Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 15
Capítulo 15: Pasado y presente.
La fiesta era un caos. Música a todo volumen. Gente por todos lados. Algunos bailando pegadito como si el mundo se fuera a acabar. Otros riendo como si cualquier cosa fuera la mejor broma del universo. Y varios que claramente estaban tomados. Se notaba en la forma en que hablaban, en las carcajadas exageradas, en los movimientos medio torpes. No era mi ambiente. Pero tampoco me sentía incómoda. Era la fiesta de Chelsy. Y ella seguía sonriendo. Eso era lo importante. La sorpresa había funcionado. Lucas apareció a mi lado, saludando gente como si fuera el rey del lugar.
—¡Eh, carajo! —dijo, chocando manos con un chico que apenas reconocí de la escuela—. No te veía desde el examen, ¿sigues vivo o ya te graduaste de idiota profesional?
El chico rió.
—Casi me vuelvo loco, pero aquí ando. El profesor es un maldito.
—Todos lo sabemos —respondió Lucas—. Pero bueno, ya pasó. Ahora solo queda tomar, bailar y hacer estupideces.
El chico asintió.
—Eso sí. Buena fiesta.
—Obvio —dijo Lucas—. Las sorpresas son para eso: para que la gente deje de ser tan amargada por un rato.
Gente pasando un buen momento. Lucas tenía ese talento. Hablaba con cualquiera como si fueran amigos de toda la vida. No era forzado. Era natural. Y eso hacía que la gente se sintiera cómoda.
Ryan también hacía lo mismo, aunque a su manera. Saludaba y hablaba. Gente lo reconocía. Chicas se acercaban a decirle cosas, algunas con sonrisas demasiado obvias. No era raro. Ryan no era el tipo de chico que pasa desapercibido.
No hablaba mucho. Pero cuando lo hacía, la gente escuchaba. Tenía presencia. No ruidosa. Solo segura. Eso llama la atención y también hace que algunos se acerquen con otras intenciones.
Ian se acercó a mí.
—Esa es Sofía —dijo, señalando discretamente a una chica que bailaba cerca—. Es amiga de Lucas. Buena gente, aunque se pasa de energética. Y de coqueta, si quieres mi opinión.
Miré. Sofía estaba riendo con sus amigas, moviéndose al ritmo de la música. Parecía estar disfrutando sin preocuparse por nada.
—Se ve divertida —dije.
Ian sonrió con picardía.
—Lo es y también sabe cómo llamar la atención. No te sorprendas si alguien se enamora en cinco minutos. Así son las fiestas. Pura estupidez romántica.
Rió y yo lo miré.
—Qué romántico eres.
—Soy un maldito poeta —respondió—. Pero sin lágrimas ni flores. Solo verdad.
Sonreí apenas.
—Un poeta bien grosero.
—Los mejores —dijo, levantando las manos como si fuera un experto—. Los poetas finos son aburridos. Los groseros al menos dicen las cosas sin filtros.
Negué con la cabeza.
—Eres un idiota.
—Gracias —respondió con una sonrisa—. Lo tomo como cumplido.
No pude evitar reírme un poco. No fue una carcajada grande. Solo un gesto. Y se sintió bien. Sin drama. Sin tensión. Solo picardía. Ian siguió señalando gente.
—Ese de allá es Mateo.
Miré. Un chico bailaba sin ritmo.
Tomado, claramente. Riendo por cualquier cosa. Tropezando un poco,
pero sin caer.
—Siempre se pasa —dijo Ian—. Pero bueno, así se divierte. Peor sería que fuera un amargado.
—O un idiota —agregué.
Ian rió.
—Eso también. Hay gente que no debería beber. Se convierten en animales.
No sonó muy serio. Solo comentario y tenía sentido. La fiesta era así.
Gente divirtiéndose. Algunos de más y otros simplemente disfrutando.
Y yo observando. No me sentía fuera de lugar. Solo en modo espectador.
Luego Ian continuó.
—Y esa es Jury.
Parpadeé.
—¿Quién?
Él señaló con la cabeza. Una chica en la esquina. Pelo rojo. Brillante bajo las luces. Ojos oscuros, casi negros. Riendo con sus amigas. No parecía mirar hacia nosotros.
—La ex de Ryan —dijo Ian, con un tono casual.
Lo miré.
—¿Ex?
Él asintió.
—Sí. Salieron hace tiempo. Historia vieja. Nada raro.
Fruncí el ceño.
—No sabía.
Ian encogió los hombros.
—No es gran cosa. Terminaron y ya. No hay novelas románticas ni tragedias. Simplemente siguieron caminos distintos.
Tenía sentido. Las relaciones terminan. La gente sigue adelante. Es así. No tiene que ser un drama. Solo realidad.
—Pelo rojo —dije.
Ian sonrió.
—Sí. Siempre lo ha tenido. Y es bastante llamativa. No en plan modelo, sino en plan “esa chica tiene personalidad”.
—Y ojos negros.
Él asintió.
—Es su estilo.
Miré otra vez. No había nada especial. Solo una chica más en la fiesta. Pero saber que había salido con Ryan me hizo pensar. No por celos. Eso sería ridículo. Sino por curiosidad. Las personas tienen historias. Antes de conocernos. Antes de compartir momentos. Y eso está bien. No somos el centro del mundo de nadie. Ni ellos del nuestro.
—¿Por qué terminaron? —pregunté.
No era chisme. Solo curiosidad.
Ian suspiró.
—No lo sé. Quizás cosas o diferencias. No sé. Las relaciones son como un vaso: a veces se llena, a veces se rompe. No siempre hay culpables.
Fruncí el ceño.
—“Cosas” sigue sin ser respuesta.
Él rió.
—No voy a contarte toda la novela. No es asunto nuestro.
Sonreí apenas.
—No pedí la saga completa. Solo información.
—Y no la vas a tener —respondió—. Las relaciones no siempre funcionan. A veces la gente quiere cosas distintas. A veces cambian. No tiene que haber malos ni buenos. Solo finales y seguir adelante.
Asentí. Tenía sentido. No todo es blanco o negro. Las personas cambian. Las relaciones cambian y la vida sigue.
—Supongo —dije.
Ian sonrió.
—Además, no es asunto nuestro. Que hagan lo que quieran. Nosotros solo venimos a divertirnos.
—Cierto.
No lo era y no necesitaba saber detalles. Solo información. Pasado, historia y nada más. La fiesta seguía música, gente y risas. Algunos bailando demasiado cerca. Demasiado pegados. No era mi estilo, pero tampoco me molestaba. Cada quien disfruta a su manera y si querían arrimarse como si no hubiera mañana, problema suyo.
Trate de voltear y ví a Ryan hablando con Jury. No de forma tensa. Solo conversación. Como gente que se conoce con pasado y presente. Sin drama y eso estaba bien. Las relaciones terminan. Las personas siguen adelante. No hay tragedia en eso.
Me acerqué un poco a Ian.
—Se ven normales.
Él miró.
—¿Quiénes?
—Ryan y Jury.
Ian asintió.
—Claro. No es raro. No van a llorar por el pasado en medio de la fiesta. Eso sería ridículo.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces está bien?
Él encogió los hombros.
—Está bien. Terminaron. Pueden hablar. No todo tiene que ser incómodo.
Tenía sentido. Las relaciones no definen a las personas. Pueden terminar sin convertirse en guerras y eso es madurez.
—Bien —dije.
Ian sonrió.
—No te preocupes por eso. Aquí venimos a pasarla bien y lo demás… que se joda.
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Pov: Ryan
Hablaba con Jury, aunque no demasiado. Nada profundo. Solo lo suficiente para que no pareciera descortés. Su risa era ligera, sus comentarios algo sarcásticos, pero no había tensión. Aun así, mi mente no estaba del todo allí. Estaba pensando en Ashlie. Tenía que llamarla, ver cómo estaba, si planeaba llegar a la fiesta o si se había quedado en casa. Me incomodaba no saberlo.
—…y entonces no podía creer que alguien hiciera eso —decía Jury, señalando con la mano mientras narraba algo—. En serio, ¿quién hace esas cosas?
Asentí con atención, aunque realmente estaba distraído.
—Sí… totalmente.
Mi teléfono vibró en el bolsillo. Instintivamente miré la pantalla. No era Ashlie. Suspiré y decidí que mejor llamarla en un momento más tranquilo, no quería que me viera como alguien paranoico. Mientras guardaba el teléfono, escuché música que se elevaba. La puerta principal se abrió y todos volteamos.
Chelsy llegó. Un vestido elegante, sencillo pero perfecto. Lucía radiante. Todos los ojos se centraron en ella instantáneamente. Sonreí al verla. Y no estaba sola: de la mano, Lucas caminaba con ella. Ambos irradiaban complicidad. Era imposible no notar cómo la gente aplaudía y los saludaba, animando el ambiente.
—¡Gracias a todos por venir! —dijo Chelsy con su voz alegre y clara—. ¡Que comience la fiesta!
Todos respondimos con aplausos y vítores. Era contagioso. La felicidad de Chelsy llenaba la sala, y por un segundo olvidé todo lo demás. Lucas, con esa sonrisa segura que siempre tiene, se inclinó y le entregó el regalo.
—Feliz cumpleaños, Chelsy. Te quiero —susurró, y luego la besó suavemente.
Chelsy sonrió, sonrojada, y agradeció de nuevo. La escena era dulce, casi perfecta. Y entonces la vi: Mireya. Sonriendo. De verdad sonriendo, con esa sonrisa ligera y natural que rara vez mostraba. Un pequeño gesto, pero suficiente para que mi corazón se detuviera un segundo. Me gustó. Esa sonrisa tenía algo simpático, algo genuino que no podía ignorar.
La observé un momento más, y no pude evitar pensar… qué fácil sería perderme en esa sonrisa, aunque supiera que debería mantener la distancia. Su alegría era contagiosa, y de pronto todo lo demás parecía menos importante.
—Ryan, ¿todo bien? —la voz de Jury me sacó de mis pensamientos.
Asentí, sin dejar de mirar a Mireya.
—Sí… todo bien. Solo… observando un momento.
Porque en ese instante, la felicidad de Chelsy y la sonrisa de Mireya se mezclaban en mi cabeza, y aunque intentara racionalizarlo, no podía evitar que algo me agradara profundamente en ella.
Su sonrisa era simple, pero me parecía linda. Y al mismo tiempo… absurda. ¿Cómo podía pensar así otra vez de una niña? Podría ser mi hermana. Pero no podía evitarlo. Me gustaba. Y eso, de alguna manera, me desconcertaba.
Apreté la mandíbula, respiré hondo, y me dije que todo estaba bajo control. Todo, menos esa sonrisa que no podía sacar de mi cabeza.