estaba siguiendo.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué...?
—Y no pienso permitir que vuelvas a quedarte sola hasta saber quiénes son.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Ella bajó lentamente la vista hacia sus manos.
Temblaban.
No pensé en lo que hacía.
Simplemente acerqué la mía hasta rozar suavemente sus dedos no era un gesto de posesión era una promesa silenciosa.
Valeria levantó la mirada.
Nuestros ojos se encontraron en los suyos había miedo y también confianza y una cercanía que ninguno de los dos estaba preparado para admitir.
La luz de los faroles entró por la ventanilla iluminando su rostro durante apenas un instante.
Entonces dejé de verla como una de las chicas del club.
Dejé de verla como una pieza dentro de una investigación.
Solo vi a una mujer vulnerable cuya seguridad había empezado a importarme demasiado.
Ella respiró profundamente.
Yo hice lo mismo.
Éramos dolorosamente conscientes de la escasa distancia que separaba nuestros cuerpos. Bastaba un movimiento para rozarnos, para cruzar un límite del que ninguno podría regresar.
Pero ninguno lo hizo.
Porque, a veces, el deseo nace precisamente de aquello que todavía no sucede.
Cuando el automóvil se detuvo frente al edificio donde vivía, descendí primero y recorrí la calle con la mirada antes de abrirle la puerta.
—Esta noche no entrarás sola.
Ella me observó unos segundos antes de asentir en silencio.
Subimos juntos hasta la puerta de su apartamento.
Mientras esperaba a que encontrara las llaves dentro del bolso, comprendí algo que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.
Aquello había dejado de ser únicamente una investigación y precisamente por eso acababa de convertirse en el caso más peligroso de toda mi vida.