Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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ALGUIEN LOS ESTÁ OBSERVANDO
El amanecer llegó envuelto en una tranquilidad engañosa.
Alison despertó con una sensación extraña, como si hubiera pasado la noche intentando recordar algo que se le escapaba cada vez que estaba a punto de alcanzarlo.
Permaneció unos minutos mirando el techo, con el ceño ligeramente fruncido.
Había soñado con un lugar oscuro.
No era una habitación ni una casa abandonada. Era un paisaje inmenso, cubierto por una niebla espesa, donde un río negro avanzaba entre rocas y árboles sin hojas. A lo lejos, unas puertas gigantescas se alzaban frente a una construcción de piedra.
Y alguien la esperaba.
No había podido verle el rostro. Solo recordaba sus ojos, oscuros y llenos de una tristeza tan profunda que le había provocado ganas de llorar.
En el sueño, había intentado acercarse.
Pero una voz la había detenido.
Todavía no.
Alison se incorporó de golpe.
—¿Qué demonios fue eso?
Se llevó una mano al pecho. El corazón le latía demasiado deprisa para un simple sueño.
Intentó recordar algo más, pero la imagen del río desapareció de su mente, dejando únicamente una sensación de pérdida.
Una pérdida absurda, porque no podía echar de menos un lugar en el que nunca había estado.
Se levantó, se lavó la cara y decidió que necesitaba dejar de pensar en cosas extrañas.
Últimamente, su vida estaba llena de demasiadas.
Primero, Hades y sus secretos. Después, aquella mujer llamada Perséfone. Luego, el desconocido que la había abordado para advertirle que tuviera cuidado.
Y ahora sueños que parecían demasiado reales.
—Necesito unas vacaciones —murmuró.
Sin embargo, mientras se arreglaba para salir, una pregunta volvió a perseguirla.
¿Por qué, en aquel sueño, había sentido que el hombre que la esperaba estaba sufriendo por ella?
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Hades tampoco había dormido.
Desde su regreso al inframundo, había permanecido despierto, recorriendo los corredores de su palacio y revisando personalmente los límites de su territorio.
La presencia desconocida seguía allí.
No podía verla con claridad, pero sentía su rastro cada vez que se acercaba a las puertas exteriores. Era una energía ajena a las almas que habitaban su reino, algo que se ocultaba deliberadamente de sus guardianes.
Aquello le resultaba inaceptable.
—¿Habéis encontrado algo? —preguntó al capitán de la guardia.
—Nada concluyente, mi señor. La presencia desaparece antes de que podamos alcanzarla.
Hades observó las puertas de obsidiana.
—Entonces no está intentando entrar.
—¿Creéis que nos está vigilando?
—Creo que quiere que sepamos que está aquí, pero no lo suficiente como para permitirnos descubrir quién es.
El capitán frunció el ceño.
—¿Debemos informar al Olimpo?
—No.
La respuesta fue inmediata.
Hades no estaba dispuesto a convertir una sospecha en un asunto que pudiera llegar a oídos de Zeus. Ya había demasiadas preguntas sobre sus ausencias y sobre la razón por la que había regresado tantas veces al mundo mortal.
Si informaba al Olimpo, los dioses comenzarían a investigar.
Y si investigaban, tarde o temprano encontrarían a Alison.
—Quiero que dupliques la vigilancia —ordenó—. Si esa presencia vuelve a manifestarse, no intentéis atacarla sin mi autorización. Seguidla y averiguad adónde va.
—Como ordenéis.
Cuando el capitán se retiró, Hades permaneció junto a las puertas.
Una inquietud persistente le recorría el cuerpo.
Había pasado siglos creyendo que podía mantener el inframundo bajo su control. Pero aquella presencia desconocida parecía conocer sus movimientos y aprovechar sus ausencias.
¿Y si no lo estaba siguiendo a él?
La idea apareció en su mente con una claridad aterradora.
¿Y si estaba siguiendo a Alison?
Hades cerró los puños.
No permitiría que nadie la utilizara para llegar hasta él.
Aunque todavía no supiera quién estaba detrás de aquella amenaza, encontraría la respuesta.
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Alison salió de casa poco después de terminar sus tareas.
Intentó concentrarse en el movimiento de la ciudad, en las conversaciones de los vendedores y en el ruido de los carruajes. Le gustaba observar a las personas e imaginar sus historias, pero aquella mañana tenía la desagradable impresión de que alguien la observaba a ella.
Se volvió dos veces durante el camino.
No encontró nada extraño.
Cuando llegó a la plaza, se sentó junto a la fuente y abrió el libro que llevaba consigo.
Leyó una página.
Después otra.
Finalmente, se dio cuenta de que llevaba varios minutos mirando las mismas líneas sin comprenderlas.
—Excelente —murmuró—. Ahora tampoco puedo leer.
Cerró el libro.
Fue entonces cuando vio al hombre.
Estaba al otro lado de la plaza, cerca de una columna, vestido con un abrigo oscuro. No parecía conversar con nadie ni tener intención de acercarse a los puestos.
Simplemente la miraba.
Alison sintió que se le tensaban los hombros.
Era el mismo desconocido que la había abordado el día anterior.
Se levantó de inmediato.
El hombre apartó la mirada y comenzó a caminar en dirección contraria.
—¡Espera!
Él no se detuvo.
Alison avanzó varios pasos, pero una carreta pasó entre ambos. Cuando pudo volver a ver la calle, el desconocido había desaparecido.
Ella miró a su alrededor, desconcertada.
No podía ser una coincidencia.
Aquel hombre sabía su nombre. Sabía que conocía a Hades. Y ahora parecía seguirla.
Alison regresó al banco, aunque ya no tenía ganas de quedarse en la plaza.
Por primera vez, consideró que las advertencias de Hades podían esconder algo más que un carácter reservado.
Tal vez existía un peligro real.
Pero, si era así, ella necesitaba saber de qué se trataba.
No iba a vivir escondiéndose de personas desconocidas sin comprender por qué la buscaban.
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Hades llegó a la plaza poco antes del mediodía.
Había decidido regresar al mundo mortal después de recibir un informe de sus guardianes: la presencia había desaparecido de los límites del inframundo poco después del amanecer.
No sabía si eso significaba que la amenaza había terminado o si, por el contrario, había cambiado de objetivo.
Cuando encontró a Alison, supo de inmediato que algo no estaba bien.
Ella estaba sentada con el libro cerrado sobre las rodillas y la mirada fija en la calle.
—Alison.
La joven levantó la cabeza.
Su expresión se suavizó al reconocerlo, pero la preocupación no desapareció por completo.
—Has venido.
—Te dije que lo intentaría.
—Y esta vez lo has conseguido.
Hades se sentó a su lado.
—¿Qué ocurre?
Alison dudó unos segundos antes de responder.
—He vuelto a ver al hombre que te mencioné ayer.
Toda la expresión de Hades se endureció.
—¿Dónde?
—Aquí, en la plaza. Estaba observándome desde el otro lado. Cuando intenté hablar con él, desapareció.
Hades miró a su alrededor.
La plaza estaba llena de personas, pero ninguna parecía prestarles atención.
—¿Estás segura de que era el mismo hombre?
—Completamente. Recuerdo su rostro.
Hades respiró profundamente para controlar la ira que comenzaba a crecer dentro de él.
—¿Te dijo algo?
—No. Ni siquiera se acercó. Solo me miró y después se marchó.
Alison se volvió hacia él.
—Ahora quiero que me respondas una pregunta.
Hades ya sabía cuál sería.
—Adelante.
—¿Quién podría querer hacerme daño por estar contigo?
El dios guardó silencio.
Había esperado poder mantenerla al margen de sus conflictos durante un poco más de tiempo. Pero la aparición de aquel desconocido había cambiado las cosas.
Alison ya no era una preocupación imaginaria que él pudiera resolver marchándose del mundo mortal.
Alguien había comenzado a acercarse a ella.
Y necesitaba conocer la verdad.
—No sé quién es ese hombre —dijo finalmente—. Pero voy a averiguarlo.
Alison apretó los labios.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Lo sé.
—Entonces contéstame.
Hades se volvió hacia ella.
—Hay personas que podrían considerarme su enemigo. Algunas tienen mucho poder y no siempre distinguen entre la persona a la que quieren atacar y quienes están cerca de ella.
Alison lo miró fijamente.
—¿Estás hablando de criminales? ¿De alguien con quien has tenido problemas?
Hades pensó en Zeus, en Perséfone y en todos los dioses que podían considerar su relación con una mortal una provocación.
—No exactamente.
Ella soltó un suspiro frustrado.
—A veces creo que hablas otro idioma.
—Tal vez sea así.
Alison no se rio.
—Hades, estoy hablando en serio.
Él tomó aire.
—Yo también.
La miró con una sinceridad que no había mostrado antes.
—No quiero que tengas miedo de mí. Tampoco quiero que pienses que has hecho algo malo por conocerme. Si alguien te está siguiendo, no es culpa tuya.
Alison bajó los ojos hacia sus manos.
—No tengo miedo de ti.
Hades sintió una punzada de dolor.
—Deberías tener más cuidado con las personas a las que dejas acercarse.
—¿Incluso contigo?
Él se quedó inmóvil.
Alison levantó la cabeza.
—Porque tú también eres una persona de la que sé muy poco. Si quieres que tenga cuidado, tendrás que aceptar que también necesito protegerme de las cosas que no me cuentas.
Hades comprendió que no podía exigirle confianza mientras le ofrecía únicamente medias verdades.
—Tienes razón —dijo.
Ella soltó una pequeña risa.
—De verdad tienes que encontrar otra frase.
Esta vez, Hades sonrió.
—Lo intentaré.
Alison lo observó durante unos segundos. Después apoyó la mano sobre la suya.
—No quiero que te metas en problemas por mí.
Él entrelazó sus dedos con los de ella.
—No eres un problema, Alison.
La respuesta fue tan inmediata que la joven dejó de sonreír.
Hades sostuvo su mirada.
—Eres la única parte de mi vida que últimamente consigue hacerme olvidar todos los problemas.
Alison sintió que el corazón le daba un vuelco.
No sabía qué responder. Por primera vez, Hades no parecía estar buscando una manera de escapar de la conversación. No estaba ocultándose detrás de una broma ni convirtiendo sus sentimientos en un misterio.
Simplemente la estaba mirando.
Y eso la asustó un poco más que cualquiera de sus silencios.
Porque comenzaba a comprender que ella tampoco quería alejarse de él.
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Al otro lado de la ciudad, el desconocido entró en una habitación cerrada.
Las ventanas estaban cubiertas por cortinas gruesas y la luz apenas alcanzaba los muebles. Sobre una mesa descansaba un objeto oscuro, semejante a una piedra pulida.
El hombre se quitó los guantes y colocó la mano sobre la superficie.
Una luz tenue recorrió la piedra.
—La mortal está con él —informó.
Durante unos segundos, no ocurrió nada.
Después, una voz respondió desde el interior del objeto.
—¿Ha sospechado algo?
—Sospecha que la están siguiendo. No sabe quién soy ni para quién trabajo.
—¿Y Hades?
El hombre esbozó una sonrisa.
—Está más pendiente de ella de lo que imaginábamos.
La voz guardó silencio.
Cuando volvió a hablar, su tono era más grave.
—No hagas nada que pueda alertarlo antes de tiempo. Necesitamos saber qué significa esa mortal para él.
El hombre inclinó la cabeza, aunque nadie podía verlo.
—¿Y si ya significa demasiado?
La luz de la piedra se volvió más intensa.
—Entonces tendremos nuestra respuesta.
La comunicación terminó.
El desconocido se quedó mirando la superficie oscura.
No sabía quién era realmente Alison Benet. No conocía su pasado ni podía imaginar la importancia que llegaría a tener en la vida del soberano del inframundo.
Pero había recibido una orden.
Observarla.
Seguirla.
Y descubrir por qué un dios que siempre había mantenido su distancia de los mortales parecía dispuesto a regresar una y otra vez por la misma mujer.
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Aquella noche, Alison volvió a soñar.
Esta vez, el lugar era diferente.
Se encontraba en un jardín cubierto de flores blancas. El cielo tenía un color extraño, entre el gris y el violeta, y una fuente de piedra ocupaba el centro del sendero.
Alison caminó lentamente, intentando comprender cómo había llegado allí.
Al otro lado de la fuente había un hombre.
No podía verle bien el rostro, pero reconoció su silueta. La forma en que permanecía inmóvil. La tristeza que parecía rodearlo.
—¿Quién eres? —preguntó.
El hombre no respondió.
Alison se acercó.
—¿Por qué siempre apareces en mis sueños?
Él levantó la cabeza.
Durante un instante, ella creyó reconocer sus ojos.
Sintió un dolor profundo, como si acabara de perder algo que llevaba toda la vida intentando encontrar.
—No deberías estar aquí —dijo él.
La voz le resultó extrañamente familiar.
—¿Por qué?
El hombre extendió una mano hacia ella, pero se detuvo antes de tocarla.
—Porque todavía no es el momento.
Alison sintió que la angustia crecía dentro de su pecho.
—¡Espera! ¡No te vayas!
Él comenzó a alejarse.
Ella intentó seguirlo, pero el suelo pareció abrirse bajo sus pies. Las flores se marchitaron y el jardín quedó cubierto por una niebla espesa.
La última cosa que escuchó fue una voz pronunciando su nombre.
No era la voz de un desconocido.
Era la de Hades.
Alison despertó sobresaltada.
La habitación estaba oscura y el corazón le golpeaba con fuerza.
Se llevó ambas manos al rostro, intentando contener las lágrimas que no comprendía.
Había sentido una tristeza inmensa.
Una tristeza que no parecía pertenecerle.
Y, sin saber por qué, tuvo la certeza de que aquel sueño no era simplemente una creación de su imaginación.
En algún lugar, alguien estaba intentando alcanzarla.
Y ella, aunque todavía no comprendía quién era ni qué significaba aquella conexión, comenzaba a acercarse a una verdad que llevaba mucho tiempo escondida.
Porque el peligro ya no estaba solamente en las sombras que seguían a Hades.
También había comenzado a despertar algo dentro de Alison.