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Contrato secreto con mi jefe posesivo

Contrato secreto con mi jefe posesivo

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:5.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Graciela Navarro llegó a Italia con dos maletas y una sola oportunidad de cambiar su vida. De día, lucha por convertir sus prácticas en una prestigiosa escudería de Fórmula 1 en el trabajo de sus sueños. De noche, entrega el control a C, un desconocido detrás de la pantalla que conoce sus límites, calma sus miedos y despierta deseos que nunca se atrevió a nombrar.
Román Cattaneo, el nuevo director del equipo, es frío, exigente e imposible de complacer. Grace debería mantener la distancia. El problema es que su voz, sus órdenes y la seguridad que le inspira se parecen demasiado a las de C.
Cuando la identidad detrás de aquella inicial salga a la luz, Grace tendrá que decidir si puede amar al hombre real con la misma intensidad con la que aprendió a confiar en su secreto. Entre circuitos, escándalos familiares y una pasión capaz de cruzar todas sus fronteras, ambos descubrirán que llegar a la meta no sirve de nada si no tienen el valor de hacerlo juntos.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9

El hombre de sus fantasías

El padre de Grace jamás pedía perdón.

En la familia profundamente tradicional donde ella creció, él era el dios de una pequeña fortaleza.

Todo quedaba bajo su autoridad. Todo debía permanecer bajo su control.

Nunca reconocía un error ni permitía que alguien descubriera sus puntos débiles.

Sin embargo, al llegar a la edad adulta, Grace dejó de considerar que su padre fuera un hombre fuerte.

Le parecía, por el contrario, terriblemente frágil.

Soportaba humillaciones y dificultades fuera de casa, y después descargaba su mal humor sobre su esposa y sus hijos. Cuando malinterpretaba algo que ellos habían dicho, siempre daba por terminada la discusión con la misma pregunta:

—¿Ahora resulta que quieres que te pida perdón?

Los hijos no tenían más opción que tragarse el agravio y la rabia. Las espinas apuntaban hacia dentro y se les clavaban al pasar.

Pero esas emociones no desaparecían.

Para Grace, eso no era fortaleza.

Ser fuerte significaba no temer que los demás vieran tus debilidades, atreverse a mirar una herida abierta y enfrentar siempre el origen del problema.

No esconderlo.

El último mensaje de C permaneció largo rato en la pantalla.

En momentos como aquel, Grace no podía evitar pensar en Cattaneo.

Recordó su voz diciendo: «My bad, Grace».

Su apellido también empezaba con C. Pero esa misma tarde había confirmado que Cattaneo no hablaba español.

Así que empezó a preguntarse de nuevo quién podía ser el hombre detrás de la pantalla.

Él dijo que la había visto en la vida real.

Grace ordenó las pistas: era un hombre, hablaba español, su nombre o apellido contenía una C, vivía o pasaba tiempo en Italia, tenía una personalidad serena y comprendía aquella clase de relación sin burlarse ni invadir su privacidad.

La voz no era una pista del todo confiable. Al atravesar un dispositivo electrónico, siempre cambiaba un poco.

Repasó rápidamente a todos los hombres que conocía.

En el pit crew estaba Leo Castillo, un mexicano que llevaba años en Italia. Chris Costa, el estudiante que trabajaba los fines de semana en la cafetería, tenía una C tanto en el nombre como en el apellido. Entre sus antiguos compañeros de posgrado también había varios hispanohablantes.

Sabía que buscar de esa manera era como intentar encontrar una aguja en un pajar.

C: ¿Ya encontraste a alguien que coincida con tus sospechas?

El mensaje llegó justo entonces.

Grace: No.

C: ¿Mi explicación resolvió tus dudas?

Grace: Sí. Creo en lo que me dijo.

C: Entonces, ¿el malentendido entre nosotros está resuelto?

Grace: Sí.

Él había sido sincero. Se lo había explicado todo con claridad.

El calor empezó a extenderse detrás de las orejas de Grace.

Grace: Lo siento. No debí tratar de averiguar quién es.

C: Enciende la cámara, Grace.

Su corazón omitió un latido.

Grace se levantó de la silla de un salto e inició la videollamada.

Aunque quizá ella no era la única nerviosa.

Que C admitiera haber perdido el control al imaginarla también era una forma de reconocimiento.

No era la única que se sentía satisfecha con aquella elección.

Pero antes de que sus pensamientos pudieran volar demasiado lejos, la voz de C salió del teléfono.

—Grace, baja la cámara.

Solo entonces descubrió que el encuadre alcanzaba a mostrarle la barbilla.

Estaba un poco emocionada.

—Sí.

Inclinó el teléfono hasta que la cámara enfocó el camisón blanco que llevaba esa noche.

La tela holgada no intentaba delinear ninguna curva ni provocar ninguna clase de atracción. Por eso su expectativa y aquella alegría casi infantil parecían aún más evidentes.

No era su primera videollamada. Sin embargo, después de discutir y reconciliarse, todo se sentía distinto.

El corazón le golpeaba con fuerza.

Grace sabía por qué.

Él la había visto en la vida real y ella no tenía idea de quién era.

Podía tratarse de cualquiera de los hombres con los que se había cruzado. Quizá solo se vieron una vez. Quizá eran mucho más cercanos de lo que ella imaginaba.

En la vida cotidiana, Grace era una mujer que medía sus palabras y jamás traspasaba los límites.

En internet, en cambio, le había descrito fantasías que otra persona podría considerar indecentes.

No debía pensar en eso.

Y, aun así, la sensación de estar haciendo algo prohibido resultaba irresistible.

¿Los ojos que la observaban desde aquella pantalla también la habían mirado así durante el día?

Como si atravesaran su abrigo y su ropa interior para encontrar sus pensamientos desnudos, sin ninguna defensa.

Grace fijó la vista en el pequeño rectángulo negro de la pantalla.

—¿Cómo te sentiste después de contarme tu fantasía la última vez? —preguntó C.

Ella lo pensó con cuidado.

—Me sentí… más tranquila.

—En tu imaginación, tu jefe se volvió alguien cercano y eso redujo la presión que te provoca. ¿Es correcto?

Grace asintió.

—Sí.

—¿En realidad quieres que sea tu novio?

—No. No quiero eso.

Su voz se elevó de golpe y se apresuró a explicarse:

—Como le dije la otra vez, él solo disfruta estar conmigo. No es amor. No somos pareja.

—¿No quieres imaginarlo o no te atreves?

Grace bajó la mirada.

Permaneció en silencio algunos segundos.

—No se puede reír de mí. Yo… no me atrevo.

El tono de C no cambió.

—No voy a reírme. Una Grace sincera tiene más valor que una Grace que miente. Todos tenemos cosas que no nos atrevemos a hacer, pero no todos poseen el valor de reconocerlo como tú.

Con cada palabra, la espalda de Grace se enderezó un poco más.

¿Cómo lo conseguía?

Había transformado su miedo en una demostración de valor.

Ella no pudo contener la sonrisa.

—¿Has tenido otras fantasías últimamente? —preguntó C.

Grace miró el cuadro negro de la llamada y respondió sin reservas:

—La más reciente fue hace unos minutos. Estaba pensando en… su pérdida de control.

—¿Tengo una apariencia concreta en tu mente?

—No. No sé cómo es usted en realidad.

—Nunca nos conoceremos en persona. Puedes darme en tu imaginación el aspecto que prefieras. No me molestará.

La respiración de Grace se hizo más lenta.

Tenía permiso para darle una forma.

Un traje negro apareció en su mente.

Después, unos dedos largos y fuertes. Si llegaran a tocarla, seguramente le robarían el aire.

Le resultó casi imposible detener la fantasía.

Cuando abrió de nuevo los labios, la boca se le había secado. El aire que inhaló se sintió frío.

—Entonces quiero que sea… Cattaneo.

—¿Quién es Cattaneo?

Los pensamientos de Grace se separaron de su cuerpo.

Si él no conocía a Cattaneo, quizá no trabajaba en la escudería.

Un segundo después, C volvió a hablar.

—Concéntrate en mi pregunta, Grace.

La orden la devolvió al presente.

—Perdón.

El cuadro negro parecía ahora todavía más misterioso.

¿Y si él se encontraba, de algún modo, dentro de su habitación? ¿Si estaba tan cerca que bastaba con alargar la mano?

¿Tal vez también había dirigido la cámara hacia sí mismo? Si Grace acercaba el rostro a la pantalla y miraba con suficiente atención, ¿alcanzaría a distinguirlo escondido entre las sombras?

La conversación se acercaba a una parte más auténtica de ella.

Y la empujaba hacia un lugar más peligroso.

—Buena chica. Ahora responde lo que te pregunté.

¿Quién era Cattaneo?

Grace vaciló.

No sabía si debía contárselo todo.

Pero desechó la duda enseguida.

C había sido sincero con ella porque esperaba recibir la misma honestidad a cambio.

—Cattaneo es mi jefe.

—¿Es el hombre que te provoca tanta presión?

—Sí.

—¿También era el hombre de tu fantasía?

—Sí.

—Entonces, cuando perdí el control la última vez, ¿en realidad hice lo que tú deseabas?

Grace abrió la boca, pero no respondió de inmediato.

—Dicho de otra forma —continuó C—, ¿quieres que yo sea el hombre que te acaricia y te besa en tus fantasías?

La razón de Grace apenas consiguió resistir.

¿Cómo podía avanzar tan deprisa con unas cuantas preguntas sencillas hasta dejar sus verdaderos deseos completamente expuestos?

—Sí —admitió.

La voz le tembló. Su pecho subía y bajaba un poco más rápido para alimentar de oxígeno los pensamientos.

—Pero no tengo ninguna intención de obligarlo a conocerme en persona ni de…

—Me gusta, Grace.

No había vacilación ni desagrado en su voz.

Había dicho que le gustaba.

Grace sintió que aquella fuerza oscura volvía a recibirla antes de que cayera.

A su lado estaba completamente a salvo.

—Solo es una fantasía —dijo C—. No necesitas ponerte tan nerviosa. ¿Por qué quieres que tenga el aspecto de Cattaneo?

—Porque… se parece a usted.

—¿En qué?

—En lo que me hace sentir. Él me controla y también es paciente conmigo. Igual que usted.

—Verlo te provoca mucha presión, ¿verdad?

—Sí. Por una parte, me aterra que no esté satisfecho con mi trabajo. Por otra… tengo que contener las ganas de mirarlo a los ojos. Me asusta estar a solas con él.

—Eres una mujer que se esfuerza mucho en su trabajo. Estoy seguro de que no tratará con dureza a una empleada responsable.

—¿Cómo sabe qué clase de persona soy?

—Te conozco.

Grace recordó de inmediato lo que C acababa de confesar.

—Es verdad. Usted me conoce. Pero ¿cómo sabe qué clase de hombre es Cattaneo?

—Dijiste que se parece a mí. Yo no trataría así a alguien que trabaja con seriedad. Supongo que él tampoco.

La voz de C atravesó el dispositivo frío.

Grace la sintió como una mano cálida que le acariciaba el cabello.

Una vez más, él la había sostenido.

—Entonces, ¿qué cree que debería hacer?

Hubo un momento de silencio al otro lado.

—Buena chica —dijo C—. Si te asusta tanto estar a solas con Cattaneo, busca una oportunidad para invitarlo a tomar café en tu casa.

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