Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capítulo X
El vestido de Rubí estaba regado por la habitación, igual que su ropa interior. La bata de Evans yacía en el suelo, a medio camino de la cama. Afuera, el amanecer comenzaba a teñir el cielo con tonos pálidos, filtrándose entre los cortinajes pesados de la alcoba imperial. Al parecer, habían durado la mayor parte de la noche en plenitud del sexo, dejando el aire cargado, tibio, como si la habitación aún conservara el pulso de sus cuerpos.
Rubí se había despertado primero, desnuda al lado de Evans. Permaneció unos segundos observándolo, con una seriedad poco común en ella. Luego, sin pensarlo demasiado, apartó las sábanas para mirar su cuerpo. Las cicatrices ya no estaban. Ninguna. Su piel se veía limpia, firme, marcada solo por la respiración lenta que subía y bajaba su pecho. Dormía agotado, sin fuerzas… o eso le habría gustado creer a Rubí. Ahora lo veía mejor. Más fuerte. Más entero.
—No que solo amigos… —susurró él, sin abrir los ojos, con una sonrisa apenas insinuada en los labios.
—¿Conoces la palabra amigo con derechos?
—Quizás. O no lo sé. Solo entiendo que te debo la vida.
—Estamos a mano. Tú me salvaste, yo también.
Evans abrió los ojos apenas lo suficiente para mirarla.
—Quiero que me respondas algo.
—Dime —dijo ella, sin suavizar el tono.
—¿Me odias?
Rubí se levantó de la cama, mostrando su figura desnuda sin pudor. Aunque él la había tenido entre sus brazos hacía poco, verla así, erguida, segura, hizo que el deseo volviera a prenderle en el cuerpo como una chispa.
—¿Qué crees tú?
—Yo… yo creería que en parte sí y en parte no. No sabría decirlo con exactitud. Te hice daño en comportarme como idiota. Pero hice todo para traerte a esta vida.
Rubí caminó hasta la ventana, recogiendo una prenda al pasar, más por costumbre que por necesidad.
—Porque me necesitas para restaurar el orden... te quitaré la duda. Una vez te odié, después de nacer en otra época, decidí dejar ese sentimiento atrás, pensé que no te vería más. Con veintisiete años, ese odio llegó a ser nada. Ahora… solo no sé qué sentir.
Evans se incorporó un poco, apoyándose en un codo.
—¿Cómo? —quedó impactado—. ¿Tenías veintisiete…? ¿Qué hacías en ese tiempo?
—Mataba. Era alguien que mataba por pago. Mi padre me crió así, porque él era así.
Evans guardó silencio. No había juicio en su mirada.
—Ahora entiendo porque eres así de ruda.
Rubí giró el rostro hacia él.
— ¿Te desagrado? Fuí muy mala en mi anterior vida.
—Para nada. Nunca creí admitirlo, pero me gustó demasiado que me apuntaras con el arma.
Rubí se echó a reír, breve, sincera, como si la tensión de tantas vidas se hubiera aflojado por un instante.
—Oye, mejor levántate. Tenemos una coronación a la que asistir.
Se dirigió al baño sin mirar atrás. Evans quedó tendido unos segundos más, suspirando, sin saber si aquello que sentía era felicidad o algo más profundo, más difícil de nombrar.
No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera con suavidad. Criados y doncellas ingresaron con pasos medidos, anunciando que era hora. La habitación, que hasta hacía poco había sido escenario de intimidad, comenzó a transformarse en un espacio de órdenes. Evans fue guiado hacia una antesala, donde lo aguardaban sirvientes con telas fina.
Le retiraron cualquier rastro de la noche anterior y lo vistieron con una bata ceremonial de tonos oscuros y plateados. El tejido era pesado, bordado con símbolos antiguos del imperio, lunas crecientes y líneas que representaban los ciclos del poder. Sobre sus hombros colocaron un manto largo, sujeto con un broche de metal pulido que llevaba el emblema de Norum.
Rubí, por su parte, fue atendida por varias doncellas. La bañaron con agua tibia perfumada, peinaron su cabello con paciencia y cuidado, dejándolo caer en ondas suaves por su espalda. El vestido que le presentaron no se parecía a nada que hubiera usado antes. Era un vestido de emperatriz, confeccionado en telas claras que parecían la propia luz del imperio. El corsé se ajustaba con firmeza, marcando su postura, mientras la falda caía en capas amplias y elegantes. Hilos plateados recorrían la tela formando símbolos lunares, discretos.
Cuando terminó de vestirse y se miró al espejo, Rubí reconoció a la mujer que la observaba. No era solo una princesa ni una transmigrada atrapada entre vidas. Era alguien que sería capaz de todo por asegurar su destino.
El trayecto hacia el templo se hizo en silencio. Evans y Rubí caminaron juntos, acompañados por la guardia imperial. La princesa dirigió su atención a las grandes puertas que se alzaban frente a ellos. El gran templo y santuario donde se llevaban a cabo las reuniones más importantes del imperio.
Rubí avanzó junto a Evans hasta llegar al altar, donde los esperaba el sumo sacerdote.
—Bienvenido, luna renaciente del imperio —dijo el sacerdote.
Era un hombre de apariencia joven, aunque su edad era desconocida. Siempre había servido a la corte divina, y su presencia imponía respeto.
Algo le resultó extraño a Rubí.
“¿Luna renaciente?… Pero si el nombre de Evans como emperador es el Ascenso de la Gran Luna.”
Antes de que pudiera profundizar en el pensamiento, el sumo sacerdote sonrió en su dirección.
—Princesa… Muy pronto sabrá su nombre de coronación.
Rubí lo observó sin responder. Sentía un gran poder emanar de él. En su primera vida casi no había tenido trato con el sumo sacerdote y, en ese momento, la sensación era distinta, más cercana.
La ceremonia comenzó. Todos, sentados, escuchaban la misa. Rubí permanecía junto al emperador como parte de la familia real. Sabía que era un caso único, porque aunque los hechos parecían repetirse como en su primera vida, había sucesos completamente distintos. Detalles que alteraban el curso conocido.
Cuando el sumo sacerdote tomó la corona y el cetro, le pidió a Evans que jurara.
—En este día, ante la presencia de los ancestros y bajo la mirada de los dioses, yo, Evans N. Autric, juro solemnemente, con el peso de esta corona sobre mí, prometo ser el guardián de mi pueblo, con la firme promesa de proteger sus vidas, sus esperanzas y sus sueños. Acepto la responsabilidad de velar por la seguridad de cada rincón de este vasto imperio, donde la justicia y la paz reinen eternamente…
Se detuvo por un momento y miró a Rubí. Ella se sobresaltó ante la intensidad de su mirada.
—Me comprometo a proteger el sagrado Corazón de la Luna, esa luz que vela por nuestra esperanza, que nos recuerda la belleza de un mundo unido. Que así sea.
El sacerdote habló y todos se pusieron de pie.
—Con el poder otorgado desde los tiempos de los dioses, yo nombro como emperador del imperio Soldier de Norum a Evans D. Autric, nuestro soberano hasta que sus tiempos en esta vida acaben.
Las alabanzas llenaron el templo. Bendiciones, deseos de prosperidad y salud se alzaron como un coro. Sin embargo, el recién coronado hizo llamar a Rubí ante el altar.
Ella se quedó confundida.
—¿Qué? ¿Yo?
—Ven… —susurró él.
Rubí avanzó. El sumo sacerdote se puso serio, al contrario de Evans, que se divertía.
—¿No le dijiste?
—Es una sorpresa. Además, estuve muy ocupado.
Rubí apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Evans tomó otra corona y la colocó sobre su cabeza con naturalidad, como si aquel gesto hubiera sido planeado desde hacía mucho.
—Yo, emperador del imperio Soldier de Norum, nombro a mi esposa, Rubí, como el Corazón de la Luna, proclamada emperatriz. Bajo mi manto será protegida como un tesoro invaluable. Su luz guiará a todos hacia la paz y la armonía eterna.
—Evans… —murmuró ella, sin encontrar palabras.
La coronación de una emperatriz solía realizarse días después, en ceremonias menos importantes, pero Evans no podía permitirlo. Ambos eran esenciales para el imperio y quería que sus súbditos lo supieran. Desde ese día, Rubí sería llamada el Corazón de la Luna.
Las alabanzas se dividieron entre ambos, como nuevos soberanos.
—Rubí… comparte tu dolor, como yo compartiré el mío. Tus alegrías y tus momentos únicos. Te abriré las puertas de mi corazón para que habites en él.
Rubí lo miró, consciente del peso de esas palabras.
—Evans… no sé si seré capaz de abrirte mi corazón. No puedo darte seguridad en eso. Hace tiempo abandoné la idea del amor. Pero te aseguro que seré tu compañera, tu amiga... Con derecho si es necesario.
—No pido más que tu comodidad. Que seas feliz a tu manera.—dijo él, inclinándose para besar sus manos, mientras el imperio entero presenciaba el inicio de una nueva era.