En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 16
Había terminado una de las jornadas más intensas de mi vida en la oficina, cuando recibí una llamada que me hizo sentir que todo mi mundo se tambaleaba: mi madre había sufrido un desmayo y estaba siendo atendida de urgencia en el hospital. Sin pensarlo, tomé el auto y aceleré hacia allí, ignorando el tráfico, la fatiga y los papeles sin terminar que quedaban en mi escritorio.
Al llegar, encontré a mi padre en la sala de espera, pálido y preocupado. Me explicó con voz temblorosa todo lo sucedido: la negativa de parte de Flora a permitirles acercarse a Benjamín, y finalmente cómo Estela había terminado desmayada. Escucharlo me hizo comprender la magnitud del duelo de mis padres; habían perdido a su hijo menor, Leonardo, y ver a Benjamín les despertaba un anhelo que no podían controlar.
Comprendí entonces algo que me inquietó aún más: no solo estaban sufriendo por la pérdida, sino que la semejanza de ese niño con Leonardo debía ser increíble. Una idea empezó a formarse en mi mente, incomodándome: ¿y si Benjamín fuera, en realidad, el heredero de aquel recuerdo que tanto deseaban mantener vivo? Mi instinto me decía que debía proteger a ese niño más que nunca.
Mientras lidiaba con esos pensamientos. No quería exponerse ni confrontar la situación directamente, pero había decidido tomar medidas: había ordenado al mayordomo traer al hospital una gran cantidad de productos de nutrición de alta gama y otros obsequios para Benjamín, con instrucciones de presentarlos como una disculpa por la visita anterior de mis padres.
Al día siguiente, Flora llegó al hospital directamente desde la oficina al mediodía. La sala de Benjamín estaba repleta de cajas cuidadosamente envueltas, con etiquetas que indicaban productos importados y lujos pensados para el cuidado del niño. había una nota: venían de Gerardo y Estela. Mi primera reacción fue devolverlos, pero las enfermeras me informaron que señores Fernández ya "se habían trasladado a otra habitación". Solo podía aceptar la cortesía silenciosa, aunque mi corazón permanecía tenso.
---No necesitamos tantas cosas\, ¿sabes? ---le dije a Benjamín mientras él saltaba de alegría---. Pero bueno\, supongo que podemos dejarlas por ahora.
Él, sin prestar atención a mis palabras, se agitaba y señalaba la ventana: quería bajar al pequeño jardín para ver a los gatos callejeros que siempre se acercaban al hospital. No pude resistirme y lo levanté en brazos, sintiendo cómo su peso me recordaba la delicadeza de estos días.
Al mismo tiempo, Alejandro aprovechó la hora de almuerzo para acercarse discretamente al área donde estaba Benjamín. Su intención era simple: solo quería mirar de lejos al niño, sin ser visto, sin que supieran que él estaba allí. Sin embargo, la vida tiene maneras curiosas de poner a las personas en evidencia. Justo cuando doblé la esquina con Benjamín en brazos, nos encontramos cara a cara con Alejandro.
El silencio se hizo instantáneo. Él retrocedió un paso, visiblemente sorprendido y ligeramente incómodo. Yo, manteniendo la compostura, lo saludé con cortesía:
---Hola\, Abogado Fernández ---dije\, con la voz calmada pero firme---.
Benjamín, que apenas podía mantenerse estable en mis brazos, giró su carita hacia él y, con una voz dulce pero decidida, dijo:
---No\, ¡el tío es un tacaño!
El comentario hizo que Alejandro frunciera el ceño, incapaz de reaccionar de inmediato. Yo apenas contuve una risa; la espontaneidad de mi hijo había roto la tensión al instante. Sin embargo, lo que vi en su expresión fue más que sorpresa: era un choque profundo, un reconocimiento involuntario que lo dejó paralizado.
Su mirada se fijó en Benjamín de manera intensa, detallando cada rasgo, cada expresión, como si intentara encontrar un recuerdo enterrado. Y fue entonces cuando lo vio: la semejanza era abrumadora. Benjamín era casi un reflejo exacto de Leonardo en su infancia, desde la forma de sus ojos hasta la ligera curva de sus labios al hablar. Alejandro palideció ligeramente, y sus manos se tensaron a los costados. Su silencio lo decía todo: estaba viendo al niño que había estado buscando, al sobrino que nunca esperó encontrar así.
El ascensor llegó en ese instante y, sin palabras, todos subimos juntos. Traté de mantener la calma mientras Benjamín jugueteaba con mis dedos, pero no pude evitar romper la situación con una pregunta inocente:
---Benjamín\, ¿ya conoces a este tío?
El niño me miró con sus ojos grandes y brillantes, abrazándome más fuerte y repitiendo entre risas:
---¡Siii\, el tío es un tacaño!
Yo sonreí, sintiendo cómo la tensión del encuentro se suavizaba un poco, mientras Alejandro permanecía en silencio, con la mirada fija en mi hijo. Cada paso del ascensor parecía prolongar la certeza en su mente: aquel pequeño, que jugaba y hablaba sin miedo, era, sin lugar a dudas, el reflejo de su sobrino perdido.
Yo intenté disimular la incomodidad que empezaba a crecer en el aire. Manteniendo a Benjamín cerca, hablé con naturalidad:
---No lo conoces todavía\, no puedes decir esas cosas de otras personas---. Le explicaba a Benjamín.
Alejandro no dijo nada, pero su mirada seguía pegada a Benjamín, cada detalle siendo registrado, cada gesto un recuerdo que lo atravesaba. Por primera vez en mucho tiempo, un brillo en sus ojos que mezclaba asombro y una especie de reverencia silenciosa. Había llegado a la conclusión: aquel niño no era solo Benjamín, era el hijo de Leonardo, su sobrino perdido.
Mientras el ascensor se llenaba de mas gente, yo intentaba mantener el control de la situación, Alejandro sin palabras, y Benjamín, ajeno a todo, feliz de la atención recibida. La tensión se transformaba en un silencio cargado de significado; ninguno de los adultos necesitaba explicaciones. Lo que se estaba revelando era mucho más grande que cualquier conversación.