Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.
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Capítulo 21
Capítulo 21: Tómame de la mano
Ximena extendió el rebozo sobre el escritorio y lo alisó con las dos palmas, de la orilla al centro, como se alisa una sábana en una cama que no es tuya.
—De bolita —dijo—. Fíjense en los puntitos. No es bordado. Es el tinte. Amarran el hilo antes de teñirlo, y donde amarran, el color no entra.
Treinta cabezas se inclinaron hacia adelante. Eran las cinco y veinte.
—Una mujer en la calle, en el siglo dieciocho, llevaba esto y todo el mundo sabía de dónde era, cuánto había pagado y a quién le rezaba. La ciudad se acordaba de ella por la tela. Para el jueves: tres páginas. Una prenda que su familia no ha tirado y por qué.
Se oyó el ruido de las mochilas. En la última fila, un hombre que no era alumno levantó la mano.
Ximena lo había visto entrar a las cuatro con un abrigo azul marino y un portafolio de piel. Había tomado notas en una libreta de pasta dura sin mirar el celular ni una vez. Unos treinta años. Lentes de armazón delgado. Cara de biblioteca.
—Disculpe, doctora Oropeza. Nada más una cosa. —Se puso de pie—. Eso que dijo, que la ciudad se acordaba por la tela. En los inventarios de bienes de difuntas del siglo dieciocho hay rebozos que valen más que la cama. ¿Usted cree que la memoria de una ciudad se guarda mejor en lo que la gente se pone que en lo que construye?
Ximena se quedó con el rebozo a medio doblar. Era la mejor pregunta que le habían hecho en todo el semestre.
—Creo que se guarda en lo que la gente no quiere soltar. A veces es una iglesia. Casi siempre es una tela.
Él sonrió, satisfecho, como si ella le hubiera confirmado algo, y se volvió a sentar a esperar que el salón se vaciara.
Ya en el pasillo, con el rebozo en la bolsa y los últimos alumnos bajando la escalera, él la alcanzó.
—Tomás Arenal. Del CEMU. —Le tendió la mano—. Creo que su tía le dio mi número.
Ahí estaba. La tía Chayo, la semana pasada, con un papelito doblado en cuatro metido en la bolsa de Ximena junto con unos tamales: un muchacho decente, mija, investigador, de tu mundo. Ximena le había escrito al día siguiente un mensaje amable y claro. Muchas gracias, pero no.
—Me lo dio. Y le contesté.
—Me contestó. —Tomás se puso un poco rojo de las orejas—. Y lo respeto. Pero leí su artículo de los obrajes de Puebla y quería conocerla aunque fuera una vez. El registro de visitantes dice que las clases son abiertas. No quise incomodarla.
—No me incomodó. Lo de los inventarios fue muy bueno. —Lo dijo en serio, y se notó—. Casi nadie ve eso.
Bajaron juntos los escalones del edificio de Historia. Él hablaba poniendo cada palabra en su sitio, y a Ximena le dio gusto hablar de telas con alguien que no bostezaba. En la reja de la entrada, Tomás se detuvo.
—Si algún día quiere que platiquemos de archivos, como colegas. Solo eso. Amigos, si se puede.
Ximena miró el reloj. Las cinco y cuarenta. Ella nunca salía tarde. Y del otro lado de la calle, bajo los fresnos, había una camioneta oscura con el motor apagado y un hombre adentro que llevaba diez minutos sin moverse.
—Mi novio viene por mí —dijo.
Tomás siguió la dirección de su mirada.
—Entonces sí existe. —Se rio un poco, sin amargura—. Su tía dijo que era un pretexto.
La puerta de la camioneta se abrió. Leonardo cruzó la calle sin prisa, con el saco cerrado y la cara de las juntas de consejo. Llegó hasta ellos y le tendió la mano a Tomás antes de que nadie dijera nada.
—Leonardo Aldama. Su novio.
Tomás tardó medio segundo. Ximena vio el momento exacto en que ubicó el apellido: los ojos se le fueron al saco, al reloj, a la camioneta.
—Tomás Arenal, del CEMU. Mucho gusto. —Le estrechó la mano y se volvió hacia ella—. En diciembre tenemos un seminario sobre memoria urbana. Si le interesa, le mando la invitación.
—Con gusto —dijo Ximena. Educada. Un paso más cerca de Leonardo que de él.
Tomás se despidió con una inclinación de cabeza y se fue caminando hacia Miguel Ángel de Quevedo. Dos alumnas que salían por la reja se quedaron mirando al hombre alto junto a la maestra y siguieron, cuchicheando.
En la camioneta, Leonardo no arrancó. La sonrisa que había traído puesta para Tomás se le fue quitando como se quita un saco.
—Hasta los del CEMU vienen a buscarte.
—Es un colega.
—Un colega que te espera a la salida.
—Mi tía me dio su número. Yo le dije que no. —Se abrochó el cinturón—. Por escrito.
Él se quedó viendo el volante.
—Vamos hoy mismo con tu tía. Ahorita. Que sepan.
—Leonardo.
—Así ya no te manda a nadie.
—No. —Ximena se giró en el asiento—. Así no. Es mi tía. No quiero que se entere porque te dio un berrinche en la puerta de mi trabajo. Necesita que se lo diga yo, sentada, con tiempo.
—¿Otra vez después? —Lo dijo muy bajo—. ¿O te pareció que él no estaba mal?
A Ximena se le subió el calor a la cara de un solo golpe.
—¡Lo que siento por ti no ha cambiado ni un día! ¡Ni uno! ¿Me oíste?
El eco de su propia voz se quedó dentro de la camioneta. Leonardo no contestó. Ella se miró las manos. Tenía los nudillos blancos sobre la correa de la bolsa.
La verdad era otra y lo sabía. No era la tía la que no estaba lista. Era ella, que llevaba tres semanas imaginando la cara de la tía Chayo al oír el apellido Aldama, y cada vez que la imaginaba se echaba para atrás.
—Tienes razón en algo —dijo al fin—. Debí decirles antes. Me da miedo que se decepcione. Eso es todo.
Él soltó el aire por la nariz. Encendió el motor.
No fueron a Higuera. Dio la vuelta por Avenida México y se metió por una calle junto a los Viveros, larga y sin gente, con árboles de los dos lados que ya tapaban lo que quedaba de luz. Estacionó. Apagó el motor.
Y antes de que ella preguntara qué hacían ahí, le puso una mano en la nuca y la besó.
No fue como en su sala, con la veladora. Fue un beso con coraje adentro, de los que cobran algo.
Le sostuvo la nuca sin apretar y no la soltó hasta que a ella se le acabó el aire y tuvo que agarrarse de su camisa para no irse de lado.
Cuando se separaron, él tenía la frente pegada a la suya y respiraba como después de un combate.
—Habla tu idioma —dijo—. Lee tus libros. Tiene casi tu edad. Sabe lo que es un obraje. —Tragó saliva—. ¿Y si alguien mejor te encuentra?
Ximena se quedó quieta. Nunca le había oído esa voz. Ni bajo la lluvia. Era la voz de alguien que acaba de decir lo único que no quería decir.
—Leo…
—Quiero que tú me beses. —La miró desde muy cerca—. Tú. Para saber.
—¿Qué más da quién besa a quién?
Pero ya se estaba inclinando. Le besó la boca, despacio, para que se le quitara el coraje. Luego la orilla de la quijada. El lóbulo de la oreja, y lo sintió contener el aire. Bajó al cuello, donde el pulso le brincaba contra sus labios.
Con dedos que no estaban tan firmes como ella quería, le desabrochó el primer botón de la camisa y dejó la mano abierta sobre la clavícula, piel contra piel.
—Mi corazón solo corre por ti —le dijo ahí, contra el cuello—. Tonto.
Él cerró los ojos. Luego bajó la cabeza y le besó la clavícula a ella, por encima del escote del suéter, una vez, largo, y se quedó ahí hasta que Ximena sintió un pinchazo tibio. Cuando se apartó, había una marca rosada sobre el hueso.
—Leonardo Aldama. —Ella se la tocó con la yema de los dedos—. Tengo clase mañana a las ocho.
—Usa bufanda.
Ximena se acomodó el suéter. Luego, muy seria, le abrochó el botón de la camisa que ella misma había soltado, y le alisó el cuello con las dos palmas, de la orilla al centro.
—La próxima vez no te escondas en el carro a celar. Diez minutos ahí sentado, viéndome por el vidrio. —Le dio un golpecito en el pecho—. Ven, tómame de la mano y di que soy tuya.
Él se rio. Por fin. Esa risa corta por la nariz que casi nunca dejaba salir. Le tomó la mano y entrelazó los dedos con los de ella, uno por uno.
—Trato hecho.
La dejó en Higuera a las siete y media y esperó abajo hasta que ella prendió la lámpara de la sala.
Ximena dejó la bolsa en el sillón. Se miró la clavícula en el espejo del pasillo y se rio sola. Todavía tenía la sonrisa puesta cuando el celular vibró en la bolsa.
Un audio. De la tía Chayo.
Lo puso en altavoz.
—Mija, ven a cenar el miércoles. —De fondo se oía la tele y un ladrido agudo—. Tengo un plan buenísimo para tu prima.