En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
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Capítulo 10
Iván había estado corriendo desde el amanecer. Primero había ido al edificio amarillo, donde una mujer de ojos perdidos le había señalado hacia el este con un dedo tembloroso. Luego había recorrido las calles desiertas, preguntando en cada lugar donde alguien pudiera haberla visto. Los supervivientes que encontraba le hablaban de ella con respeto: “la enfermera”, “la que cura a los locos”, “la del cuchillo de cocina”. Cada indicación lo llevaba un poco más lejos del mercado, un poco más adentro de la periferia. La había llevado al mercado y ahora regresaban de nuevo al lugar de donde la saco.
Ahora, mientras esperaba por ella para regresar al mercado, sintió por primera vez el peso de la responsabilidad. Mateo le había dicho: “Encuéntrala, es nuestra única esperanza”. Él había asentido, como asentía siempre, porque Mateo era el único que le había dado un lugar cuando no tenía nada. Pero ahora, solo en la calle, con las nubes grises amenazando lluvia y el silencio denso de la ciudad muerta, Iván se preguntaba si sería capaz de convencerla.
La puerta de la farmacia se abrió y Jimena salió con la mochila puesta. Iván la observó con atención. Era más joven de lo que esperaba, quizás treinta y pocos, aunque el cansancio de sus ojos la hacía parecer mayor. Llevaba el pelo recogido en una coleta desordenada, la ropa gastada, pero limpia, y en su cinturón, dos cuchillos: uno grande de cocina y otro más pequeño, automático. No era una mujer que se dejara intimidar.
—Vamos —dijo ella, con una voz que no admitía réplica—. Pero dime más sobre los síntomas mientras caminamos.
Iván asintió y echó a andar a su lado. El camino de regreso al mercado le pareció más largo ahora que tenía que explicar lo que había pasado.
—Se llaman Lucía, Ana, Mateo —empezó, y luego se corrigió—. El pequeño, quiero decir. Se llama Mateo como el líder. La gente le puso el nombre porque nació el día que Mateo llegó al mercado. La madre murió en el parto.
Jimena no dijo nada, pero Iván notó cómo apretaba los labios. Había visto esa expresión antes, en los que habían perdido a alguien.
—¿Y los otros niños? —preguntó ella.
—Los otros empezaron después. Primera Lucía, luego Ana, luego los pequeños. Tienen fiebre alta, tos, les cuesta respirar. Mateo —el líder, dijo que habías trabajado en un hospital. Que si alguien podía ayudar, eras tú.
Caminaron en silencio un rato. Iván la observaba de reojo, tratando de adivinar lo que pensaba. Había oído historias sobre ella: que vivía sola, que curaba a los que nadie quería, que no aceptaba órdenes de nadie. Mateo le había dicho que era tozuda, y eso lo había hecho sonreír, porque Mateo también lo era.
—¿Crees que sea de ayuda realmente? —preguntó ella de repente.
—Si -no dudo al responder.
—Iván. ¿Cuánto tiempo llevan enfermos los niños? Se que tres, pero... ¿no presentaron otros síntomas que dieran indicios antes?
—Tres días. No creo que hubiesen más indicios, solo tres días en total y bueno sabes que ya murieron dos de ellos.
La noticia golpeó el aire como una piedra. Iván vio cómo el rostro de Jimena se endurecía, cómo sus dedos se aferraban a la correa de la mochila. Ya lo sabía, pero ahora lo estaba asimilando, dos niños muertos... Solo niños.
—¿Y los adultos? —preguntó—. ¿Hay adultos enfermos?
—Algunos, los que los cuidaban, pero Mateo los aisló. No quiere que la infección se propague.
—Hizo bien.
Jimena aceleró el paso, e Iván tuvo que hacer un esfuerzo para seguirla. Había algo en su forma de caminar, en la manera en que miraba cada esquina, que le recordaba a los soldados que había visto en los primeros días del caos. Ella también había aprendido a sobrevivir.
—¿Tú cómo llegaste al mercado? —preguntó Jimena, sin volverse.
Iván dudó. No le gustaba hablar de eso, pero algo en la voz de ella le hacía sentirse en confianza.
—Mis padres murieron en la primera ola —dijo, con la voz más plana de la que hubiera querido—. Yo sobreviví porque me escondí en un sótano. Había latas de conserva, agua embotellada. Estuve allí… no sé cuánto tiempo. Semanas, quizás. Cuando salí, todo había cambiado.
—¿Y luego?
—Luego vagué. Buscando comida, buscando gente. Estuve solo casi un año. Hasta que encontré el mercado.
—¿Y Mateo te acogió?
—Mateo me encontró. Estaba en una esquina, medio muerto de hambre. Me dio de comer y me dijo: “Aquí hay trabajo para todos. Si quieres quedarte, te quedas. Si no, puedes irte”. Me quedé.
Jimena lo miró, y por un instante Iván sintió que sus ojos veían más allá de su rostro, como si pudiera leer en él todo lo que no decía.
—¿Y por qué te quedaste?
—Porque era el primer lugar desde que mis padres murieron donde alguien me llamaba por mi nombre. Donde alguien me preguntaba cómo estaba. Donde tenía un sitio donde volver cada noche.
Las palabras salieron más rápido de lo que había planeado. Iván se calló, avergonzado de haber dicho tanto. Pero Jimena no se rio, no le dijo que era débil. Solo asintió, como si entendiera.
—Eso es más de lo que muchos tienen —dijo—. Un sitio donde volver.
—¿Y tú? —preguntó Iván, aprovechando el momento—. ¿Por qué vives sola? Podrías venir al mercado. Necesitamos a alguien como tú. Un médico de verdad.
—No soy médico, soy solo una simple enfermera.
—Da igual, sabes curar y mantener a la gente con vida. Eso vale más que cualquier título.
Jimena no respondió. Iván notó cómo su expresión se cerraba, cómo volvía a poner la armadura. Se arrepintió de haber preguntado, pero ya era tarde.
Caminaron en silencio durante un rato. Las calles comenzaban a cambiar: menos escombros, más señales de actividad humana. Un huerto en una terraza, ropa tendida en una ventana, marcas en las paredes que indicaban caminos seguros. Iván empezó a relajarse; ya casi habían llegado.
Fue entonces cuando vio a dos figuras.
Se detuvo en seco y extendió el brazo para detener a Jimena.