Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.
NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12
...Valentina...
Diego Torres Medina no era un hombre sutil.
Al día siguiente del incidente, recibí tres mensajes suyos antes de las ocho de la mañana:
«¿Dormiste bien? ¿Sola? ¿En tu cuarto?»
«Andrea dice que exagero. No exagero.»
«Si ese tipo hace algo raro, gritas. Estoy A TRES METROS.»
Le respondí con un emoji de corazón. Me bloqueó cinco minutos. Después me desbloqueó para mandarme otro mensaje:
«Te quiero, idiota. Pero estoy vigilando.»
Ese fin de semana, Diego se plantó en el 301 con la firme intención de monitorear mis movimientos como un agente de seguridad privada. Andrea hacía lo posible por distraerlo —«Cielo, ven a ver esta serie», «Cielo, necesito que armes el estante»—, pero cada vez que escuchaba la puerta del 302 abrirse, Diego asomaba la cabeza al pasillo.
El lunes, cuando ya se había calmado lo suficiente para dejar de vigilar cada respiración, me llamó al trabajo.
—Oye, Vale.
—¿Qué?
—¿Él… te trata bien? ¿De verdad?
La pregunta me sorprendió por su suavidad. No era el Diego que gritaba. Era el Diego que se preocupaba.
—Sí, hermano. De verdad.
Silencio.
—Bueno. Entonces… bien. Pero le dije a Andrea que si algún día te veo llorar por él, se acaba todo.
—Diego…
—Y otra cosa. —Tosió—. Dile que los puntos de piloncillo estaban buenos. No le digas que me los comí todos. Dile que me comí uno.
Me reí tan fuerte que Natalia me miró desde su escritorio con la ceja levantada.
Esa tarde, Martín preparó más puntos de piloncillo «por si tu hermano quiere». Los dejó empacados con una nota: «Para el vecino del 301. Sin compromiso.»
Diego se los comió en veinte minutos. Después mandó un mensaje al grupo familiar:
«El tipo que vive con mi hermana cocina mejor que yo. No me gusta pero es la verdad.»
Mamá respondió: «¿¿¿QUÉ TIPO??? ¿¿¿QUÉ HERMANA??? ¿¿¿VIVE CON QUIÉN???»
Diego: «Pregúntale a Vale.»
Mi celular explotó.
Diecisiete llamadas perdidas de mamá en una hora. Catorce mensajes de texto. Tres notas de voz que sonaban como una telenovela comprimida en treinta segundos.
Logré calmarla con medias verdades: «Es un compañero de departamento temporal, mamá. Ex profesor. Muy respetuoso. No, no estamos saliendo. Sí, cocina. Sí, muy bien. No, mamá, no me va a raptar.»
Mamá no quedó convencida. Pero al menos dejó de llamar cada cinco minutos.
Y entonces, esa noche, llegó el mensaje que lo complicó todo.
El abuelo Emilio.
«Valentina, mi niña. Tu hermano me contó. Ven a verme el sábado. Tengo algo que hablar contigo.»
Se me heló la sangre.
Si Diego era fuego, el abuelo Emilio era agua profunda. No gritaba, no se alteraba, no amenazaba. Simplemente te miraba con esos ojos que habían visto setenta años de vida y te hacía sentir como si pudiera leer cada secreto que guardabas en el fondo del alma.
El abuelo sabía.
Diego le había contado.
Y ahora quería «hablar».
Cerré los ojos. Respiré hondo. Y pensé: si logro sobrevivir al abuelo, puedo sobrevivir a cualquier cosa.
...Martín...
Mientras ella hablaba por teléfono con su madre —podía escuchar fragmentos desde la cocina: «No, mamá, no es así», «Sí, mamá, el desayuno es muy bueno»—, yo preparaba una bandeja de dulces con la receta que encontré en el cuaderno de su abuelo.
Dulces de piloncillo con canela. Los favoritos de la señora Carmen Medina.
No era manipulación. Era estrategia. La misma estrategia que un buen ensayo académico requiere: conocer a tu audiencia, anticipar sus objeciones, presentar tu argumento con evidencia.
Ella colgó. Se dejó caer en el sofá con un gemido.
—Mi mamá cree que me secuestró un profesor. Mi hermano me vigila desde enfrente. Y mi abuelo quiere «hablar conmigo» el sábado. —Me miró—. ¿Algo más que pueda salir mal?
—¿Quieres que prepare algo para llevarle a tu abuelo?
Se quedó mirándome.
—¿Usted no le tiene miedo a nada?
—Le tengo miedo a muchas cosas —dije, guardando los dulces en un recipiente—. Pero no a las personas que te quieren bien. Porque su miedo viene del amor, y contra eso no hay que luchar. Hay que demostrar.
Ella no respondió. Pero sus ojos se llenaron de algo que se parecía mucho a la esperanza.
El sábado llegaría pronto. Y con él, el abuelo.
El abuelo no era un hombre al que se pudiera impresionar con títulos académicos ni con palabras elegantes. Era un herbolario con setenta años de experiencia en leer a las personas como si fueran textos abiertos.
Pero yo también llevo cuatro años estudiando a su nieta. Cada gesto. Cada sonrisa. Cada herida que intentó esconder.
Si el abuelo quería saber quién soy, estaba listo para mostrárselo.
—————————————————————————————————