En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."
NovelToon tiene autorización de glendis para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 14
El descenso desde las cumbres del Norte no fue una invasión, fue una fractura en la estructura misma de la realidad. Nox Aeterna se vació de sus legiones, pero lo que marchaba hacia las tierras fértiles del Sur no era un ejército de hombres corrientes; era una marea de acero negro y voluntad absoluta. Como la nueva Emperatriz del Vacío, mi conexión con el mundo había mutado: ya no necesitaba invocar a las sombras, ahora yo era el centro de gravedad de cada rincón oscuro del continente.
Valerius cabalgaba a mi izquierda, montando a Ruina, un semental de ojos carmesí que parecía exhalar ceniza. Su armadura, imbuida con mi propia esencia tras el ritual, absorbía la luz del día, creando un aura de distorsión a su alrededor. A nuestra derecha, los siete generales marchaban con una rigidez sobrenatural; sus mentes, antes rebeldes, ahora estaban ancladas a la mía por hilos invisibles de lealtad absoluta.
—Mira hacia el horizonte, Elena —dijo Valerius, su voz cortando el viento como una hoja afilada—. La última vez que pisamos este suelo, éramos sombras huyendo entre los árboles. Hoy, somos el eclipse que el Sur no vio venir.
El Asedio de Aurora: La Puerta del Sol
Aurora era el orgullo del Sur. Una ciudadela tallada en mármol blanco, protegida por muros de sesenta metros y defendida por la Orden de los Caballeros de la Llama. Creían que sus báculos solares y su fe inquebrantable eran un escudo impenetrable contra cualquier mal del Norte.
Cuando nuestra vanguardia alcanzó las colinas circundantes, las campanas de la catedral de Aurora comenzaron a doblar. No era un llamado a las armas, era un llanto de pánico. Los sacerdotes se alinearon en las almenas, alzando sus reliquias de oro para proyectar una cúpula de luz sagrada que pretendía cegar a nuestras tropas.
—Sus luces me molestan, Valerius —susurré, sintiendo el hambre del Vacío vibrando en mis venas como un pulso eléctrico.
—Entonces apágalas, mi Emperatriz —respondió él, frenando a su caballo y dándome el escenario—. Muéstrales que su sol es solo una vela frente al abismo.
Me adelanté, dejando que mi caballo caminara solo hacia el centro del campo de batalla. Cerré los ojos y extendí los brazos, no hacia los muros, sino hacia el suelo. El poder que había devorado en el altar se expandió desde mis pies como una mancha de aceite negro que devoraba la nieve.
Entonces, sucedió. Las sombras de las propias torres de Aurora, las sombras de los árboles y, lo más delicioso, las sombras de los diez mil soldados que esperaban tras los muros, se desprendieron del suelo. No eran proyecciones planas; se volvieron sólidas, tridimensionales, garras de negrura pura que treparon por el mármol blanco, manchándolo como tinta derramada sobre seda.
La luz sagrada de los sacerdotes no fue repelida; fue succionada. Vi desde la distancia cómo los báculos estallaban en pedazos de cristal inútil. Los caballeros gritaban cuando sus propias sombras les arrebataban las espadas de las manos o los arrastraban hacia las almenas para lanzarlos al vacío.
—No hay luz que pueda iluminar un vacío que ha aprendido a tener hambre —dije al viento. Con un simple movimiento de mis dedos, las puertas monumentales de la ciudad, reforzadas con hechizos de protección, se desintegraron en una nube de ceniza violeta.
El Silencio de los Vencidos
Entramos en Aurora al atardecer, pero el sol parecía haberse rendido antes de tiempo. Valerius y yo cabalgábamos por la avenida principal, entre filas de ciudadanos que se derrumbaban de rodillas, con los rostros hundidos en las manos. No hubo carnicería innecesaria porque no hubo resistencia posible. El terror absoluto es más limpio que el acero.
Llegamos a la Plaza de la Ascensión, donde el Gran Maestro de la Orden, un hombre cuya barba blanca estaba manchada de sudor y polvo, nos esperaba solo. Sostenía la Espada del Alba, una reliquia que, según decían, contenía un rayo del primer sol.
—¡Engendros! ¡Traidores de la creación! —rugió, aunque su voz temblaba—. ¡La luz es eterna! ¡Ustedes son solo una noche pasajera!
Valerius comenzó a desmontar, con la mano en el pomo de su espada negra, pero puse una mano sobre su hombro, deteniéndolo.
—No ensucies tu acero con una fe que ya está muerta —le dije.
Caminé hacia el anciano. Cada paso que daba dejaba una marca de escarcha negra en el mármol sagrado. Me detuve a un palmo de su espada, la cual emitía un calor que intentaba quemarme, pero mi oscuridad simplemente lo envolvía y lo extinguía.
—Maestro —dije, mi voz cargada con la autoridad del Vacío—. El sol no es eterno. Es solo una pequeña anomalía en un universo que, por naturaleza, es oscuro y frío. Yo no soy su enemiga. Soy la conclusión de su historia.
Toqué la punta de su espada con un dedo. El metal sagrado se volvió negro al instante, quebrándose como cristal podrido. El Gran Maestro cayó de rodillas, con los ojos vacíos, su mente perdida en el laberinto de sombras que yo acababa de proyectar en su alma.
La Promesa del Eclipse Final
Esa noche, nos instalamos en los aposentos reales de la ciudadela. Valerius y yo permanecimos en el balcón que miraba hacia el resto del Sur. El mapa del continente estaba extendido sobre una mesa, y él movía pequeñas piezas de obsidiana sobre las capitales restantes.
—El Rey Sol ha enviado mensajeros a los Reinos del Este y a las Tierras del Mar —comentó Valerius, rodeando mi cintura con sus brazos masivos y atrayéndome hacia su pecho—. Dice que formará una "Alianza de la Luz" para detenernos. Cree que si une mil antorchas, podrá asustar a la noche.
—Que los convoque a todos —respondí, girándome en sus brazos para mirar sus ojos, que ahora reflejaban la misma oscuridad violeta que los míos—. Cuanto más grande sea la luz que intenten encender, más absoluto será el eclipse que les daré. Quiero que vean cómo su mundo se apaga, Valerius. Quiero que sientan que el único refugio que les queda es arrodillarse ante nosotros.
Él me besó con una intensidad que sabía a conquista y a una ambición sin frenos.
—Gobernaremos sobre un mundo silencioso, Elena. Pero será nuestro.
El Sur estaba en llamas, pero para nosotros, aquel incendio no era más que el primer destello del amanecer de nuestra era eterna.