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LA DEBILIDAD DEL CEO

LA DEBILIDAD DEL CEO

Status: En proceso
Genre:CEO / Romance / Romance de oficina
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: FOAR

Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.

Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.

Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.

Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…

ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.

NovelToon tiene autorización de FOAR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: DEMASIADO CERCA

A las doce y treinta del mediodía, Valentina cerró su computador.

Había intentado convencerse de que aquel almuerzo no significaba nada.

Era simplemente una comida de trabajo.

Eso era todo.

O al menos eso se repetía.

Tomó su bolso y se acercó a la oficina de Maximiliano.

—Señor Blackwood.

—Pase.

Entró.

Maximiliano estaba de pie junto al ventanal, hablando por teléfono.

—Lo revisaremos mañana —dijo antes de colgar.

Se giró hacia ella.

—¿Lista?

—Sí.

—Vamos.

Valentina lo siguió hasta el ascensor.

Durante el trayecto ninguno dijo una palabra.

Pero el silencio no era incómodo.

Era diferente.

Demasiado consciente.

Cuando las puertas se abrieron, caminaron hacia el estacionamiento.

Valentina se detuvo al ver el automóvil de Maximiliano.

—¿Vamos en su carro?

—Sí.

—Podía pedir un taxi.

Él la miró.

—Es mi almuerzo.

—Lo sé.

—Entonces venga.

Valentina respiró profundamente y subió.

El restaurante estaba ubicado en una de las zonas más elegantes de Medellín.

Al entrar, varios empleados reconocieron inmediatamente a Maximiliano.

—Buenas tardes, señor Blackwood.

—Buenas tardes.

Los condujeron hasta una mesa privada.

Valentina tomó asiento frente a él.

—Es un lugar bonito.

—Vengo algunas veces.

—¿Con clientes?

—Principalmente.

Ella sonrió.

—Entonces espero no arruinarle la estadística.

Maximiliano soltó una pequeña risa.

—No creo que pueda hacerlo.

Valentina lo miró sorprendida.

Él tomó el menú.

—¿Qué?

—Nada.

—Me está mirando.

—Porque acaba de reírse.

Maximiliano levantó la vista.

—¿Y?

—Nunca lo había escuchado.

—¿Tan serio parezco?

Valentina sonrió.

—Un poco.

—¿Solo un poco?

—Bastante.

Él dejó el menú sobre la mesa.

—¿Y usted siempre habla así con sus jefes?

—No.

—¿Entonces?

—Usted me preguntó.

Maximiliano sonrió.

Aquella mujer tenía una manera de responderle que nadie más se atrevía a utilizar.

Y, extrañamente, le gustaba.

Pidieron el almuerzo.

Durante los primeros minutos hablaron de trabajo.

Hasta que Maximiliano cambió de tema.

—¿Siempre ha vivido en Medellín?

—Sí.

—¿Familia?

Valentina levantó la mirada.

—¿Eso también es parte de la entrevista?

—No.

—Entonces sí. Mi familia vive aquí.

—¿Son muchos?

—No. Mis padres y mi hermano menor.

—¿Y usted?

—Yo vivo sola.

Maximiliano asintió.

—¿Le gusta?

—Mucho.

—¿La independencia?

—La tranquilidad.

Él la observó.

—¿Y qué hace cuando no trabaja?

Valentina sonrió.

—Leo.

—¿Novelas?

—Principalmente.

—No parece el tipo de persona que lee novelas.

Ella arqueó una ceja.

—¿Y qué tipo de persona parezco?

Maximiliano se quedó pensando.

—Alguien demasiado organizada para perderse en una historia.

Valentina soltó una carcajada.

—Se equivoca completamente.

—¿Sí?

—Me encantan las historias.

—¿De amor?

Ella lo miró.

—Algunas.

—¿Cree en el amor?

La pregunta salió de la boca de Maximiliano antes de que pudiera detenerla.

Valentina bajó ligeramente la mirada.

—Sí.

—¿Aunque nunca haya encontrado a la persona correcta?

—No creo que haya que dejar de creer solo porque todavía no ha llegado.

Maximiliano permaneció en silencio.

Ella levantó los ojos.

—¿Y usted?

—¿Yo qué?

—¿Cree en el amor?

Él tomó su vaso de agua.

—Nunca he tenido tiempo para pensarlo.

Valentina sonrió.

—Eso no significa que no crea.

—¿Siempre analiza todo?

—Es parte de mi trabajo.

—Esto no es trabajo.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Valentina sintió que algo cambiaba.

Una mirada.

Un silencio.

Una tensión que ninguno de los dos había provocado intencionalmente.

El camarero llegó con los platos y rompió el momento.

Ambos apartaron la mirada.

Después del almuerzo, caminaron hacia el automóvil.

—Gracias —dijo Valentina.

—¿Por qué?

—Por invitarme.

—No tiene que agradecerme.

—Aun así.

Maximiliano abrió la puerta para ella.

Valentina se quedó quieta un segundo.

—¿Qué?

—Nada.

Subió.

Él cerró la puerta.

Cuando llegó al otro lado, se sentó al volante.

Durante el regreso, Valentina miró por la ventana.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Sí.

—¿Por qué me invitó?

Maximiliano permaneció en silencio.

No podía decirle la verdad.

Ni siquiera estaba seguro de saber cuál era.

—Porque quería conocerla mejor.

Valentina giró lentamente la cabeza.

—¿Como empleada?

Él la miró durante un instante.

—No solamente.

El corazón de Valentina dio un pequeño salto.

Apartó la mirada.

—Entiendo.

Pero no entendía.

Y Maximiliano tampoco.

Cuando llegaron al edificio, Valentina bajó primero.

Antes de entrar, se giró hacia él.

—Señor Blackwood.

—¿Sí?

—Creo que hoy descubrí algo.

—¿Qué?

Ella sonrió.

—Que no es tan serio como parece.

Maximiliano apoyó una mano sobre la puerta del automóvil.

—Y yo descubrí algo sobre usted.

—¿Qué?

—Que es mucho más difícil de ignorar de lo que pensé.

Valentina se quedó inmóvil.

Maximiliano sostuvo su mirada.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Finalmente, él apartó los ojos.

—Tenemos una reunión en veinte minutos.

Valentina reaccionó.

—Cierto.

Entró al edificio.

Pero mientras caminaba hacia el ascensor, una pregunta no dejaba de darle vueltas en la cabeza.

¿Qué había querido decir Maximiliano con aquello?

Y por primera vez desde que comenzó a trabajar para él, Valentina sintió que la respuesta podía cambiarlo todo.

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