Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Vacaciones 2
El viaje comenzó tal como Regina lo había imaginado…
Largo.
Extenso.
Casi tedioso.
El carruaje avanzaba por caminos que parecían no terminar nunca, y luego el cambio al barco..con el vaivén constante del agua.. prometía horas aún más lentas.
Eso era lo que pensó.
Pero no fue así.
Porque no estaba sola.
Celeste y Helena no dejaron que el silencio se instalara ni un solo momento.
—¡Mira eso!
—¡Ese árbol es enorme!
—¡Oh! ¡Recuerdo una historia sobre este camino!
—¡Te la contamos!
Las anécdotas iban y venían.
Historias de infancia.
Recuerdos absurdos.
Chismes que parecían no tener fin.
Incluso en el barco, donde Regina pensó que finalmente habría calma…
No.
—¡El mar es hermoso!
—¡Pero no tanto como este viaje!
Se reían.
Comentaban.
Se emocionaban por detalles pequeños.
Y Regina… sin darse cuenta…
Comenzó a relajarse.
Al principio solo escuchaba.
Luego respondió.
Después… incluso hizo alguna pregunta.
Y así, entre risas, historias y momentos ligeros…
El tiempo dejó de sentirse pesado.
Cuando finalmente divisaron tierra firme, Regina parpadeó, casi sorprendida.
Había llegado.
Y no lo había sentido como una carga.
El reino de Bernicia se extendía ante ellas con una presencia distinta a Mercia.
Había algo más antiguo en su arquitectura.
Más solemne.
Las construcciones de piedra oscura contrastaban con amplios terrenos verdes, y el aire parecía llevar consigo una historia más densa… más arraigada.
El lugar de la celebración no se quedó atrás.
La mansión donde se realizaría la boda era majestuosa, rodeada de jardines amplios y cuidadosamente decorados para la ocasión.
Todo estaba preparado con detalle.
Con elegancia.
—Es aquí —dijo Helena, con una emoción contenida.
—Nuestro primo David Devlin se casa hoy —añadió Celeste.
Regina asintió, recordando.
El conde Devlin.
Primo de ellas por parte de sus madres.
Madres que ya no estaban.
Pero cuya presencia… de alguna forma, seguía ahí.
Porque la emoción de las hermanas no era solo por la boda.
Era también… por el vínculo.
Por la familia.
Y eso se notaba.
La ceremonia fue… hermosa.
No exagerada.
No ostentosa en exceso.
Pero sí profundamente cuidada.
Las flores decoraban cada rincón con armonía.
La música llenaba el ambiente sin imponerse.
La luz natural caía de forma casi perfecta sobre los asistentes.
Había gente importante.
Nobles de distintos lugares.
Comerciantes influyentes.
Personas cuyo peso se sentía en la forma en que eran recibidos.
Regina lo notó.
Observó los gestos, las interacciones, las miradas.
Pero no se sintió fuera de lugar.
No esta vez.
Porque no estaba ahí como alguien que buscaba encajar.
Estaba ahí… como alguien que ya tenía un lugar propio.
Cuando la ceremonia comenzó, el ambiente cambió.
Se volvió más íntimo.
Más silencioso.
Más humano.
Y fue ahí donde Regina desvió la mirada hacia las hermanas.
Celeste y Helena… estaban completamente concentradas.
Sus ojos brillaban.
Sus manos entrelazadas con fuerza.
Y cuando los votos fueron pronunciados…
No pudieron evitarlo.
Las lágrimas.
Rodaron sin vergüenza.
Sin contención.
Lloraban con emoción genuina, conmovidas por lo que estaban presenciando.
Regina las observó.
En silencio.
Y algo en su interior… se suavizó.
No compartía su visión del amor.
No creía en esa ilusión.
Pero…
Verlas así.
Tan sinceras.
Tan entregadas a ese momento.
La hizo sonreír.
Una sonrisa pequeña.
Pero cálida.
Porque entendió algo.
No todas las personas vivían el amor de la misma manera.
Y aunque ella no lo eligiera para sí…
No significaba que no pudiera reconocer la belleza en lo que otros sentían.
Cuando la ceremonia terminó y los aplausos llenaron el lugar, Celeste y Helena se secaron las lágrimas… sin dejar de sonreír.
—Fue perfecto… —murmuró una.
—Perfecto… —repitió la otra.
Regina las miró.
Y, suavemente, dijo..
—Sí… lo fue.
Y esta vez…
No lo decía por cortesía.
Lo decía porque, de alguna forma inesperada…
Había sido cierto.
Cuando la ceremonia terminó, la emoción no desapareció…
Se transformó.
Las puertas del gran salón de la mansión Devlin se abrieron lentamente, dando paso al banquete.
Y el ambiente cambió por completo.
La solemnidad dio paso a la vida.
A la música.
A las risas.
A las conversaciones que comenzaban a entrelazarse como un murmullo constante.
Regina entró junto a Celeste y Helena, y por un instante… se detuvo.
Observando.
El gran salón era imponente.
Las largas mesas se extendían a lo largo del lugar, cubiertas con manteles blancos finamente bordados en dorado que reflejaban la luz de los candelabros.
Estos, altos y elegantes, iluminaban el espacio con una calidez suave, creando sombras delicadas que daban profundidad a cada rincón.
Los arreglos florales.. verdes y blancos.. estaban dispuestos con precisión, evocando los colores de la casa Devlin con una elegancia sobria, sin excesos.
Todo estaba pensado.
Todo armonizaba.
Pero lo que realmente llenaba el lugar… no era la decoración.
Era la gente.
Nobles conversando animadamente.
Copas que se alzaban.
Risas que se mezclaban con la música de fondo.
Era un ambiente vivo.
Real.
—¡Ven, ven! —susurró Helena, tirando suavemente de Regina.
—Debemos sentarnos antes de que todo empiece —añadió Celeste.
Fueron guiadas a una de las mesas principales, no en el centro absoluto… pero sí en una posición privilegiada.
Otra señal clara de que Regina no estaba ahí como una simple invitada más.
Se sentaron.
Y casi de inmediato, el movimiento comenzó.
Platos servidos con cuidado.
Copas llenándose.
Conversaciones que fluían con naturalidad entre quienes ya se conocían.
Regina observaba.
Como siempre.
Analizando.
Pero esta vez… no desde la distancia.
Porque, sin darse cuenta, ya estaba dentro de ese mundo.
—Debes comer —dijo Celeste, acercándole un plato.
—Y probar todo —añadió Helena
—¡Es tradición!
Regina obedeció sin discutir.
El ambiente lo hacía fácil.
No había presión.
Solo… continuidad.
Mientras tanto, las hermanas no dejaban de comentar.
—Ese de allá es un comerciante importante.
—Y aquel… negocia con el norte.
—Oh, y esa señora..
—¡Tiene historias increíbles!
—Ese es el duque Moriarty, es de temer..
—Si, cuidado con él.. aunque no sé porque esta aquí, si él es del reino de Sunderland
—¿Sunderland?
—Un reino pequeño al sur, le dicen el reino de hielo por el frio
—Pero seguramente es socio de David por los caballos..
Regina escuchaba, asimilando.
Prefería entender primero.
La música subió ligeramente.
Algunos comenzaron a levantarse, moverse, interactuar más libremente.
El ambiente se volvió aún más distendido.
Y en medio de todo eso…
Regina tomó un momento.
Miró a su alrededor.
El salón iluminado.
Las personas compartiendo.
Las hermanas riendo a su lado.
Y pensó.
No estaba ahí por obligación.
No estaba ahí por dependencia.
No estaba ahí porque alguien hubiera decidido su destino.
Estaba ahí… porque había construido el camino que la llevó hasta ese lugar.
Y eso lo cambiaba todo.
—¿En qué piensas? —preguntó Helena de pronto.
Regina la miró.
Y negó suavemente con la cabeza.
—En nada importante.
Pero en realidad…
Sí lo era.
Porque, mientras el salón seguía lleno de vida y la noche apenas comenzaba…
Regina entendió algo más..
Su mundo ya no era pequeño.
Ya no estaba limitado a sobrevivir.
Ahora…
Podía elegir también vivir momentos como ese.
Y, aunque no lo admitiría en voz alta todavía…
No le desagradaba en absoluto.