El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 14
El silencio que deja una persona al marcharse de una habitación de hotel es distinto al de una casa. No hay ecos de años compartidos, solo el rastro frío de una maleta arrastrada por la moqueta y el olor residual de un perfume que ya no te pertenece. Me quedé sentada en el borde de la cama, mirando el hueco que Marcos había dejado. La luz del amanecer en Seúl entraba por la ventana con una crueldad blanca, iluminando cada mota de polvo, cada grieta en mi decisión.
Eran las siete de la mañana. En Madrid serían las once de la noche. Allí, mi vida seguía su curso: mi madre estaría viendo la televisión, mis amigas estarían planeando el próximo brunch, y mi jefe, Elena, daría por hecho que yo era la empleada modelo que regresaría con un ascenso bajo el brazo. Pero esa Valeria ya no existía. Se había quedado en la terminal de salidas, desvaneciéndose junto al taxi de Marcos.
—Lo has hecho —me susurré. Mis cuerdas vocales se sentían como si hubiera tragado arena—. Has roto el puente.
Me levanté con una pesadez que no era física, sino del alma. Fui al baño y me lavé la cara. Mis ojos estaban rojos y la piel me tiraba. No había rastro de la mujer exitosa que llegó aquí hace apenas dos semanas. En el espejo solo veía a una extraña atrapada en un sueño que empezaba a doler demasiado.
Me obligué a vestirme. Elegí un traje negro, como si fuera a un duelo. En cierto modo, lo era. Estaba enterrando tres años de seguridad por un "quizás" que habitaba en mi almohada.
Llegué a la oficina de Han-Guk a las ocho y media. El vestíbulo de cristal me pareció más inmenso y frío que nunca. Al subir en el ascensor, sentí que las paredes me aplastaban. Al llegar a la planta 42, el murmullo habitual de los teclados y los teléfonos me resultó ensordecedor. Caminé hacia mi despacho con la cabeza baja, pero sentía las miradas. En una oficina coreana, el cotilleo viaja más rápido que la luz, y todos sabían que algo gordo había pasado entre el director Kang y la consultora extranjera.
Me senté frente a mi ordenador. No podía concentrarme. Las gráficas de ventas me parecían jeroglíficos. De repente, la puerta de mi despacho se abrió.
No era una secretaria. Era Min-ho.
Llevaba el mismo traje de anoche, pero se había cambiado la camisa. Sus ojos estaban hundidos, delatando que tampoco había dormido un solo segundo. Cerró la puerta tras de sí y se quedó allí, de pie, mirándome con una mezcla de ansiedad y esperanza que me encogió el corazón.
—¿Se ha ido? —preguntó. Su voz era apenas un susurro.
—Se ha ido —respondí, intentando que no me temblara el labio—. Leyó mi diario, Min-ho. Lo supo todo. Sabe que estoy aquí por ti, aunque ni siquiera yo sepa qué significa eso.
Min-ho caminó hacia mí y se apoyó en mi mesa. Extendió una mano como si fuera a tocarme, pero la retiró a medio camino. La distancia profesional que tanto se esforzaba por mantener estaba volviendo a romperse.
—Valeria... yo no quería que esto pasara así. No quería que perdieras tu vida por mi culpa.
—No ha sido por tu culpa —dije, levantándome para quedar frente a él—. Ha sido por mi elección. Pero ahora que estoy aquí, ahora que no tengo nada más que este trabajo y esta ciudad... necesito saber si esto es real. Necesito saber si el hombre que me llamó anoche al templo es el mismo que me va a dar órdenes hoy a las diez.
Min-ho suspiró, un sonido largo y pesado.
—Hoy es el día de la presentación final ante la junta directiva —dijo, cambiando de tema bruscamente—. Si no conseguimos su aprobación, el proyecto se cancela. Y si el proyecto se cancela, tu contrato termina. Te enviarán de vuelta a Madrid mañana mismo.
Me quedé helada. Con todo el drama de Marcos, había olvidado que mi estancia aquí pendía de un hilo corporativo.
—¿Y qué vas a hacer? —pregunté.
—Voy a luchar —respondió él, y por primera vez en el día, vi un destello del Director Kang, el hombre que no aceptaba un no por respuesta—. Pero necesito que tú estés allí. Necesito que seas mi voz. Ellos no me escuchan a mí, solo ven números. Necesitan ver lo que tú ves. Necesitan ver el "corazón" de la máquina.
La reunión comenzó a las diez. La sala de juntas estaba llena de hombres con el pelo canoso y trajes que costaban más que mi coche en Madrid. El aire estaba cargado de escepticismo. El presidente de la compañía, un hombre que parecía tallado en granito, presidía la mesa.
Min-ho empezó la presentación. Estaba impecable, pero yo notaba que su voz flaqueaba cuando hablaba de la parte técnica. Sus manos, ocultas bajo la mesa, estaban apretadas en puños. Cuando llegó mi turno, sentí que todos los ojos se clavaban en mí.
—La señorita Valeria —presentó Min-ho— les explicará por qué este software es diferente de cualquier cosa que haya en el mercado.
Me levanté. Durante un segundo, vi la imagen de Marcos en el aeropuerto. Vi la imagen de Min-ho llorando en el templo. Y entendí que mi trabajo aquí no era vender una aplicación; era vender la idea de que los seres humanos necesitamos conectar, incluso cuando estamos perdidos en la oscuridad.
—Señores —empecé, sin mirar las diapositivas—. Todos tenemos una almohada donde dejamos nuestros miedos por la noche. Todos soñamos con algo que no podemos alcanzar durante el día. Lo que estamos construyendo en Han-Guk no es solo una herramienta de eficiencia. Es un puente. Un puente para que las personas que se sienten solas en ciudades de cristal puedan encontrar un rastro de humanidad.
Hablé durante veinte minutos. No usé tecnicismos. Hablé de la soledad, de la memoria, de la playa de arena negra de los sueños. Cuando terminé, el silencio en la sala era tan absoluto que se podía oír el zumbido del aire acondicionado. El presidente me miró fijamente durante un tiempo que me pareció una eternidad.
—Es una visión muy... occidental, señorita —dijo finalmente—. Pero tiene algo. Algo que nos hace falta.
Min-ho y yo intercambiamos una mirada rápida. Por primera vez, había una chispa de triunfo compartido.
Tras dos horas de deliberación a puerta cerrada, el veredicto llegó: el proyecto seguía adelante. Tres meses más de financiación. Tres meses más de vida en Seúl.
Al salir de la sala, los pasillos ya estaban medio vacíos. La tensión del día empezó a pasarme factura y sentí que las piernas me fallaban. Min-ho me sujetó por el brazo y me guio hacia su despacho. Cerró la puerta y, por primera vez en toda la semana, respiramos.
—Lo hemos conseguido —dijo él, dejándose caer en su sillón de cuero—. Te quedas, Valeria.
—Me quedo —respondí, sentándome frente a él—. Pero... ¿a qué precio, Min-ho? He perdido a la persona que me amaba. He roto mi vida en España. Ahora solo tengo esto. Solo te tengo a ti.
Min-ho se levantó y rodeó la mesa. Se arrodilló frente a mi silla y tomó mis manos. Esta vez no hubo dudas.
—No tienes solo esto —susurró—. Tienes la verdad. Por primera vez en tu vida, no estás viviendo el guion de otra persona. Estás viviendo tu propia historia, aunque dé miedo.
—Tengo miedo —confesé, dejando que las lágrimas cayeran por fin—. Tengo un miedo atroz.
Él me atrajo hacia sí, abrazándome la cintura mientras apoyaba su cabeza en mi regazo. Fue un gesto de una humildad y una entrega que nunca esperé del Director Kang.
—Yo también —dijo—. Pero ya no estamos solos en el sueño. Ahora estamos despiertos. Y mientras estemos despiertos, podemos construir algo real.
Esa tarde, salimos del edificio juntos. Ya no nos importaban las miradas de los empleados ni los rumores. Caminamos por las calles de Seúl mientras anochecía. La nieve había dejado de caer, pero el aire seguía siendo cortante. Nos detuvimos frente a un pequeño puente sobre el canal de Cheonggyecheon.
—¿Qué pasa ahora? —pregunté, mirando las luces reflejadas en el agua.
—Ahora empieza la parte difícil —respondió él, rodeándome con su brazo—. Ahora tenemos que descubrir quiénes somos cuando no hay una pantalla de cristal entre nosotros. Tenemos que aprender a ser Valeria y Min-ho, sin títulos, sin sueños, solo nosotros.
Regresé a mi hotel esa noche. La habitación 502 seguía vacía. Fui al escritorio y vi que Marcos se había olvidado una de sus bufandas. La tomé y la guardé en un cajón. Era el último rastro de mi pasado.
Me metí en la cama y apagué la luz. Por primera vez en meses, no tenía ganas de soñar. Estaba cansada de las playas de arena negra y de los laberintos de espejos. Quería el silencio. Quería la realidad, por muy afilada que fuera.
Justo antes de quedarme dormida, mi teléfono vibró. Un mensaje de Min-ho.
"Gracias por quedarte. Mañana, a las ocho, empezamos de nuevo. Esta vez, sin máscaras".
Sonreí en la oscuridad. El capítulo 10 terminaba aquí, cerrando la puerta a Madrid y abriendo de par en par las puertas de Seúl. La primera etapa del viaje había concluido. El desconocido de mi almohada ya no era un extraño; era un hombre con nombre, con miedos y con un futuro que ahora compartíamos.
Había perdido mi seguridad, pero había encontrado mi voz. Y mientras cerraba los ojos, supe que, pasara lo que pasara, nunca volvería a despertarme sintiendo que me faltaba una pieza del puzzle. Porque la pieza estaba allí, en la ciudad de los neones, esperando a ser encajada.