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BAJO LA MISMA ORDEN

BAJO LA MISMA ORDEN

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La mirada perdida

Natalie Cardona

La noche se había vuelto fría, aunque en el desierto eso nunca significaba silencio. Siempre había un murmullo, un viento cargado de polvo que parecía querer contarte secretos antiguos. Me senté sobre el capó de la camioneta, con el rifle a mi lado y los ojos perdidos en la luna. Tenía la mirada clavada en ese brillo pálido, tratando de ordenar dentro de mí todo lo que había pasado en las últimas horas.

La misión había salido bien, o al menos eso intentábamos creer. Pero aún tenía en la mente el sonido de los disparos, la sangre corriendo por la pierna de Dereck, su rostro apretando los dientes mientras yo lo atendía. Aún podía sentir el calor de su piel bajo mis manos, el temblor leve cuando la gasa tocó la herida. Y su mirada... esa maldita mirada que me perseguía desde que volvió a mi vida.

Sus ojos tenían el mismo efecto que antes: me hacían recordar por qué odiarlo era tan difícil.

Solté un suspiro, intentando vaciar mi cabeza, pero ahí estaba otra imagen: Tamy. Su risa fingida, su cuerpo acercándose al de él en la camioneta, ese juego absurdo que hacía solo para provocarme. Y lo peor era que funcionaba. Me hervía la sangre solo de recordarlo. Me dolía admitir que aún me importaba lo suficiente como para sentir celos.

—Deberías dormir un poco —dijo una voz detrás de mí.

Giré y vi a Emma. Llevaba su cabello recogido, la tablet en una mano y una sonrisa cansada.

—No puedo —respondí bajando la mirada hacia el desierto—. Si cierro los ojos, escucho los disparos otra vez.

Ella se acercó y se sentó a mi lado en el capó, dejando que el silencio nos envolviera unos segundos antes de hablar.

—Bueno... ya es hora de que me cuentes todo, ¿no? —dijo con una sonrisa cómplice—. Me debes años de historia, Nat.

Me reí con amargura. —No hay mucho que contar. Solo una mujer intentando recomponerse después de que el amor y el deber le jugaron una mala pasada.

—¿Él fue la mala pasada o el deber? —preguntó levantando una ceja.

—Ambos —respondí sin pensarlo. Me quedé mirando mis manos, llenas de raspones, como si ahí estuvieran grabadas todas las decisiones que tomé—. Después de que me dieron de baja... intenté volver a la normalidad. Mi familia me ayudó, pero nada volvió a ser igual. No podía olvidar lo que dejé, ni lo que perdí.

—¿Dereck? —susurró Emma.

Asentí despacio. —Sí. Lo odié. O al menos lo intenté. Pero cada vez que lo veía en mis recuerdos, cada vez que soñaba con él, seguía sintiendo lo mismo. Rabia, sí... pero también eso que nunca pude apagar del todo.

Emma sonrió con tristeza. —El amor no se apaga con órdenes, Nat. Lo sabes mejor que nadie.

Suspiré, apoyando la cabeza hacia atrás. —Lo sé. Pero es distinto ahora. Él me mira como si nada hubiera pasado, y yo... no puedo fingir que no sé que las cosas cambiaron. Que yo cambié.

—¿Y él? —preguntó Emma, mirándome de reojo.

—Él también cambió —respondí casi en un susurro—. Pero sigue teniendo esa mirada que me desarma. Como si con solo verme pudiera volver a leerme entera. Y eso me da miedo.

Nos quedamos en silencio un momento, mirando la luna que seguía colgando sobre nosotros, inmóvil, eterna.

—Él preguntó por ti mientras lo atendías —dijo Emma después—. Se notaba que no era solo preocupación de compañero.

—Lo sé —murmuré.

Emma sonrió con picardía. —Tal vez todavía hay algo ahí, aunque los dos se empeñen en dispararse con palabras en vez de admitirlo.

Solté una risa corta, cansada. —Somos expertos en eso. En herirnos primero antes de hablar.

Ella me dio un pequeño golpe en el brazo. —Pues deja de hacerte la fuerte, Natalie. Todos te conocemos. Y si algo te duele, es porque todavía importa.

Bajé la vista y jugué con un trozo de tela del uniforme. —No sé si volvería a confiar en él, Em. No después de todo.

—A veces las guerras no son las que peleamos afuera —dijo ella en voz baja—. Son las que cargamos dentro.

Me quedé callada, mirando el horizonte, sintiendo cómo sus palabras se quedaban flotando entre nosotras. El viento sopló con fuerza, levantando la arena y llevándose con él una parte de mis pensamientos.

—Tal vez tengas razón —murmuré al fin—. Pero esta guerra... no la quiero perder otra vez.

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