Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 9: Las puertas del palacio y el encuentro con los príncipes
—Vamos, Maeve, te va a encantar. El salón del trono es imponente y quiero que veas cómo funciona la administración real de cerca —me decía mi padre con una sonrisa radiante y alegre, mientras me contaba con entusiasmo cómo era el castillo por dentro.
Mientras tanto, por dentro yo iba con el miedo a mil por hora. Tú puedes, Maeve, tú puedes, me repetía mentalmente intentando calmar mis latidos acelerados. He estudiado mucho, he cambiado mis costumbres, y mi objetivo principal en este viaje es claro: evitar a toda costa involucrarme en la trama original, mantenerme alejada de los príncipes y aprovechar para hablar directamente con el rey sobre la posibilidad de expandir el programa de educación a otros pueblos del reino. ¡Sí se puede, claro que se puede!
Al llegar a la imponente entrada del castillo, una larga fila de sirvientes nos recibió con una reverencia perfecta. El mayordomo principal se adelantó con paso firme y nos indicó que Su Majestad nos esperaba en el salón principal.
Comencé a caminar por un pasillo larguísimo y lujoso junto a mi padre. Al notar mis manos temblorosas y mi respiración agitada, Santiago se detuvo un segundo, se agachó a mi altura y me apretó suavemente los hombros con una cálida sonrisa.
—Tranquila, mi pequeña. Todo va a estar bien; estoy junto a ti en todo momento, nadie te hará daño —me aseguró con esa voz protectora que siempre lograba darme paz.
Asignamos valor a su palabras y respiré hondo. Al llegar al gran salón, allí estaba el rey: una figura imponente, con una presencia majestuosa y algunas canas marcadas a los lados de su cabello que denotaban su experiencia y sabiduría. A su lado se encontraba su majestad con los dos príncipes herederos... pero, para mi inmenso alivio, la princesa Cataella no estaba por ninguna parte. ¡Gracias a Dios!
Con el corazón en la garganta pero con la postura recta, me adelanté, saludé a Su Majestad y realicé una reverencia impecable, tal como dictaban las normas de la alta sociedad que había practicado.
El rey me miró con una sonrisa benevolente y asintió complacido.
—Vaya, Santiago... es una niña muy linda —comentó el monarca con voz profunda—. Se parece muchísimo a su madre.
Los dos príncipes que estaban a su lado se me quedaron viendo fijamente por un buen rato, analizando cada detalle de mi presencia, hasta que, al cabo de unos segundos, parecieron aburrirse y perdieron su interés por completo apartando la mirada. ¡Eso es buenísimo! Pensé con triunfo. Menos atención de los protagonistas significa menos probabilidades de activar la trágica trama del segundo libro.
Pero la paz duró poco. El rey, con una amable sonrisa, sugirió:
—¿Por qué no vas un rato al patio con la otra jovencita que nos visita hoy? —dijo el rey, y luego se giró hacia sus hijos—. Príncipes, por favor, acompañen a la señorita Cipriano a los jardines y muéstrenle el lugar.
De inmediato, senté la mirada aterrorizada hacia mi costado y miré a mi padre con ojos suplicantes, esperando que me salvara de la situación. Pero Santiago, con total tranquilidad y dándome un sutil empujoncito de complicidad, me dijo:
—Ve, hija. Así conoces a más gente de tu edad y haces amigos.
Me quedé helada viéndolo con los ojos abiertos como platos. ¿Dónde quedó la parte de que ibas a estar conmigo en todo momento, papá?! —quise gritar—. Pero ya no había vuelta atrás. Los príncipes se giraron perezosamente para guiar el camino, y a mí no me quedó de otra más que seguirlos hacia el patio, rezando mentalmente para sobrevivir ilesa a este inesperado encuentro.