El amor que nunca olvidó
Un encuentro en la infancia bastó para que Elara Bauman se convirtiera en el recuerdo que Alessandro Vescari jamás pudo abandonar, año tras año la observo de lejos.
Pero años después, el destino vuelve a ponerla en su camino. Él es un hombre poderoso, acostumbrado a conseguir todo lo que desea; ella, una joven independiente que no está dispuesta a dejarse dominar por nadie.
Alessandro está decidido a conquistarla, pero detrás de su mirada intensa y su necesidad de tenerla cerca se esconde un pasado que nunca logró superar. Elara desafiará sus límites, pondrá a prueba su paciencia y despertará sentimientos que él creía imposibles de controlar.
Entre secretos, tensión, celos y una atracción difícil de ignorar, ambos descubrirán que reencontrarse no significa tener una segunda oportunidad garantizada.
Él llevaba años esperándola. Ella jamás imaginó ser el centro de su mundo. Pero ¿podrá el hombre que siempre quiso tenerlo todo aprender a amar sin poseer, y la mujer que teme perder su libertad atreverse a entregarle el corazón.
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Una visita inesperada
El sábado por la mañana, Elara llegó a la cafetería poco antes de las ocho. El lugar todavía estaba tranquilo y apenas comenzaban a llegar los primeros clientes. Se puso el uniforme, recogió su cabello y comenzó su jornada como cualquier otro fin de semana.
No le molestaba trabajar. Al contrario, había terminado acostumbrándose a combinar sus estudios con aquellas horas en la cafetería. El dinero que ganaba no era demasiado, pero ayudaba a cubrir algunos gastos de la casa y le permitía no depender completamente de sus padres.
Mientras atendía una mesa, recordó la cena de la noche anterior. La conversación con Alessandro seguía rondándole la cabeza, especialmente aquella pregunta que ella misma había hecho y de la que después se había arrepentido.
No sabía por qué había querido saber si le gustaba.
Intentó apartar el pensamiento y continuó trabajando.
Cerca del mediodía, la puerta de la cafetería se abrió.
Elara levantó la mirada y se quedó quieta por un instante.
Alessandro entró con la misma tranquilidad con la que parecía hacer todo. No parecía sorprendido de verla allí. Tampoco necesitaba preguntar si estaba trabajando. Ya lo sabía.
Ella se acercó cuando tuvo un momento libre.
—¿Qué haces aquí?
—Tomar café.
Elara lo miró con incredulidad.
—Hay cientos de cafeterías en la ciudad.
—Lo sé.
—Y elegiste esta.
—También lo sé.
Ella negó con la cabeza y regresó a la barra.
Alessandro tomó asiento cerca de la ventana. No intentó acercarse nuevamente ni interrumpió su trabajo. Simplemente permaneció allí, observándola de vez en cuando mientras revisaba algunos documentos que había llevado consigo.
Cuando Elara tuvo un descanso, se acercó.
—¿Vas a quedarte mucho tiempo?
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto tardes en terminar.
Ella soltó una pequeña risa.
—No tienes que esperarme.
—No estoy esperando.
—Claro.
Alessandro levantó la mirada.
—¿Te molesta que esté aquí?
Elara dudó.
—No. Me sorprende.
—¿Por qué?
—Porque ayer apenas nos despedimos y hoy apareces en mi trabajo.
Alessandro dejó los documentos sobre la mesa.
—Quería verte.
La respuesta fue tan sencilla que Elara no supo qué decir.
Cuando terminó su turno, encontró a Alessandro afuera. El automóvil estaba estacionado a unos metros de la entrada.
—Te dije que no tenías que esperarme.
—Y yo no dije que tuviera que hacerlo.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
Alessandro la miró.
—Quiero llevarte a casa.
—Puedo tomar el autobús.
—Lo sé.
—Entonces…
—Elara —la interrumpió con calma—, no estoy diciendo que no puedas hacerlo sola.
Ella sostuvo su mirada.
—A veces parece que sí.
Alessandro guardó silencio unos segundos.
—Tal vez tengo que aprender a no confundir preocuparme contigo con decidir por ti.
Aquello la tomó desprevenida.
—Eso sería un buen comienzo.
Él sonrió ligeramente.
—Sube.
Esta vez, Elara no discutió.
Mientras el automóvil avanzaba, ella miró por la ventana. No sabía qué estaba pasando entre ellos, pero comenzaba a notar que Alessandro buscaba cualquier oportunidad para formar parte de su vida.
Y aunque todavía no estaba segura de querer permitirlo, tampoco podía negar que su presencia empezaba a importarle.