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Mi marido tenía otra familia

Mi marido tenía otra familia

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido
Popularitas:907
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18. Lo que había puesto en su cuerpo

La persona que la atendía le preguntó por qué quería hacerse las pruebas.

Renata había encontrado las palabras durante el trayecto. Las había repetido sin voz, intentando que al decirlas delante de alguien no se le quebraran.

—Mi marido tiene relaciones con otras mujeres.

La frase salió entera.

Se quedó esperando una expresión de sorpresa, un comentario, esa pequeña alteración en la cara que obligaba a preguntarse qué estaría pensando la otra persona de ella.

La atendieron como a una paciente.

La mujer le dio tiempo para continuar. Renata se quedó mirando el borde del escritorio.

—Acabo de enterarme —añadió—. Y no sé desde cuándo está pasando.

—¿Ha notado alguna molestia?

Renata respondió. Luego tuvo que contestar otras preguntas, situar fechas, decir cuándo había estado con él por última vez. La mujer no levantó las cejas ni cambió de tono al oírla.

Eso le permitió seguir hablando sin bajar más la voz.

Decirlo así era más difícil que hablar de las rosas.

Una fotografía podía ponerse sobre una mesa. Una podía señalarla, explicar quién aparecía en ella, contar qué había dicho él al verla. Allí le preguntaban por su propia vida sexual y no había un objeto que pudiera dejar delante para apartarse un poco de la respuesta.

Era ella quien había estado en la cama con él.

Se dio cuenta de que tenía las manos apretadas cuando las abrió para buscar lo que le pedían.

Su bolsa seguía llena de las cosas de siempre. El teléfono, las llaves, un labial. Objetos que podían acompañarla a una comida o al hospital sin cambiar de aspecto. Los movió para encontrar espacio para los documentos y le molestó que le costara algo tan sencillo.

No quería ponerse a llorar allí.

Le explicaron qué iban a revisar y cómo continuaría la atención. Renata escuchó, preguntó lo que no entendía y se quedó con las indicaciones. No recibió una frase capaz de tranquilizarla antes de haber hecho nada.

Eso, al menos, le pareció honesto.

En el lugar donde le tomaron la muestra, se acomodó en la silla y dejó el brazo descubierto.

La enfermera le pidió que lo mantuviera quieto.

Renata obedeció.

Vio preparar lo necesario y después miró hacia otro lado. La molestia de la aguja fue pequeña comparada con todo lo que había imaginado desde el spa. Casi le dio rabia que fuera tan fácil llegar a ese punto: una silla, un brazo, unas preguntas que nadie tendría que haberle obligado a responder por culpa de una mentira.

Cuando volvió a mirar, la sangre estaba en el tubo.

Era suya.

Damián podía irse de una habitación antes de que abrieran. Podía dejar a Tomás esperando con Valeria. Lo que su cuerpo hubiera compartido con el de ella no podía ordenarse de la misma manera.

Renata apretó los labios.

No sabía si le había contagiado algo. Había ido precisamente porque no lo sabía. Pero la posibilidad bastaba para que sus recuerdos hubieran cambiado.

Las noches con él ya no terminaban donde había creído.

Intentó recordar cuándo había sido la última vez. Después quiso dejar de recordarlo. Se había entregado a su marido con confianza, con ganas de estar cerca. Ahora estaba contando hacia atrás en una sala de toma de muestras.

Pinche cabrón.

La enfermera le indicó qué hacer con el brazo. Renata siguió la instrucción y esperó a poder bajar la manga.

Se quedó mirando el pequeño lugar donde habían entrado en su piel.

No era la primera vez que se ocupaba del cuerpo pensando en Damián.

Habían querido un hijo.

O ella había entendido que lo querían los dos. No le había parecido una pregunta que necesitara hacer una y otra vez, como si una respuesta de ayer no pudiera seguir siendo cierta hoy.

Se acordó del helado.

Una tontería, comparada con lo que estaba pasando, y aun así le dolió. Le gustaba. Lo había dejado porque alguien le recomendó evitarlo mientras intentaban conseguir el embarazo. Era una de esas renuncias que se hacían sin armar una discusión: no costaba tanto, podía ayudar, ya volvería a tomarlo después.

Después vinieron otras cosas.

Revisar fechas. Pensar si convenía comer algo. Aceptar un preparado de hierbas porque se lo habían recomendado con la seguridad de quien ya conocía un caso en el que había funcionado.

Recordaba el olor antes de tomarlo. Amargo incluso antes de llegar a la boca. La taza entre las manos y el pequeño esfuerzo de no apartarla cuando empezaba a sentir el sabor.

Lo había tragado.

No una vez para demostrar que podía. Más de una, mientras pensaba en un hijo que aún no existía y en una vida que quería compartir con su marido.

Había puesto paciencia donde otras personas solo veían una bebida. Esperanza donde apenas había una recomendación. No estaba haciendo una tontería para pasar el tiempo. Deseaba algo y estaba intentando conseguirlo con lo que le decían que podía hacer.

Cada mes sin embarazo la obligaba a volver a pensar en sí misma.

Qué había hecho. Qué no. Si se había cuidado lo suficiente. Si otra mujer lo habría conseguido sin detener toda la vida para contar los días.

Le daba vergüenza recordar hasta qué punto había aceptado que la pregunta recayera sobre ella.

Su marido no podía ofrecerle ahora una respuesta con las mismas manos que había visto sobre Valeria.

También ella se acostaba con él.

Y había otra persona capaz de mandar una foto que ninguna de las dos había enviado.

Renata cerró los ojos un instante.

No podía seguir sumando cuerpos sin sentir náuseas.

Al levantarse, tuvo que esperar a que pasara la pequeña debilidad que le dejaban el esfuerzo y el enojo. Se recogió el cabello, tomó la bolsa y comprobó que llevaba los papeles.

Nadie le preguntó si pensaba perdonarlo.

No necesitaba responder eso para hacerse atender. Agradeció no tener que decidir toda su vida antes de salir por la puerta.

Lucía estaba pendiente de ella. Renata le avisó que ya habían tomado la muestra.

Su amiga le preguntó cómo se sentía.

Renata miró las palabras antes de contestar. Podía decir que estaba bien, que ya se había ocupado, que solo quedaba esperar. La primera parte no era cierta.

Le escribió que estaba cansada.

No era todo. Por lo menos no era una mentira.

En el pasillo vio pasar a otras personas con documentos en la mano. Una mujer le hablaba en voz baja a alguien que caminaba a su lado. Renata apartó la mirada antes de empezar a buscar en ellos una explicación de lo que les ocurría.

Sabía cuánto quedaba fuera de una imagen.

Guardó sus indicaciones de atención en la bolsa. La tarjeta de la cámara seguía allí, entre las cosas que había apartado para meter los papeles.

La había sacado de casa de su padre para averiguar dónde estuvo Damián.

Aquellos papeles los llevaba por lo que él podía haber dejado en su cuerpo.

Renata cerró la bolsa y salió sin llamarlo.

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