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Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El desafío termina en deseo

Maximiliano

Esa maldita niña me las va a pagar... Me tomó con la guardia baja, pero no volverá a suceder. Nunca en mi puta vida.

(Cuatro semanas después)

Hoy era viernes, el día en que debía demostrarle a mi padre que era digno de ser el único sucesor al trono del imperio Veraldi. Pasé cada maldito día trabajando con esmero junto a él y mi abuelo, Nicolas. Entrenaba sin descanso; cada jornada me sentía más fuerte. Pero mi padre siempre repetía lo mismo: el cuerpo, al igual que la mente, debe mantenerse firme. Este trabajo requiere mente fría y un espíritu estable.

He seguido cada uno de sus consejos, pero aún no logro arrancarme de la cabeza a esa niña insolente.

—Maria... —murmuré para mis adentros. Su nombre sonaba dulce y, a la vez, cargado de una tensión insoportable. Me senté en el sofá con un cigarro entre los dedos y una copa de vino en la mano.

—¡Hola, amorchis! —gritó Perla con su voz chillona y pretenciosa. Esa mujer solo me buscaba cuando estaba desesperada, y yo, aunque la llamaba de vez en cuando, solo lo hacía por sexo. Pero ella parecía empeñada en aparecer cada día para desmoronar mi paciencia.

—¿Qué haces aquí, Perla? —pregunté con el cuerpo tenso.

—Pues... ya sabes a qué vine, amore mio.

De repente, sentí su peso sobre mis piernas. Carajo, parecía una perra en celo.

—No estoy de humor. Sal por donde viniste y no aparezcas hasta que yo te llame. ¡Fuori di qui subito! (¡Fuera de aquí ahora!) —le grité como si fuera cualquier desconocida de un club.

—No hasta que, por lo menos, me des un besito —susurró contra mis labios. La miré con irritación, decidido a no ceder.

—Es un no, Perla.

Aparté el rostro, pero la mujer me sujetó de la mandíbula y estampó sus labios contra los míos.

—Quieto, daddy —murmuró con esa voz impostada que, por un segundo, me afectó.

Respondí con un gruñido y la acomodé en mi regazo para profundizar el beso. Mis manos apretaron sus caderas, pero mi mente... mi mente estaba clavada en otros labios. Unos carnosos y rosados. En unos ojos verde oliva.

—Parece que alguien tiene hambre... —la voz de Perla me devolvió a la realidad y la aparté con furia.

—¡Lárgate! ¡Más te vale no contradecirme y te vayas ya!

Me levanté del sofá de un salto y subí las escaleras, encerrándome en mi habitación. Entré al baño para darme una ducha fría.

—Pensamientos de mierda... ¿Por qué pienso así de esa niña?

Miré hacia abajo y encontré mi erección palpitante. Ignoré el deseo y me quedé bajo el agua helada un buen rato. Soy un hombre que cuida su cuerpo con disciplina. Al salir, la sensación de limpieza era revitalizante. Mi físico es el resultado de un esfuerzo constante: hombros anchos, abdomen firme y venas marcadas por el entrenamiento. Mi piel es un lienzo de tinta; tatuajes que cubren mi pecho, cuello y brazos, contando historias que solo yo comprendo.

—¡¿Seguro que está aquí, José?! —escuché una voz familiar desde el pasillo.

Mierda. ¿Es Maria? ¿Qué demonios hace esa niña aquí? Pensé mientras me secaba el cabello con brusquedad.

Maria

Hoy, como siempre, me tocó acompañar a mi padre a sus "negocios". Íbamos a casa de su mejor amigo, José, lo cual me parecía un aburrimiento total. Solo hablan en códigos, como adolescentes con secretos.

—Quita esa cara, principessa —ordenó mi padre divertido.

—Es que no entiendo por qué quieres que siga anotando tonterías si ya elegí mi carrera. No pienso ser mafiosa —reproché cruzándome de brazos.

—Estará tu amorcito, Maximiliano... —se burló. Me sonrojé al instante.

—¡Papá, no digas estupideces! —le grité avergonzada mientras él reía a carcajadas.

Cuando llegamos, lo vi. Los muros de la tenuta de José se alzaban con una prepotencia silenciosa. Piedra color arena y tejas viejas que gritaban "antigüedad sin Wi-Fi". Es una fortaleza imponente pero estática, rodeada de colinas con viñedos en una simetría tediosa. Hermoso, sí, pero profundamente aburrido para alguien de diecisiete años.

—¿En qué piensa mia piccola ribelle? —preguntó mi padre.

—En que este lugar es más grande de lo que imaginaba —respondí con sarcasmo.

Entramos y nos recibió la madre de José. El vestíbulo era magnífico: mármol pulido, techos decorados con frescos y una escalera imperial de hierro forjado. Al llegar a la sala principal, vi a José sentado en un sofá de terciopelo carmesí, con un cigarro y un libro.

—Vaya, vaya... ¡Marcos! Y su propio monumento de figlia. Una belleza imponente, hija del hombre más temido de Italia... después de mí, claro.

—Un placer... —dije con frialdad calculada. José sonrió de medio lado.

—Vorrei avere una ragazzina selvaggia nel mio impero. Hai fegato, lo ammetto. Più fegato del mio stesso sangue. (Me gustaría tener una chica salvaje en mi imperio. Tienes agallas, lo admito. Más que los de mi propia sangre).

Mi padre infló el pecho de orgullo. Yo, curiosa, me atreví a preguntar:

—José, ¿no está aquí Maximiliano? No lo veo.

Mi padre me lanzó una mirada traviesa y José asintió cómplice.

—Max está en su habitación, arriba. Dobla a la derecha y allí lo encontrarás... si es que quieres ir a verlo.

Me tensé, pero la curiosidad fue más fuerte. Subí las escaleras mientras mi voz interior me llamaba tonta. Seguí las instrucciones hasta llegar a una puerta de madera pintada de negro con manija dorada. Entré sin llamar.

Allí estaba él. Recién duchado, con una toalla negra sobre los hombros y otra rodeando su cintura. Su cuerpo, esculpido como el de un dios griego, estaba cubierto de tatuajes oscuros que fluían sobre sus pectorales y abdominales.

—Non sono qui per le tue chiacchiere. Dimmi cosa vuole tuo padre, e fallo adesso. E smettila di fissare. (No estoy aquí para charlas. Dime qué quiere tu padre y hazlo ahora. Y deja de mirar).

Su voz, grave y áspera, me sacó de mi trance. Mis ojos habían recorrido cada centímetro de su torso.

—¿Ah? No... mi padre no quiere nada —desvié la mirada rápidamente.

Él posó las manos en su cintura, incrédulo.

—¿Entonces qué carajos haces aquí?

Antes de que pudiera reaccionar, se paró a centímetros de mí y me susurró al oído:

—Te hice una pregunta... ¿Qué mierda haces en mi territorio, pequeña escurridiza?

Me tensé. El calor subió por mi cuello hasta las mejillas. Su cercanía era abrasadora.

Maximiliano

Esta niña, con su mera presencia, me está tentando. Su inocencia me está volviendo loco.

—Contéstame. La. Puta. Pregunta —mi paciencia se agotaba. Quería poseerla allí mismo.

—¡No lo sé! —sus mejillas estaban rojas como tomates.

Solté una carcajada.

—¿No sabes? Eso significa que viniste a mironearme como una acosadora.

Noté cómo sus ojos bajaban hacia mi entrepierna, donde mi deseo era evidente bajo la toalla. Me acerqué aún más.

—Ti piace quello che vedi, principessa? (¿Te gusta lo que ves, princesa?) —susurré con tono ronco.

—¿Qué estás...? —balbuceó.

—¿Siempre eres así o es un personaje para hacerme caer? —preguntó ella, recuperando una pizca de frialdad.

—No lo sé, dímelo tú. ¿Qué piensas de mí? —sujeté su cuello con firmeza, obligándola a mirarme. Podía sentir su pulso, pero no era el de una víctima asustada; era firme. Sus ojos ardían con desafío.

—Mírame, Maria. Estás en mi casa, en mi habitación, y no te has ganado el derecho de mentirme.

Ella soltó un aliento que no tembló.

—Pienso —articuló con voz uniforme— que si no quisieras que te respondiera, no habrías preguntado. Y pienso, también, que esto no tiene nada que ver con negocios.

Su mirada bajó un instante al bulto bajo mi toalla y volvió a mis ojos.

—Tiene que ver con la erección que tu conciencia te está gritando. Dime tú: ¿Qué piensas de mí?

Mierda. ¿Me está desafiando a mí? —¿Te parece gracioso, niña? —Apreté el agarre y ella, en lugar de apartarse, sujetó mi muñeca para pegarse más a mí. Su pecho rozaba mis abdominales.

—Responde. Mi. Maldita. Pregunta —desafió.

—Repítela, si tienes agallas.

Solté su cuello para sujetar su nuca con fuerza, haciendo que nuestros labios casi se tocaran.

—Dije: Dime tú, ¿qué piensas de mí?

Ella comenzó a rozar sus labios contra los míos con malicia. Solté un gruñido.

—¿Qué pienso de ti? —susurré contra su boca—. Pienso que eres la cosa más imprudente, estúpida y deliciosa que ha pisado mi territorio, Maria. Y pienso que no sabes lo peligroso que es responderle así a un hombre que podría borrarte del mapa con una llamada.

Mi lengua reclamó entrada y, para mi sorpresa, ella no se resistió; respondió con una intensidad que apenas comenzaba a arder.

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