Cuatro años atrás, Lara Rivas lo perdió todo en una sola noche: su familia, su prometido, su nombre y casi la vida. Traicionada por su propia hermana, desapareció sin mirar atrás.
Ahora vuelve a Buenos Aires con otro rostro, otro nombre y dos hijos que son todo su mundo. Solo quiere recuperar lo que le arrebataron y hacer caer a quienes la destruyeron.
Pero Sebastián Ferrer aparece otra vez.
Frío, poderoso y acostumbrado a que nadie le diga que no, Sebastián no logra entender por qué esa mujer le resulta tan familiar. Tampoco por qué sus hijos se parecen tanto a él.
Entre secretos, heridas viejas y una atracción que ninguno de los dos pidió, Lara intenta mantenerse lejos.
El problema es que sus hijos ya eligieron bando.
Y esta vez, el pasado no piensa quedarse enterrado.
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Capítulo 23
En el hospital, el director Vega llegó con algunos miembros del equipo.
Vega era un tipo curtido. Después de notar que Sebastián trataba a Lara de forma distinta, decidió darle una mano. Se tragó el fastidio que le provocaba Candela y entró a la habitación con cara de preocupación.
—Director Vega...
—No te muevas, quedate acostada.
Todos ahí sabían actuar un poco fuera de cámara también. Vega arrimó una silla a la cama y se sentó.
—Vicky me avisó que tuviste una alergia. Vine a verte.
Miró la cara hinchada y llena de marcas de Candela.
—Descansá dos días. Volvé al rodaje cuando la cara se recupere.
—Gracias, director.
Vega sonrió. Después cambió el tono, como quien habla de algo menor.
—Recién fue la policía al set y se llevó a Lara. Me dijeron que vos hiciste la denuncia. Candela, ya venimos trabajando juntos hace un tiempo. Conocés mi forma de ser. Soy bastante estricto con el trabajo y no me gusta que el equipo tenga noticias negativas que puedan afectar la filmación. ¿Me entendés?
La sonrisa de Candela se endureció.
Entendía.
Vega no había ido a verla. Había ido a advertirle.
—Director...
Vega levantó la mano y la interrumpió sin perder la sonrisa.
—Soy unos años mayor que vos, así que hoy voy a tomarme el atrevimiento de hablarte como alguien que ya vio mucho en este ambiente.
—Lo escucho.
—Hay que tener la mente más amplia y saber cuándo detenerse. La vida da vueltas. La persona que hoy mirás por encima del hombro mañana puede estar tan arriba que ya no puedas alcanzarla. Conviene aprender a llevarse bien con la gente.
Bajo la manta, Candela cerró los puños.
En otro momento le habría contestado sin piedad a cualquiera que se animara a darle lecciones. Pero ahora no podía.
Ya había perdido el respaldo de Sebastián. Si quería seguir trabajando en ese set, no podía pelearse con Vega.
Se tragó el odio y asintió.
—Gracias, director. Lo voy a tener en cuenta.
Vega le palmeó apenas el hombro.
—Sabía que eras una chica inteligente.
Lara llegó justo en ese momento.
Traía una canasta de frutas. Tocó la puerta, Vicky abrió y se encontró con la habitación llena de gente. Lara saludó con educación, avanzó hasta la cama y dejó la canasta a los pies.
Candela estaba medio recostada, con el suero puesto y la cara tan hinchada que a Lara por fin se le aflojó un poco la rabia del pecho.
Había pateado a Mora cinco veces. Que terminara así por una alergia era poco.
Sus miradas se cruzaron.
Las chispas quedaron escondidas debajo de sonrisas falsas.
Lara inclinó un poco la cabeza.
—Señorita Candela, lo siento mucho. Mora y yo de verdad no sabíamos que eras alérgica al durazno. ¿Estás mejor?
Candela quería arrancarle esa sonrisa de una cachetada.
¿Por qué la policía no la había tenido encerrada unos días?
Pero la mirada de Vega seguía encima. No podía explotar.
—Estoy bien. Cuando me dio la alergia me picaba todo el cuerpo y pensé que alguien quería hacerme daño. Denuncié en un impulso. ¿La policía no te complicó?
—No.
Si se trataba de actuar, Lara también sabía.
—Investigaron y vieron que fue un malentendido. Me tomaron declaración y me dejaron ir. Mora quería venir a disculparse también, pero tiene escenas esta tarde y no puede moverse del set. Vine en nombre de las dos.
Sonrió con suavidad.
—Igual, este tipo de alergias puede ser grave. La próxima mirá bien la etiqueta y los ingredientes antes de tomar algo. Después de todo, trabajás con la cara. Sería terrible que se te arruinara.
Candela sintió que el pecho le ardía.
Claro que Lara quería verla desfigurada.
Le costó mantener la sonrisa.
—La próxima voy a tener cuidado.
Vega aprovechó para cerrar.
—Así me gusta. Los malentendidos se aclaran y listo. Candela, descansá. Nosotros tenemos que volver al set.
—Gracias por venir, director.
Cuando Vega y los demás salieron, la sonrisa de Candela se cayó en cuanto la puerta se cerró.
Lara aplaudió despacio.
—Qué cambio de cara. Se nota que sos actriz.
—Lara, lo hiciste a propósito.
—No entiendo de qué hablás.
Candela la miró con los ojos clavados en ella.
—¿Quién sos?
En el momento en que la policía fue a buscarla a ella y no a Mora, Lara ya había entendido que Candela sospechaba de su identidad.
Le sostuvo la mirada y sonrió.
—Qué pregunta rara. Soy Lara Rivas.
—¿Cuál Lara Rivas?
Lara pestañeó, tranquila.
—¿Conocés a otra?
Candela la estudió con atención. Quiso encontrar un gesto, una grieta, una emoción que la delatara. No encontró nada.
Aflojó poco a poco los puños.
—No importa quién seas. Lo de hoy me lo voy a acordar.
—Como quieras.
—Andate.
Lara tampoco quería verla más. Se dio vuelta y salió de la habitación sin dudar.
Tomó el ascensor hasta planta baja. Cruzó el pasillo hacia el área de admisión, donde había gente haciendo fila, familiares apurados, enfermeros pasando de un lado a otro.
Estaba por irse cuando sus pasos se frenaron.
A menos de un metro, Tomás Molina llevaba un saco informal, pantalón cómodo y un ramo de lirios en la mano. Miraba alrededor, buscando algo.
Tomás.
A Lara le dolió el pecho de una forma pesada, vieja.
Ella lo había querido de verdad. Lo había tratado como la persona más cercana que tenía. Y él, mientras la miraba con ternura, se había unido a Candela para engañarla durante medio año.
Había actuado tan bien.
Le llevaba flores, la invitaba a comer, la acompañaba al cine, le tomaba la mano al cruzar la calle, la hacía caminar del lado de adentro de la vereda. Lara no había tenido experiencia en el amor. Se había hundido en esa suavidad creyendo que había encontrado a alguien bueno.
Al final, todo era para mantenerla tranquila.
En su caída, Tomás también había puesto las manos.
Y lo más irónico era que, después de tanto cálculo, Candela había corrido a meterse bajo la sombra de Sebastián.
Tomás también la vio.
Era difícil no verla. Lara, parada entre tanta gente, llamaba la atención como si llevara luz propia.
Él no dudó. Caminó hasta ella.
—Disculpá. ¿Sabés dónde están los ascensores de internación?
Lara respondió con frialdad.
—No.
Quiso irse, pero Tomás volvió a ponerse delante.
—¿Qué querés?
—Perdoná. Capaz suena raro, pero te parecés a alguien que conocí.
Mientras hablaba, sacó el celular.
—¿Me pasarías tu contacto?
—No.
Lara lo rechazó sin dudar.
Tomás quedó incómodo en el lugar.
Ella lo miró sin ninguna emoción.
—Me estás tapando el paso.
—Perdón...
Tomás se corrió dos pasos. Lara pasó a su lado y se fue sin mirar atrás.
Él se quedó mirando su espalda hasta que desapareció.
De verdad le resultaba familiar. Pero no podía ubicarla. Se quedó un buen rato parado con las flores en la mano, pensando. Al final se rindió, preguntó a otra persona por los ascensores y subió.
Encontró la habitación de Candela según el mensaje que le habían mandado. Tocó la puerta. Vicky abrió.
—Señor Molina...
Tomás asintió, entró con las flores y vio a Candela ya sin suero. Las ronchas habían bajado un poco, pero la cara seguía roja e hinchada.
Apenas lo vio, Candela puso los ojos húmedos.
—Tomás...
—¿Cómo terminaste así?
Cuando ella intentó incorporarse, él se apuró a sostenerla. La preocupación le llenó los ojos.
—¿Te pica? ¿Te duele?
Candela asintió con aire de víctima. Subió un poco la manta, como si quisiera cubrirse la cara.
—Estoy horrible, ¿no?
—Tonta. Te vi de todas formas. ¿Cómo voy a despreciarte?
Candela sintió una calidez breve.
En momentos así, no podía evitar comparar a Tomás con Sebastián. No era masoquista. En el fondo, quien le gustaba más era Tomás.
Pero Tomás no tenía el poder de Sebastián.
Si Tomás tuviera el dinero y la posición de Sebastián, o si Sebastián tuviera la ternura de Tomás, todo sería perfecto. Como no podía tener ambas cosas, elegía lo que más le convenía.
Por eso Tomás solo podía quedar como respaldo.
Candela sabía que él no había ido solo a mirar cómo estaba. Le hizo una seña a Vicky para que saliera. Antes de que la asistente se fuera, le pidió que tirara la canasta de frutas que estaba bajo la cama.
Cuando Vicky salió con la canasta, Tomás preguntó:
—¿Por qué tirás fruta nueva?
—Me la mandó alguien que odio.
Tomás asintió y no preguntó más.
Candela abrió los brazos con gesto lastimero. Él suspiró, se sentó al borde de la cama y la abrazó.
—¿Ahora no te preocupa que alguien nos vea?
—Estamos solos.
Tomás apretó los brazos.
—Vi el comunicado que Sebastián publicó a través de la empresa. Aclaró que ustedes no son pareja. Entonces, ¿podemos estar juntos sin escondernos?
—Todavía no.
—¿Por qué?
Tomás la apartó lo suficiente para mirarla.
—Candela, decime la verdad. ¿Te enamoraste de Sebastián?
—¿Cómo se te ocurre?
Candela agarró la tela de su camisa, con la boca temblorosa.
—Vos sabés a quién amo. A ese bloque de hielo lo odio. Si no fuera por él, hace cuatro años vos y yo ya estaríamos juntos.
Tomás se quedó callado.
Cuatro años atrás, después de romper el compromiso con Lara, él había convencido a sus padres de comprometerse con Candela. Sus padres siempre habían preferido a Candela, así que aceptaron casi sin pensar. Solo faltaba que su abuela también la aprobara.
Pero el plan cambió.
Él y sus padres volvieron a casa sin haber terminado de convencer a la abuela cuando Candela lo llamó llorando. Le dijo que no podían estar juntos. Él preguntó por qué, ella no quería decirlo, y al final, después de insistirle, se lo contó entre sollozos.
Según ella, la noche anterior, cuando Candela y Lara habían festejado el cumpleaños en un hotel, se cruzaron con Sebastián Ferrer, presidente del Grupo Ferrer. Ella no le dio importancia. Pero al día siguiente, apenas Tomás y sus padres se fueron, Nicolás Ferrer apareció en la casa. Dijo que su hermano se había fijado en Candela y la llevó por la fuerza a la familia Ferrer.
Las familias de ambos eran negocios pequeños. No podían enfrentarse a los Ferrer.
—Tomás, no quiero arrastrarte a esto. Olvidame —le había dicho.
Tomás sintió entonces que se le enfriaba medio cuerpo.
Su familia había crecido justamente por tener cierta relación con los Ferrer. Nadie sabía mejor que él lo que ese apellido significaba. Candela tenía razón. No podían pelear con ellos.
Ni siquiera podían permitirse ofenderlos.
Sus padres, al enterarse, también le aconsejaron abandonar esa relación. Por más dolor que sintiera, no le quedó otra.
Creyó que él y Candela no estaban destinados.
Pero unos días después ella volvió a buscarlo.
Le dijo que, aunque había pasado esos días en la casa Ferrer, en su corazón solo estaba él. Que había protegido su pureza con todas sus fuerzas. Que Sebastián la quería mucho, y que si había podido volver a casa era solo porque había suplicado. No podría quedarse muchos días. Sebastián la mandaría a buscar otra vez.
Y cuando regresara, no sabía qué podía pasar.
Así que, antes de que pasara cualquier cosa, quería entregarle su primera vez al hombre que amaba.
Tomás la abrazó, conmovido hasta quedarse sin palabras.
Esa noche cruzaron el límite y estuvieron juntos.
Después, unos días más tarde, Candela volvió a la casa Ferrer.
Él sufrió. Cada vez que imaginaba a la mujer que amaba en brazos de otro hombre, odiaba su propia impotencia y odiaba a Sebastián por haberle arrebatado a Candela.
Por suerte, Candela siempre lo había amado a él.
Durante esos cuatro años se comunicaron a escondidas. Lo hicieron con cuidado y nadie descubrió su relación.
—Candela, ¿cuándo vas a poder volver conmigo?
—Yo también quiero.
La actuación de Candela en la vida real era mucho mejor que en el set. Las lágrimas le salieron enseguida, prendidas de las pestañas.
—Pero Sebastián es demasiado dominante. Aunque ya no me quiera, fui su mujer y soy la madre de su hijo. ¿Cómo va a quedarse mirando mientras me voy con otro?
Tomás tembló de rabia.
—¿Ese hombre tiene algo de razón? Cuando le gustabas, te llevó a la fuerza. Cuando dejó de quererte, te tiró como si nada y sacó un comunicado para despegarse. ¿Y aun así no quiere dejarte libre? ¿Pretende encerrarte toda la vida?
—Tomás, esperá un poco más.
—Ya esperé cuatro años.
Las lágrimas de Candela cayeron.
—Por vos renuncié a la riqueza y al lugar que podía tener. Cuatro años mantuve mi corazón intacto. Hacelo por mí, esperá un poco más. Voy a encontrar la forma de librarme de Sebastián. Pero acaba de aclarar nuestra relación. Si enseguida aparezco con vos, va a sospechar que lo nuestro viene desde antes. Lo que me haga a mí no importa. Tengo miedo de que te arrastre a vos.
Tomás se quedó en silencio.
Candela levantó la cabeza y cambió de tema en el momento justo.
—Tomás, lo que te pedí la otra vez... ¿lo pensaste?
Él la miró.
—Confiás bastante en mí.
—Confío en vos y en nuestro amor.
Candela sacó el celular y le mostró una foto que ya tenía preparada.
—Es ella.
Tomás se quedó quieto.
La mujer de la foto era la misma con la que se había cruzado abajo.
—¿Sospechás que es Lara?
entonces no es la madre de Sebastián
ahora o nunca !!!
pero un poquito más y sacan a la diabla que lleva por dentro /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
deja de meterme relleno a la historia y empieza a acomodar las cosas entre Sebastian y Lara, 60 capítulos y no avanzan
busquen ...rápido