Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.
Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.
Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.
Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.
Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.
Lo difícil es que el mundo no se entere.
"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."
NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
La frase la dejó clavada frente a la puerta.
Valentina no se volvió de inmediato. Siguió mirando el pasillo de Rectoría, donde una secretaria cargaba una charola con café y dos estudiantes esperaban con carpetas contra el pecho, ajenos a que a ella se le acababa de abrir una grieta vieja bajo los pies.
—Pero te fuiste —dijo al fin.
Andrés no respondió.
Ese silencio le dolió más que cualquier explicación.
Valentina apretó la carpeta de permisos contra el cuerpo. Tenía sueño, la muñeca marcada por la pulsera del hospital y la blusa arrugada por una noche sentada junto a la cama de Abuela Carmen. No estaba en condiciones de pelear con un fantasma. Mucho menos con uno que había aprendido a usar traje caro, perfume discreto y una culpa bien peinada.
—Tengo que volver al hospital.
—Vi la pulsera —dijo él—. ¿Tu abuela?
La pregunta fue suave. Demasiado. Antes, Andrés había sabido hablarle así: como si la dureza del mundo pudiera bajarse de volumen solo porque él se acercaba.
—Está estable.
—Puedo conseguir un cardiólogo. Mi familia trabaja con varios hospitales privados.
Valentina soltó una risa seca.
—Claro. Tu familia.
Andrés bajó la mirada.
—No lo dije así.
—Siempre lo dijiste así, Andrés. Con buenas intenciones. Con contactos. Con una puerta abierta que yo tenía que agradecer aunque me humillara entrar por ahí.
Él pasó una mano por la nuca. La seguridad pulida que traía desde el despacho del rector se le fracturó apenas.
—Dame diez minutos.
—No.
—Vale.
—No me digas así.
El golpe le llegó. Se le notó en la mandíbula, en los dedos cerrándose alrededor del portafolio.
—Perdón.
Valentina vio pasar al Rector Sandoval al fondo del pasillo. El rector saludó a Andrés con una inclinación cordial y a ella con ese gesto de autoridad que recordaba papeles pendientes. Si alguien se detenía, si alguien escuchaba el tono equivocado, al día siguiente habría chisme en la Facultad de Lenguas. "La profesora Solís discutiendo con el empresario del convenio". "La becaria que se enreda con los poderosos". "Otra vez ella cerca de un apellido grande".
El estómago se le cerró.
—Cinco minutos —aceptó—. Afuera. Donde nadie tenga que fingir que no oye.
Salieron por el corredor lateral hacia el patio de jacarandas. La mañana estaba clara, casi insolente. Había estudiantes sentados en las bardas bajas, comiendo tortas envueltas en servilletas, revisando el celular antes de clase. Valentina eligió una esquina junto al muro de avisos, lejos de las bancas.
Andrés se quedó de pie frente a ella, sin invadirle el espacio.
—No dejé de quererte —repitió.
—Eso no mejora nada.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Si lo supieras, no vendrías después de años a soltarme esa frase en el peor día posible.
Él tragó saliva.
—Me enteré de que trabajabas aquí por el anexo del convenio. Cuando vi tu nombre pensé que era una coincidencia. Luego te vi en la oficina y...
—Y decidiste que mi vida estaba en pausa, esperando a que tú terminaras de ordenar la tuya.
—No.
—Sí.
La palabra salió baja, pero firme.
Andrés abrió la boca. Valentina levantó una mano.
—Yo también recuerdo, ¿sabes? No necesito tu versión editada.
Y el patio de la USV se le deshizo por un segundo.
Volvió a estar en Ciudad de México, en una mesa de la biblioteca de la Universidad Nacional, con un café de máquina que sabía a cartón y una libreta llena de notas de traducción. Andrés tenía veinte años y algo, camisa arremangada, el cabello un poco desordenado y esa seguridad de muchacho rico que todavía no sabía que la seguridad era un lujo. Le llevaba conchas de la panadería de la esquina porque ella se saltaba comidas para pagar fotocopias. Se sentaba a su lado mientras ella subrayaba teoría lingüística y fingía estudiar, aunque en realidad la miraba.
"Tú no traduces palabras", le dijo una tarde, jugando con su pluma. "Tú encuentras dónde se rompió una frase y la vuelves a unir."
Valentina se había reído. Tenía veintiún años, dos becas encima, una habitación compartida con otra estudiante de Oaxaca y una abuela que le mandaba sobres con quinientos pesos escondidos entre estampitas de santos. Andrés la hacía sentir vista sin que ella tuviera que pedir permiso.
Por eso dolió tanto cuando la llevó a comer con su familia.
No fue una cena escandalosa. Nadie le gritó. Nadie aventó una copa. Habría sido más fácil odiarlos si hubieran sido vulgares.
Fue peor.
Fue una mesa larga en un club privado, cubiertos alineados como examen, mujeres con perlas pequeñas y hombres que hablaban de fusiones como si hablaran del clima. La madre de Andrés la miró de arriba abajo una sola vez, con una sonrisa educada.
"¿Y tus papás a qué se dedican, Valentina?"
Ella contestó la verdad. Que sus padres estaban divorciados. Que vivían en Villa Esperanza. Que la había criado su abuela Carmen, maestra jubilada.
"Qué admirable", dijo una tía de Andrés, y la palabra cayó sobre el mantel como una propina.
Después vino lo demás, sin necesidad de insultos. Que Andrés estaba en una etapa de rebeldía bonita. Que las becas eran excelentes para formar carácter. Que una muchacha tan esforzada debía concentrarse en su carrera. Que las historias de universidad no siempre cabían en la vida adulta.
Al final de la comida, mientras Andrés hablaba con su padre junto a la entrada, su madre alcanzó a Valentina en el vestíbulo.
"Mi hijo se encariña con facilidad", le dijo, acomodándose el broche del saco. "Pero su vida tiene compromisos que usted no conoce. No tome un gesto juvenil como promesa."
Valentina recordó todavía el frío del mármol bajo sus tacones prestados.
"Yo no le pedí ninguna promesa", respondió.
La mujer sonrió, casi con lástima.
"Entonces es más inteligente de lo que parece."
Andrés no la defendió esa tarde. No porque no entendiera. Valentina lo vio entender. Lo vio acercarse, escuchar la última frase y quedarse quieto, pálido, con la mano cerrada al costado. Luego, en la calle, le pidió tiempo.
"Solo déjame arreglar esto en casa."
"¿Arreglar qué?"
"Que te acepten."
Ahí debió terminar todo. Pero a veces una se queda un poco más donde todavía hay amor, aunque el amor venga con recibos que no puede pagar.
Se quedaron tres meses en un limbo de llamadas cortadas, salidas discretas y promesas a medias. Andrés ya no la llevaba a lugares donde pudieran verlos sus conocidos. Le decía que era temporal. Que su padre estaba presionándolo con una posición en la empresa. Que su madre no entendía. Que si ella aguantaba un poco, él iba a plantarse.
Valentina aguantó hasta el día en que recibió un sobre en la residencia universitaria.
No tenía firma. Solo una tarjeta de presentación de Castellano Infraestructura y una oferta de "apoyo" para una estancia académica en el extranjero, condicionada a que ella dejara de "generar ruido" alrededor de Andrés.
Ella llevó el sobre al departamento donde él vivía.
Andrés no negó saberlo.
Ese fue el final.
No hubo gritos. Valentina dejó la tarjeta sobre la mesa de su sala y dijo:
"No soy un problema administrativo."
Él lloró. Ella también, pero en el taxi, no delante de él.
En el patio de la USV, Valentina volvió a respirar con dificultad.
—Tu madre me ofreció comprar mi salida de tu vida —dijo—. Y tú lo supiste.
Andrés cerró los ojos.
—Lo supe tarde.
—Pero lo supiste.
—Sí.
La honestidad no la alivió. Solo confirmó que no había inventado nada durante esos años para proteger su orgullo.
—Yo tenía veintidós años —continuó ella—. Estaba sola en una ciudad que me tragaba viva, trabajando, estudiando, mandándole mensajes a mi abuela para decirle que todo estaba bien aunque no lo estuviera. Y tu familia me enseñó una palabra sin decirla.
—Valentina...
—Trepadora.
Él abrió los ojos.
—Yo nunca te llamé así.
—No hacía falta. Dejaste que la palabra caminara conmigo.
Un grupo de alumnos pasó riéndose cerca. Uno saludó:
—¡Profe Vale!
Valentina giró la cabeza de inmediato y sonrió con el automático de quien no puede quebrarse frente a sus estudiantes.
—Nos vemos en clase el lunes, Fer.
Cuando los muchachos se alejaron, la sonrisa se le borró de la cara.
—Esa es mi vida ahora, Andrés. Mis alumnos. Mi trabajo. Mi abuela en una cama de hospital. Mi nombre limpio, ganado a pulso, porque sé exactamente lo rápido que una mujer sin apellido conveniente se vuelve sospechosa si la ven cerca de hombres con poder.
El celular vibró en su mano.
Valentina miró la pantalla.
Sebastián: "El cardiólogo ya pasó. Carmen está estable. Preguntó por ti y se enojó porque no has desayunado."
El aire le entró de golpe al pecho. Sin pensarlo, puso el pulgar sobre la pantalla como si pudiera tocar el cuarto del hospital desde ahí.
Andrés bajó la mirada al celular. Alcanzó a leer el nombre antes de que ella lo bloqueara.
—¿Sebastián? —preguntó.
Valentina guardó el teléfono en la bolsa.
—No es asunto tuyo.
La respuesta fue más rápida de lo prudente.
Andrés la estudió. No con celos todavía, sino con esa inteligencia peligrosa de quien acababa de encontrar una pieza fuera de lugar.
—¿Montero?
—Te quedan dos minutos.
—Castellano Infraestructura tiene un convenio con Grupo Montero. Conozco el nombre.
—Qué bueno por tu agenda de contactos.
Él dio un paso atrás, como si entendiera que insistir ahí era perder lo poco que ella le había concedido.
—No vine a juzgarte.
—Nadie viene nunca a juzgarme. Solo preguntan, ofrecen, recomiendan, comentan. Luego una termina explicando por qué está donde está.
Andrés se quitó el saco y lo dobló sobre el brazo, aunque no hacía calor suficiente para justificarlo. Era un gesto nervioso, antiguo. Lo hacía en la universidad antes de confesar que no había leído el texto completo y necesitaba que ella lo salvara en seminario.
—Mi madre murió hace dos años —dijo.
Valentina no esperaba eso.
La ira no desapareció, pero se quedó quieta.
—Lo siento.
—Gracias. Mi padre se retiró de casi todo. Yo tomé decisiones que debí tomar cuando estaba contigo. Salí de la casa familiar. Reorganicé la empresa. Dejé de pedir permiso para respirar.
—Me alegra por ti.
—No suena como si te alegrara.
—Me alegra de verdad. Pero tu crecimiento personal no me devuelve los años en que yo tuve que aprender a no sentir vergüenza de existir.
Andrés bajó la cabeza.
—Tienes razón.
Valentina miró la hora. Si salía ya, podía pasar por un café y llegar al hospital antes de que Carmen pidiera una explicación con voz de enferma y mirada de directora de secundaria.
—Tengo que irme.
—Déjame verte otra vez.
—No.
—Para disculparme bien.
—Esto fue tu disculpa.
—No. Esto fue el desastre que hice porque te vi y me ganó el miedo.
Valentina se colgó la bolsa al hombro.
—Andrés, yo no soy una deuda emocional que puedas venir a pagar cuando por fin tienes liquidez.
Él soltó el aire, golpeado por la frase.
—Sé que no merezco nada.
—Entonces empieza por respetar eso.
Dio dos pasos hacia el pasillo. Él no la tocó, pero su voz la alcanzó con una fuerza que le erizó la piel de los brazos.
—Nunca firmé nada con mi familia contra ti. Nunca acepté que te pagaran, ni que te mandaran lejos. Fui cobarde, sí. Pero no fui indiferente.
Valentina se detuvo.
—La cobardía también abandona.
—Lo sé.
—Y a veces abandona más limpio, porque encima obliga a la otra persona a entender.
Andrés tragó. Sus ojos estaban rojos, pero no lloró. Ya no era el muchacho que se quebraba en una sala rentada; era un hombre que había aprendido a sostener la vergüenza de pie.
—No espero que me perdones hoy.
—Bien.
—Ni que vuelvas conmigo porque aparecí con un traje y una explicación.
—Mejor.
Él dio una risa casi sin sonido.
—Sigues pegando donde duele.
—Aprendí de buena escuela.
El celular volvió a vibrar. Esta vez era Luciana.
"¿Sigues viva? Si el ex te secuestró emocionalmente, tose dos veces."
A Valentina se le escapó una respiración que casi fue risa. Andrés la vio, y en su cara pasó una sombra de ternura antigua que ella no le permitió instalarse.
Respondió rápido: "Viva. Voy al hospital. Te cuento luego."
Luego guardó el teléfono y lo miró de frente.
—No busques a mi abuela. No mandes médicos. No llames al rector para preguntar por mí. No conviertas mi vida en proyecto de reparación.
—De acuerdo.
—Y si el convenio con la USV implica que vamos a cruzarnos, vas a tratarme como profesora Solís delante de todos.
Andrés asintió despacio.
—Profesora Solís.
El título, en su boca, sonó como rendición y distancia. A Valentina le ayudó a mantenerse entera.
—Gracias.
—Pero cuando estemos solos...
—Cuando estemos solos, nada. No hay un "solos" para nosotros.
Él apretó los labios.
—¿Hay alguien más?
Valentina sostuvo la mirada. Pensó en Sebastián en la silla incómoda del hospital, en su saco doblado sobre el respaldo, en la manera en que había dejado que ella fuera la familia de Carmen sin competir por el lugar. Pensó en su voz diciendo "mi vida" cuando nadie podía oírlo. Pensó también en la regla que ella misma había puesto: afuera, desconocidos.
—Hay una vida que no te pertenece —respondió.
Andrés aceptó el golpe sin moverse.
Valentina caminó hacia la salida del patio. Cada paso le pesaba, no por duda, sino porque el pasado nunca se cerraba tan limpio como una puerta. Se iba cerrando a jalones, con los dedos temblando, con la garganta seca, con una parte de una misma todavía preguntando qué habría pasado si aquel hombre hubiera tenido valor cuando debía.
Antes de doblar hacia las escaleras, la voz de Andrés la alcanzó una última vez.
—Valentina.
Ella no se volvió.
—Cometí el error más grande de mi vida al dejarte ir.