A pocos días de su boda, Valentina descubre que su hermana está embarazada de su prometido y que su familia apoyaba esa infidelidad. Valentina no lloro, no grito, no reclamo, solo hizo las maletas y salió de esa casa donde siempre ha sido la que sobra.
Pero justo cuando ella creía estar sola, aparece en su vida Mateo Alcázar, el hermano mayor de su ex prometido. Mateo siempre llega en el momento justo cuando ella necesita respaldo y para poder protegerla de todo lo que está por venir, Mateo le pide que se case con él, así estará bajo su protección y nadie podrá volver a humillarla.
¿Aceptara Valentina la propuesta? ¿Por qué Mateo está dispuesto a protegerla?
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Capítulo 5
Capítulo 5
A la mañana siguiente mi nombre volvió a estar en internet.
No sé quién había filtrado una foto de la cena. Yo de pie, mi papá agarrándome el brazo, Mateo entrando al restaurante.
El título era una porquería:
“Valentina Rivas, entre el escándalo familiar y la protección de Mateo Alcázar”.
Protección.
Odié esa palabra.
La leí cinco veces igual.
Blanca me llamó antes de que pudiera romper el teléfono.
—Decime que estás bien.
—Estoy divina. Me subastaron en Recoleta y ahora soy tendencia. Un miércoles normal.
—Valen.
—No estoy bien.
Escucharme decirlo me dio rabia. También alivio.
Blanca suspiró.
—Voy para allá.
—No.
—Sí.
—Tengo que ir a la galería.
—Entonces voy a la galería.
Cortó.
A veces la quería matar. A veces era la única razón por la que no me desarmaba.
En la galería no vendí nada. Ni siquiera abrí bien. Me quedé sentada en el escritorio mirando un lienzo en blanco, con el café enfriándose al lado.
Bruno apareció al mediodía con un sobre.
—El señor Alcázar le envía esto.
—¿No sabe mandar WhatsApp?
—Sabe. Pero supuso que lo bloquearía.
No pude discutir eso.
Adentro había una invitación a una cena de beneficencia esa misma noche. También una nota escrita a mano.
“Si van a inventar una historia, mejor que al menos te vean elegir dónde sentarte”.
Qué hombre insoportable.
Lo llamé.
—No voy.
—Buen día, Valentina.
—No me cambies el tema.
—No era un tema. Era educación.
—No voy a tu cena.
—No es mi cena.
—Peor. Entonces ni siquiera tenés excusa.
—Van a hablar de vos aunque no vayas.
—Que hablen.
—Si no aparecés, van a decidir por vos.
Me quedé callada.
Odié que supiera dónde pegar.
—No voy a ir como tu... no sé qué.
—Como mi invitada.
—Eso suena a amante cara.
—Suena a mujer que camina conmigo porque quiere.
—¿Y si no quiero?
—Entonces no vayas.
Esa respuesta me descolocó.
—¿Así de fácil?
—No. Pero no voy a arrastrarte.
No sabía qué hacer con Mateo cuando no daba órdenes. Me irritaba más.
Fui.
Obvio que fui.
Me puse un vestido azul oscuro. Nada de brillos, nada de escote exagerado. Si iban a mirarme, que se esforzaran.
Mateo me esperaba abajo.
Me miró cuando subí al auto.
—Estás hermosa.
—No empieces.
—No empecé. Contesté algo que pensé.
—No te pregunté.
—Lo sé.
Me acomodé el cinturón con más fuerza de la necesaria.
—Sos irritante.
—Me lo dicen seguido.
—Seguro lo disfrutás.
—Depende de quién lo diga.
No contesté. No iba a darle el gusto de sonrojarme.
La cena era en Puerto Madero, en un salón lleno de empresarios, políticos, esposas con sonrisas perfectas y periodistas que fingían estar ahí por la beneficencia.
Apenas entramos, sentí las miradas.
Mateo me ofreció el brazo.
—Puedo caminar sola.
—Lo sé.
—Entonces...
—Pero si caminás conmigo, van a tener menos valor para decir estupideces cerca.
Lo miré.
—Eso fue casi considerado.
—Estoy practicando.
Tomé su brazo.
La mano me tembló apenas. Él lo notó, pero no dijo nada.
Gracias a Dios.
Nos sentamos en una mesa demasiado visible. Sonia estaba dos mesas más allá. Federico y Camila también. Camila usaba rojo, porque claro, discreción nunca fue lo suyo.
Al segundo plato apareció al lado mío.
—Qué lindo vestido —dijo.
—Gracias.
—Muy sobrio.
—Vos compensás por las dos.
Su sonrisa se endureció.
—No te acostumbres a esto, Valentina.
—¿A cenar?
—A estar al lado de Mateo. Él se aburre rápido.
Me dolió.
Qué bronca que me doliera.
—Entonces relájate. Si se aburre tan rápido, ¿por qué estás tan nerviosa?
Camila miró a Mateo.
—Solo quiero evitar que mi hermana vuelva a quedar en ridículo.
Mateo dejó los cubiertos.
—Qué tarde te agarró el cariño fraternal.
Camila se puso pálida.
—No quise...
—Sí quisiste. Te salió mal.
Se fue con los ojos brillantes. No sé si de lágrimas o de odio. Con Camila siempre era difícil.
Más tarde, un empresario amigo de mi padre se acercó.
—Señor Alcázar, veo que está acompañado.
—Tiene buena vista.
El hombre rio incómodo.
—La señorita Rivas ha sido bastante mencionada estos días.
Mateo apoyó una mano en el respaldo de mi silla.
—Entonces elija con cuidado la próxima frase.
El hombre tragó saliva.
—Por supuesto.
Cuando se fue, me incliné hacia Mateo.
—No soy una granada.
—No.
—Entonces no actúes como si fueras a explotar a cualquiera que se acerque.
—No exploto a cualquiera.
—Ah, qué alivio.
—Solo a los que lo merecen.
Me reí. No pude evitarlo.
Mateo me miró como si ese sonido le hubiera interesado demasiado.
—No me mires así —dije.
—¿Así cómo?
—Como si hubieras ganado algo.
—¿Y gané?
No respondí.
Él tampoco insistió.
Después del brindis, me llevó a una terraza lateral. Yo necesitaba aire, aunque no se lo había dicho.
—¿Siempre sabés lo que la gente necesita? —pregunté.
—No. Con vos presto atención.
Eso fue demasiado.
—Mateo, ¿qué querés?
—Casarme con vos.
Solté una risa horrible.
—¿Qué?
—Casarme con vos.
Lo dijo igual. Tranquilo. Como si no acabara de decir una locura.
—Estás enfermo.
—No.
—Nos conocemos hace días.
—Vos me conocés hace días.
Sentí frío.
—No me gusta esa frase.
—Lo sé.
—Entonces explícala.
Mateo se acercó apenas.
—Tu familia te puso en venta anoche. La mía va a intentar usarte como daño colateral. Federico ya empezó a arrepentirse porque otro hombre te miró en público. Camila va a ponerse peor. Necesitás un lugar donde nadie pueda tocarte sin pagar caro.
—Eso no es matrimonio. Es guardaespaldas con libreta.
—También.
—¿También?
—No voy a fingir que no me interesás.
Me quedé sin palabras.
Él miró hacia el salón, donde Camila nos observaba con los ojos llenos de veneno.
—Pensalo —dijo.
—No.
—Pensalo igual.
Quise decirle que nunca.
No me salió.
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Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.
Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.