Cicatrices que arden
Fueron inseparables… hasta que el mundo los rompió.
Ahora, entre peleas y destino, sus caminos vuelven a cruzarse.
Porque hay amores que no se olvidan…
aunque duelan como una herida abierta.
Un vínculo imposible de romper.
Un amor que nunca dejó de arder.
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Capítulo 16: Cuando todo se rompe en un segundo
La ciudad los recibió con ese ruido constante que nunca se detenía, con luces que parpadeaban en cada esquina y con un movimiento que contrastaba demasiado con la calma del pueblo que habían dejado atrás, como si el mundo no tuviera idea de lo que acababa de romperse entre ellos.
Izana Kurokawa caminaba sin mirar a nadie, con los hombros tensos y la mente completamente atrapada en ese último momento, en esa conversación que no había terminado como esperaba, en ese “no” que seguía repitiéndose en su cabeza como un eco imposible de silenciar.
Detrás de él, Takemichi Hanagaki lo seguía con cierta dificultad emocional más que física, observándolo con preocupación porque entendía que ese silencio no era tranquilidad, sino algo mucho más peligroso, algo que podía quebrarse en cualquier momento.
—Izana… —intentó decir, con la intención de frenar esa caída invisible.
—No.
La respuesta fue corta, pero no cargada de enojo, sino de vacío, de ese tipo de vacío que asusta más porque significa que algo adentro ya se rompió.
Siguieron caminando unos metros más, avanzando por una calle apenas iluminada, donde el sonido de sus pasos se mezclaba con el murmullo lejano de la ciudad, hasta que el ambiente cambió de una forma tan sutil que al principio casi pasó desapercibida.
Pero Takemichi lo sintió.
Esa incomodidad.
Ese silencio distinto.
—…espera —alcanzó a decir, girando levemente la cabeza.
Demasiado tarde.
Las sombras se movieron rápido, saliendo de los costados como si ya hubieran estado esperando ese momento, como si cada paso de Izana los hubiera acercado a una emboscada inevitable.
El primer golpe fue seco.
Directo.
Izana apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de recibir el segundo, y luego el tercero, porque no era una pelea, no era un enfrentamiento justo… era una golpiza.
—¡IZANA!
Takemichi intentó correr hacia él, pero uno de los hombres lo interceptó, empujándolo con una fuerza brutal que lo hizo caer al suelo de inmediato.
El dolor en su pierna fue instantáneo, intenso, como si algo se hubiera quebrado dentro, pero no tuvo tiempo de procesarlo, porque lo único que importaba estaba unos metros más adelante.
—¡SUÉLTENLO!
Gritó, arrastrándose como pudo, intentando levantarse aunque su cuerpo no respondiera.
Izana seguía recibiendo golpes.
Puños.
Patadas.
Fuerza sin control.
Intentó defenderse, intentó levantarse, pero eran demasiados, y cada golpe lo empujaba más cerca del suelo, más lejos de cualquier posibilidad de reaccionar.
—¡BASTA!
La voz de Takemichi se quebró.
Pero nadie se detuvo.
Hasta que, de la misma forma en que empezó…
terminó.
El silencio cayó de golpe.
Uno de ellos escupió al suelo.
—Esto es lo que pasa cuando te metes donde no debes.
Y sin más…
se fueron.
Como si no hubiera pasado nada.
Como si no hubieran dejado a alguien destruido en el suelo.
Takemichi se arrastró hasta él, ignorando el dolor que le atravesaba la pierna, ignorando todo lo que no fuera esa imagen frente a sus ojos.
—Izana…
Lo giró con cuidado.
Y en ese instante…
su respiración se cortó.
Sangre.
Demasiada.
Su rostro.
Su cuerpo.
Su estado.
—…no…
Sus manos temblaban.
—No… no… no…
—¡AYUDA!
El grito salió desesperado, rompiendo la noche.
—¡ALGUIEN AYUDA!
Las sirenas llegaron como un sonido lejano que poco a poco se volvió más real, más cercano, más urgente, mientras las luces rojas y azules iluminaban la escena de una forma casi irreal.
Todo pasó rápido.
Demasiado rápido.
Manos moviéndose.
Voces cruzadas.
Órdenes.
—Paciente crítico.
—Traumatismo severo.
—Pérdida de conciencia.
—Prepárense para traslado inmediato.
Las puertas de la ambulancia se cerraron.
Y con eso…
todo cambió.
El hospital olía a desinfectante y silencio.
Ese tipo de silencio que no tranquiliza.
Que pesa.
Takemichi estaba sentado en una silla, con la pierna vendada, el rostro pálido y las manos todavía manchadas de sangre que no era suya, mirando la nada como si en cualquier momento alguien fuera a decirle que todo había sido un error.
Pero no lo era.
Horas después, lo dejaron verlo.
La habitación era blanca.
Demasiado blanca.
Las máquinas marcaban el ritmo de algo que apenas se sostenía.
BIP… BIP… BIP…
Izana estaba ahí.
Inmóvil.
Conectado a cables.
En coma.
Manjiro Sano llegó primero, caminando lento, observando la escena con una expresión que no era fácil de leer, pero que claramente no era indiferente.
Detrás de él, Ken Ryuguji frunció el ceño apenas entró.
—…mierda…
Takemichi levantó la mirada.
—No pude hacer nada…
Su voz se quebró.
—Le rompieron… yo… no llegué…
Mikey no respondió.
Solo miró a Izana.
En silencio.
—¿Quién fue? —preguntó finalmente.
Takemichi negó.
—No lo sé…
Y eso…
lo hacía peor.
El silencio volvió a instalarse.
Pesado.
—¿Kakucho sabe? —preguntó Draken.
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Takemichi bajó la mirada.
—No…
Mikey cerró los ojos un segundo.
—¿Le vamos a decir?
Nadie respondió.
Porque todos sabían lo que eso significaba.
Porque todos sabían…
que eso lo iba a destruir.
—No todavía —dijo Draken finalmente, con una voz más firme—. No así.
Takemichi apretó las manos.
—…no es justo…
Mikey lo miró de reojo.
—Nada de esto lo es.
El sonido de la máquina llenó el silencio.
BIP… BIP… BIP…
Y en esa habitación…
lo único que quedaba…
era la incertidumbre.
💕💕💕💕..... 💕💕💕💕...... 💕💕💕💕.....
Un “no”…
una despedida que parecía definitiva…
y un destino que nadie pudo prever.
Izana cayó…
pero esta vez no fue por orgullo ni por amor…
fue por algo más cruel… más oscuro… más real.
Takemichi lo vio todo…
y aun así no pudo hacer nada para detenerlo.
Ahora el silencio pesa más que cualquier grito,
y la culpa se siente más fuerte que cualquier golpe.
Porque hay momentos que no solo duelen…
los que cambian todo… los que marcan un antes y un después.
Y esta vez…
nada volverá a ser como antes.
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con cariño Luna Auol 🌸