Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 8: Arena, cristal y un nuevo latido
El rugido de las turbinas del Boeing 777 vibró a través del fuselaje mientras el avión se inclinaba hacia el este, perforando el denso manto de nubes grises que asfixiaba el norte de Italia. Abajo, Milán desapareció en una mancha borrosa de concreto y lluvia.
Aleksandra mantuvo la frente apoyada contra la ventanilla redonda, sintiendo la vibración helada del cristal. Con la mano derecha acariciaba el bulto imperceptible bajo su ropa; con la izquierda, dentro del bolsillo de su abrigo, rozaba el metal labrado del encendedor Dupont. Dejar atrás su vida entera no le dolía por el país ni por la pequeña rutina del hospital, sino por la aterradora incertidumbre de lo que dejaba a su espalda: una guerra de sombras que no comprendía y el fantasma de un hombre que se había marchado antes del amanecer.
Siete horas después, el descenso sobre el Golfo Pérsico fue un choque violento contra los sentidos.
El avión rompió la bruma para descender sobre una cuadrícula geométrica de luz, autopistas de ocho carriles y rascacielos descomunales que parecían lanzas de acero y vidrio clavadas en el desierto. Al abrirse las compuertas en el Aeropuerto Internacional de Dubái, una bofetada de aire caliente y seco, cargado de aroma a combustible de aviación, cardamomo y polvo salino, le golpeó el rostro.
Era otro planeta. Uno sin lluvia, sin callejones medievales de adoquín empapado, sin recuerdos de orfanatos fríos ni olores a pólvora fresca.
La Fundación Al-Maktoum no había escatimado en recursos. Un chofer privado la trasladó de inmediato al complejo residencial para especialistas internacionales dentro de Dubai Healthcare City: un departamento amplio, de pisos de mármol blanco, techos altos y ventanales inmensos que miraban hacia el horizonte brillante de la bahía. Todo allí era pulcro, seguro y aséptico.
Al día siguiente, Aleksandra se presentó en el Dubai Neuroscience Institute.
El centro era la meca tecnológica que el profesor Martinelli le había prometido. No había paredes despintadas ni instrumental con años de uso acumulado. Los quirófanos eran cápsulas presurizadas con tecnología híbrida, brazos robóticos de asistencia microquirúrgica y pantallas holográficas que permitían navegar el árbol vascular cerebral con una resolución de micrones.
Durante los primeros meses, Aleksandra se volcó en el trabajo con un rigor implacable. Su destreza quirúrgica, afinada por una calma que desconcertaba a los cirujanos alemanes y emiratíes del equipo, la convirtió en la residente estrella en cuestión de semanas. Mientras otros dudaban frente a una malformación arteriovenosa profunda, sus manos se movían con una cadencia suave y letalmente exacta.
Pero fuera del quirófano, en la soledad de su departamento, Aleksandra no bajó la guardia.
A pesar de que el vientre comenzaba a curvarse con lentitud, nunca abandonó el acondicionamiento físico. En el silencio de las madrugadas sobre el mármol de la sala, practicaba katas lentas de Sambo y jiujitsu, manteniendo la elasticidad muscular, la fuerza en el tren inferior y el equilibrio del centro de gravedad. Su padre solía decirle que un cuerpo fuera de forma era un cuerpo acorralado; ahora, con una vida vulnerable formándose en su interior, esa lección se había convertido en un mandamiento sagrado.
Hacia el séptimo mes, la curvatura de su abdomen ya era imposible de disimular bajo los ambos holgados. Aleksandra no dio explicaciones sobre el padre ausente; en el ambiente multicultural y profesional del instituto, su reserva fue respetada sin preguntas impertinentes. Se ganó el estatus de mujer intocable por mérito propio: dulce con sus pacientes, generosa con el personal de enfermería, pero dueña de una distancia gélida que frenaba cualquier intento de invasión personal.
El parto llegó una madrugada sofocante de agosto, cuando el termómetro exterior marcaba cuarenta grados incluso bajo la noche oscura del desierto.
Fue un trabajo de parto largo, solitario y feroz. En la suite de maternidad del hospital privado, Aleksandra se negó a recibir analgesia epidural hasta el último tramo. Quería sentirlo todo. Quería que el dolor fuera un ancla para grabar en cada fibra de su memoria que ese niño solo la tenía a ella en el mundo.
A las 04:18 de la mañana, un llanto potente, agudo y cargado de furia rasgó la atmósfera estéril de la sala de partos.
—Es un varón, doctora Rossi —anunció la obstetra con una sonrisa agotada mientras lo envolvía en toallas tibias—. Fuerte y con los pulmones de un titán.
Cuando depositaron el pequeño cuerpo caliente y húmedo sobre su pecho desnudo, Aleksandra sintió que el universo entero se detenía en seco. Todas las barreras, la disciplina marcial, el rigor científico y las cicatrices del pasado se hicieron pedazos en un instante.
Apretó al niño contra su piel, soltando un sollozo ahogado mientras sus lágrimas caían sobre la coronilla cubierta de un fino vello oscuro.
—Mi amor... —susurró en ruso, con la voz quebrada por una devoción inmensa—. Ya estás aquí, mi vida.
El bebé se calmó de inmediato al escuchar el timbre de su voz. Dejó de llorar, movió la pequeña cabeza buscando el calor de su cuello y, por una fracción de segundo, abrió los párpados hinchados.
Aleksandra contuvo la respiración.
El corazón le dio un vuelco tan violento que el monitor cardíaco registró un pico repentino.
Los ojos del niño no eran del azul lechoso habitual en los recién nacidos. Eran de un gris tormentoso, denso, afilado y frío como el acero templado. Una mirada que Aleksandra reconoció de inmediato, clavada en su memoria desde la noche de la lluvia en Milán: los mismos ojos del hombre moribundo que la había tomado de la garganta y que luego la había quemado con su boca en la oscuridad de su cocina.
El niño era el calco vivo de Dante Moretti.
—Se llamará Dimitri —dijo Aleksandra en voz baja, acariciando la pequeña mejilla del bebé con un dedo firme pero tembloroso—. Dimitri Rossi.
Sosteniendo a su hijo contra el pecho, Aleksandra miró a través del gran ventanal de la suite. El sol naciente teñía las dunas del desierto y las torres de cristal de Dubái de un dorado incandescente. Había logrado cruzar el mar y poner miles de kilómetros de distancia con respecto a la mafia italiana, pero la sangre de Dante Moretti ahora respiraba en sus brazos, viva, inocente y marcada por un destino del que ningún avión podría protegerlos para siempre.