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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:313
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5. Adrián Beltrán, tu esposa soy yo

Lucía sentía como si le estuvieran despedazando el corazón muy despacio. —¡Adrián, te estoy diciendo la verdad!

—Para mí no hay nada más importante que lo que siente Valeria. ¿Qué importan las estupideces que tú digas?

No había forma de responder a eso. Su desprecio, tan directo, le atravesó el pecho como una espada.

La verdad no le importaba. Solo le importaba Valeria. La amaba y eso estaba por encima de todo.

El corazón se le hundió. Ya no parecía quedarle ninguna esperanza. Nada que esperar de aquel hombre.

Lucía sonrió, desolada. —Está bien. Le voy a pedir perdón.

Soportando el dolor del cuerpo y el que llevaba por dentro, bajó la cabeza y se disculpó con Valeria.

Vio cómo ella disimulaba su alegría. Ver aquella sonrisa de triunfo le resultó insoportable.

Nunca habría imaginado que Adrián fuera capaz de ignorar la verdad por Valeria. Solo porque la amaba. Porque la amaba tanto.

Después de aquel día, no volvió a verlo.

Quiso buscar trabajo para cambiar de ambiente. No quería seguir torturándose, atrapada en el desamor de Adrián.

Había estudiado diseño de joyas y se había graduado con excelentes notas. Envió su currículum por internet y pronto dos empresas la llamaron para entrevistarla. Tras comparar las opciones, eligió la que quedaba más cerca de casa.

Pensó que el trabajo la ayudaría a distraerse, pero seguía pensando en Adrián sin poder evitarlo.

Aunque él la despreciara. Aunque la odiara tanto.

Las noches empezaban a refrescar con la llegada del otoño. Todos se habían ido de la empresa hacía rato, pero Lucía seguía trabajando sola en la oficina.

En casa también estaría sola. Prefería quedarse allí y adormecer el dolor trabajando.

Eran casi las diez cuando empezó a sentir hambre.

Se acarició el vientre. Pensar en el bebé que crecía dentro le dio una sensación cálida. Por un momento, se sintió feliz, como si no le faltara nada.

Estaba a punto de irse cuando sonó el tono que había reservado para las llamadas de Adrián.

El corazón le dio un vuelco. Tomó el celular, nerviosa.

El nombre que apareció en la pantalla le pareció imposible.

Adrián la había llamado sin que ella lo buscara. Después de unos segundos de sorpresa, contestó, loca de alegría.

Pero al otro lado oyó gemidos íntimos, de esos que hacen subir el calor a la cara y aceleran el corazón.

Se quedó inmóvil, con el celular en la mano. Sintió que caía del cielo al infierno. El dolor la invadió antes de que pudiera hacer nada por detenerlo.

Colgó de golpe. Quiso engañarse, borrar lo que acababa de oír, pero las lágrimas ya le resbalaban por las mejillas sin control.

Regresó a la casa arrastrando el cansancio y abrió una botella de vino tinto de la cava de Adrián.

Después de unos tragos, renunció a seguir bebiendo para adormecer el dolor. No podía hacer que su bebé sufriera con ella.

Pero ya estaba borracha. Entre la confusión, vio acercarse al hombre al que había amado durante doce años.

Era alto y hermoso. Su porte y su belleza eran únicos. Era el hombre que le había ocupado la vida y los sueños. El hombre al que amaba sin poder tenerlo.

Lucía soltó la copa y se tambaleó hasta caer contra él. Le echó los brazos al cuello y alzó la cara, encendida por el alcohol.

—Adrián Beltrán, no quiero que vuelvas a meterte con otras mujeres. Si necesitas acostarte con alguien, búscame a mí. ¡Tu esposa soy yo!

Hablaba como si ya no tuviera nada que perder. Se rebajaba con palabras que nunca se habría atrevido a pronunciar.

Lo amaba hasta arrastrarse por él. Había renunciado a la dignidad y al orgullo.

Adrián frunció el ceño y la apartó con un gesto de profundo asco.

Pero Lucía volvió a pegarse a él. Con ambas manos intentó quitarle la ropa y se puso de puntillas para besarlo.

Le llegó un olor penetrante a perfume. Era el que Valeria usaba siempre.

Se obligó a ignorarlo y siguió, sin contenerse.

Tal vez fuera su última oportunidad de sentirlo cerca. Estaba dispuesta a ser, a sus ojos, la mujer más rastrera y descarada del mundo. Solo quería conservar un recuerdo hermoso antes de separarse de él…

Si el despertador no hubiera sonado a la hora de siempre, Lucía no habría podido levantarse aquella mañana.

Le ardían las mejillas de vergüenza al recordar lo que le había dicho a Adrián y lo que había hecho, borracha, la noche anterior.

De vuelta en la empresa, trabajó distraída en sus diseños. No conseguía sacárselo de la cabeza.

Doce años. No podía desprenderse de un amor tan profundo de un día para otro.

Sin pensarlo, se tocó el vientre, todavía plano. Si pudiera, de verdad quería darle a su hijo una familia unida.

Un aviso sonó en su celular.

El sonido la sacó de sus pensamientos.

Miró la pantalla. Era un mensaje. ¡Y se lo había enviado Adrián!

El corazón volvió a latirle a trompicones. Hasta las manos le temblaron al abrirlo.

Lo primero que vio fue una fotografía de Valeria y ella. La habían tomado poco después de que Lucía llegara a casa de los Suárez.

En la foto, Valeria llevaba un vestido de una marca carísima. La luz iluminaba su sonrisa. Parecía una princesa impecable, distinguida, muy por encima de los demás. Lucía, con su vestido gris deslavado, parecía el patito feo en un rincón oscuro: insignificante e inferior.

Debajo de la foto aparecía el mensaje de Adrián. Al leerlo, se le fueron enfriando los dedos.

«Lucía, mira a Valeria y luego mírate tú. ¿Qué te hace pensar que una mujer tan sucia y tan baja como tú tiene derecho a ser mi esposa?»

Le ardieron los ojos. Cada palabra la hería como una cuchillada y le resultaba insoportable seguir leyendo.

Recordó aquel verano de doce años atrás. No conseguía entender cómo aquel niño se había convertido en el hombre que ahora la despreciaba y la trataba con tanta crueldad.

Le había dicho que era la niña más buena y encantadora que había conocido. Que se casaría con ella. Que estarían juntos para siempre. ¿Y ahora qué, Adrián?

El corazón le latía con violencia. Sabía que no podía dejar de amarlo.

Le respondió de inmediato: «Adrián, sé que tienes una idea equivocada de mí, pero estoy embarazada. ¿Puedes darme una oportunidad de amarte y darle a nuestro bebé una familia unida?».

Después de enviarlo, se quedó inquieta, nerviosa. Y con un pequeño resto de esperanza.

Tal vez, al enterarse de que esperaba un hijo suyo, Adrián también se alegrara. Tal vez quisiera conocer a su bebé.

Pero aquella esperanza no tardó en quedar hecha pedazos.

La respuesta llegó con una sola orden: «Aborta».

Lucía sintió que algo afilado le abría el pecho. Ni siquiera había empezado a asimilar el dolor cuando llegó otro mensaje: «Te lo advierto, Lucía: la única mujer en este mundo que merece tener hijos míos es Valeria. Más te vale firmar el divorcio y largarte bien lejos, puta sin vergüenza. Si no firmas, yo mismo voy a matar a ese bastardo».

Sintió que se le congelaba la sangre. Aquellas palabras despiadadas la humillaban y la pisoteaban. Y fue ese dolor, tan hondo que le llegó a los huesos, el que empezó a hacerle entender que aquel hombre no valía la pena. No merecía que siguiera amándolo a ciegas.

…

Mientras tanto, Valeria borró todos los mensajes que acababa de intercambiar desde el celular de Adrián. No dejó rastro.

Cuando terminó, todavía le sudaban las palmas de las manos.

Temía dejar alguna huella. Y, más todavía, que Adrián descubriera ciertas verdades.

Dos años antes, mientras hurgaba en el cuarto de Lucía, había encontrado su diario. Entre las páginas había un separador de libros con la firma de Adrián y una fecha de diez años atrás.

Así había descubierto que Adrián y Lucía se conocían desde entonces. Y que habían compartido una promesa tan inocente como romántica.

Pero en aquella época Lucía no se llamaba Lucía Suárez. Y Adrián no había reconocido en ella a la niña de su promesa. Valeria había encontrado la oportunidad perfecta para aprovecharse.

La puerta automática de cristal se abrió de pronto con un clic. Apareció la figura alta de Adrián. Sentada frente a su escritorio, Valeria cambió de expresión, se levantó a toda prisa y dejó el celular donde estaba, como si no hubiera ocurrido nada.

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