Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 13: El juicio del Sur
El salón del consejo estaba lleno.
Aun así, el aire parecía faltar.
Los representantes de los grandes ducados ocupaban sus asientos con los cuerpos tensos, las manos rígidas sobre la madera pulida. Nadie hablaba en voz alta. Nadie se permitía una sonrisa. Todos sabían que lo que estaba a punto de decirse no podría deshacerse después.
En el centro del salón, de pie, se encontraba Kael Ardenfell, Duque del Sur.
No llevaba armas.
No llevaba armadura.
No las necesitaba.
Frente a él, elegantemente vestidos, con el orgullo intacto en el gesto… estaban los Vaelor.
El duque Alaric Vaelor mantenía la barbilla en alto, los ojos cargados de fastidio. A su lado, la duquesa Seraphine Vaelor sostenía una expresión de fría corrección, como si todo aquello fuera una pérdida de tiempo indigna de su linaje.
Kael habló.
—Este consejo ha sido convocado para evaluar denuncias graves contra el ducado Vaelor por abuso sistemático, encubrimiento y violación directa de la ley de protección omega.
El murmullo estalló de inmediato.
—¡Esto es una infamia! —gritó Alaric, poniéndose de pie de golpe—. ¡Jamás permitiré que se mancille nuestro nombre por los delirios de un omega defectuoso!
Un consejero se removió incómodo.
—Duque Vaelor —advirtió—, modere su lenguaje.
Seraphine sonrió con desprecio.
—No exageren —dijo—. Nuestro hijo siempre fue inestable. Propenso a mentir, a exagerar, a hacerse la víctima. Cualquiera que haya vivido con él lo sabe.
Kael no reaccionó.
—No ha hablado —dijo con voz firme—. Yo sí.
Alaric soltó una risa seca.
—¿Y ahora resulta que usted lo conoce mejor que nosotros? —escupió—. Vivimos con ese niño. Sabemos perfectamente qué clase de criatura es.
La palabra criatura cayó pesada.
Kael hizo un gesto.
Los documentos fueron colocados sobre la mesa central.
—Informes médicos certificados —continuó—. Desnutrición severa prolongada. Fracturas antiguas sin tratar. Cicatrices compatibles con castigos reiterados.
El murmullo se transformó en incredulidad.
—¿Fracturas? —repitió una consejera—. ¿En un omega noble?
—¡Disciplina! —gritó Alaric—. ¡Eso es disciplina! ¡Los omegas necesitan corrección o se vuelven inútiles!
—Eso es tortura —replicó otro consejero, levantándose.
Seraphine perdió la compostura.
—¡A veces los correctivos son necesarios! —gritó—. Él nunca entendió su lugar. Siempre provocando, siempre desafiando.
Kael dio un paso al frente.
—¿Provocando qué? —preguntó con voz baja—. ¿Su propio sufrimiento?
Seraphine alzó el mentón.
—Un omega que no sabe comportarse atrae desgracias —respondió—. Eso es sabido.
El horror recorrió la sala.
—¿Está diciendo —intervino una jueza— que su hijo provocó los abusos que sufrió?
Alaric golpeó la mesa con el puño.
—¡Por supuesto que sí! —rugió—. ¡Siempre fue así! Miradas largas, actitudes ambiguas… ¡un omega defectuoso que no sabía cuándo cerrar las piernas y bajar la cabeza!
El silencio fue absoluto.
Varios consejeros se pusieron de pie.
—¡Eso es repugnante!
—¡Está justificando un crimen!
—¡Por los dioses!
Seraphine, acorralada, gritó:
—¡Era un error desde que nació! ¡Una vergüenza para nuestro linaje! ¡Todo lo que le pasó fue culpa suya!
Kael los miró.
Y esta vez, no hubo contención.
—Basta —dijo.
No levantó la voz.
La sala quedó inmóvil.
—Acaban de confesar —continuó—. No solo el abuso. También el desprecio, la intención y la violencia.
Otro gesto.
—Testimonios jurados de antiguos sirvientes —añadió—. Golpes, hambre, aislamiento, humillaciones públicas.
Seraphine negó con la cabeza, casi histérica.
—¡Todo es mentira! ¡Ese omega siempre quiso hacerse la víctima!
—¿Y el soldado? —preguntó Kael.
El golpe fue seco.
—¿Qué soldado? —dijo Alaric, forzando una sonrisa.
—El del ala vieja —respondió Kael—. El que desapareció hace tres años. El que ustedes llamaron “vividor” y “depravado”. El que nadie buscó.
Seraphine gritó:
—¡Si murió fue porque se lo buscó! ¡Y si ese omega lo mató, entonces confirma que siempre fue peligroso!
El salón estalló.
—¡Eso es una confesión!
—¡Encubrimiento directo!
—¡Esto es monstruoso!
Kael avanzó un último paso.
—El omega Elian Vaelor se defendió —dijo—. Y sobrevivió. A pesar de ustedes.
Alaric perdió todo control.
—¡ESE ENGENDRO NO ES NUESTRO HIJO! —gritó—. ¡NOS ARRUINÓ LA VIDA!
Kael sostuvo su mirada.
—En eso —respondió—, por una vez, tiene razón.
El golpe fue final.
El juez principal se puso de pie.
—Por unanimidad —declaró—, el ducado Vaelor queda bajo investigación penal inmediata. Se suspenden títulos, se congelan bienes y se inicia proceso judicial por abuso, tráfico y encubrimiento.
Los guardias avanzaron.
Seraphine se derrumbó, llorando y gritando.
Alaric fue sujetado mientras seguía vociferando:
—¡Todo es tu culpa! ¡Omega defectuoso! ¡Siempre lo fuiste!
Kael no respondió.
No era necesario.
Esa noche, en el castillo del Sur, Elian sostenía una taza caliente con manos temblorosas.
—¿Qué dijeron…? —preguntó en voz baja.
Kael se arrodilló frente a él.
—Dijeron quiénes son —respondió—. Y el reino los escuchó.
Elian cerró los ojos.
Una lágrima cayó.
No de dolor.
De liberación.