Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 4
El gran salón de baile de la mansión Smith parecía un templo erigido para celebrar la riqueza y el poder ancestral de la manada. Enormes lámparas de cristal colgaban del techo abovedado, proyectando destellos dorados sobre el suelo de mármol pulido que reflejaba la luz como un espejo. Una orquesta en vivo, dispuesta en el balcón del segundo nivel, llenaba el ambiente con una melodía envolvente de violines y chelos, marcando el ritmo de un baile lento y sofisticado.
A lo largo de los muros de piedra, un buffet deslumbrante ofrecía lo más selecto de la región: finos cortes de carne especiada, copas de cristal repleta de vinos añejos, frutos silvestres y delicados postres servidos en vajillas de plata. Los miembros de las familias más influyentes del clan conversaban en pequeños grupos, vistiendo trajes impecables y joyas que destellaban con cada movimiento.
En medio de semejante despliegue de grandeza, la familia de Serena caminaba con timidez, sintiéndose profundamente fuera de lugar. Su padre, un hombre de campo acostumbra a la ropa de trabajo, acomodaba con incomodidad el cuello de la camisa limpia que le habían prestado, mirando con recelo la elegancia fría que lo rodeaba. A su lado, sus dos hermanos menores observaban fascinados las bandejas de bocadillos que los sirvientes paseaban en silencio.
Serena, luciendo un vestido de seda en tono marfil que Jacob había seleccionado personalmente para ella, intentaba mantener la compostura. El lazo de la luna latía con suavidad en su pecho cada vez que sus ojos se cruzaban con los del Alfa menor. Jacob no se separaba de su lado por mucho tiempo; la tomaba con delicadeza por la cintura, guiándola entre los invitados y presentándola con orgullo, ignorando deliberadamente los murmullos despectivos y las miradas de reojo de los aristócratas que no veían con buenos ojos que una plebeya ocupara el lugar de la futura señora de la casa.
En el extremo opuesto del salón, la matriarca Karen observaba todo con una copa de champán en la mano y la barbilla en alto. Su postura era imponente, una reina evaluando la audacia de su hijo menor al desafiar el linaje de la familia por capricho del destino.
A pocos pasos de la matriarca, Selma fingía una sonrisa perfecta mientras caminaba del brazo de James. Llevaba un vestido de terciopelo verde esmeralda que acentuaba su andar majestuoso, pero por dentro la hiedra de la rabia y los celos la estaba devorando viva. Cada risa de Serena, cada gesto de protección de Jacob hacia ella y cada brindis que sonaba en honor a la "pareja de la noche" se sentía como una humillación pública para Selma.
—Mira a tu hermano —susurró Selma en tono confidencial, inclinándose sutilmente hacia James mientras este saboreaba una copa de vino rojo—. Parece un chiquillo enceguecido. Ha traído a esa gente de las afueras a la cena más importante del año solo para provocar a tu madre.
James soltó una suave carcajada y dio un trago a su bebida, contemplando la pista de baile con tranquilidad.
—Déjalo en paz, Selma. Si la luna decidió que esa chica es su mate, no hay nada que Jacob pueda hacer para evitarlo. Además, un poco de sangre nueva le vendrá bien a la rigidez de esta casa. Baila conmigo y deja de mortificarte.
Selma le sonrió con falsa dulzura mientras James la tomaba de la mano para guiarla unos minutos hacia el centro de la pista, pero en cuanto el baile terminó y la música cambió de ritmo, aprovechó la distracción general para escabullirse.
Con el pretexto de arreglarse el maquillaje, Selma se alejó del salón principal. Sus pasos medidos y elegantes sobre el mármol se aceleraron en cuanto cruzó las puertas dobles hacia los pasillos traseros de servicio, donde las risas de la fiesta se convirtieron en un eco distante. Salió por una puerta lateral hacia los arcos de piedra que daban a los jardines oscuros y al sendero boscoso.
El aire frío de la noche de montaña le golpeó el rostro, pero Selma no se detuvo hasta llegar a la penumbra del viejo cobertizo abandonado en el linde de la propiedad, un punto donde las luces de la mansión apenas llegaban.
La puerta de madera carcomida cedió con un chasquido ahogado. Dentro, envuelto en sombras y apoyado contra un pilar, la esperaba Diego.
Llevaba su habitual chaqueta de cuero raída y el cabello revuelto. Una sonrisa cínica se dibujó en su rostro al ver llegar a la esposa del primogénito.
—Qué elegancia, cuñadita —dijo Diego con voz ronca y sarcástica, bajando la vista hacia el vestido esmeralda de Selma—. Se nota que la alta sociedad está de fiesta. ¿A qué se debe el honor de tu escapada?
Selma cerró la puerta a sus espaldas y dio dos pasos al frente, eliminando cualquier rastro de calidez de su mirada. Sus ojos oscuros brillaban con una determinación despiadada.
—Guárdate los comentarios, Diego. No hay tiempo para juegos —dijo en un susurro cortante y venenoso—. La fiesta está en su punto más alto. Todos están distraídos comiendo, bebiendo y bailando. No habrá un mejor momento que este.
Diego acomodó la postura, entornando los ojos dorados con atención.
—Te escucho.
—Mi esposo, James, saldrá a la terraza trasera en unos momentos a tomar aire fresco antes de que comience el discurso principal —explicó Selma con frialdad matemática, enfatizando cada palabra—. Tienes que estar oculto entre los pinos que bordean el sendero del jardín de invierno. Él estará solo.
Diego metió la mano bajo su chaqueta, rozando la empuñadura de una pesada daga de plata, y arqueó una ceja.
—La penumbra es densa a esta hora, Selma. No quiero equivocarme de objetivo y armar un escándalo antes de tiempo.
—No habrá errores si me escuchas con atención —lo interrumpió ella, sujetándolo del brazo con fuerza impredecible para una mujer de su alcurnia—. James es inconfundible esta noche. Lleva una camisa blanca de seda y sobre ella una chaqueta de terciopelo borgoña con botones dorados. Nadie más en la mansión viste de esa manera. Busca la chaqueta borgoña en la oscuridad. En cuanto lo veas salir a la penumbra del sendero, atacas.
Diego contempló la mirada desquiciada de Selma durante unos segundos. Una sonrisa lenta y oscura se extendió por los labios del paria, fascinado por la sangre fría de la mujer.
—Una chaqueta borgoña sobre camisa blanca... Entendido —murmuró Diego con un tono grave—. Cuando ese terciopelo se tiña de rojo, el heredero habrá caído y el caos será tuyo.
—Hazlo rápido y no dejes rastro —ordenó Selma, soltándolo y ajustándose el chal sobre los hombros—. Cuando la fiesta termine, el imperio Smith habrá cambiado de manos para siempre y lograré casarme con Jacob.
Sin esperar respuesta, Selma dio media vuelta y salió del cobertizo, regresando con paso firme y la barbilla en alto hacia el calor del salón principal, lista para reincorporarse a la fiesta y ver cómo se cerraba la trampa que había diseñado.