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El Peso De Las Sombras

El Peso De Las Sombras

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Romance de oficina
Popularitas:37
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.

Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: EL PESO DE LA HERENCIA

Gabriel caminó con paso medido hacia la cortina de terciopelo que daba al almacén trasero. Elena sintió que el pulso le retumbaba en los oídos; si el detective cruzaba ese umbral y encontraba a Damián, ambos saldrían de allí encadenados por complicidad en el homicidio de Julián.

—Inspector —dijo Elena, alzando la voz con una firmeza que no sabía que poseía—. Si va a registrar mi propiedad sin una orden judicial, le exijo que llame a mi abogado ahora mismo.

Gabriel se detuvo con la mano a pocos centímetros de la cortina. Giró la cabeza despacio, observándola con una ceja levemente alzada.

—No estoy registrando, señorita Marín. Estoy protegiéndola —dijo él, aunque su tono denotaba que no creía una sola palabra de lo que estaba ocurriendo en esa habitación—. Pero tiene razón. Los procedimientos deben respetarse. Mañana a primera hora se llevará a cabo la lectura del testamento preliminar de Julián Valdés en la sede del bufete institucional. Como prometida y principal beneficiaria en los borradores de la fundación, se requiere su presencia.

—Iré —asintió Elena, manteniendo la postura.

Gabriel retiró la mano de la cortina, guardó el gemelo de plata en una bolsa de plástico para evidencias dentro de su gabardina y caminó hacia la puerta principal. Antes de salir a la noche lluviosa, se detuvo en el umbral y miró hacia atrás.

—Un consejo de profesional, Elena: las personas que regresan de la muerte rara vez lo hacen para salvar a nadie. Suelen volver para asegurarse de que los vivos paguen las deudas pendientes. Nos vemos a las nueve de la mañana.

La puerta se cerró con un chasquido seco. Elena corrió a echar el cerrojo y esperó a escuchar el motor de la patrulla alejarse por la calle antes de soltar el aire que tenía reprimido en los pulmones.

Caminó apresuradamente hacia la trastienda y apartó la cortina de terciopelo.

—Damián, ya se fue...

El almacén trasero estaba vacío. La puerta metálica de la salida de incendios estaba entreabierta unos centímetros, dejando entrar el silbido helado del viento nocturno. Damián había escapado a través del callejón antes de que Gabriel pudiera acorralarlo.

Puntual a las nueve de la mañana, Elena ingresó a la sala de conferencias del bufete Valdés & Asociados, ubicada en el piso veinticuatro de la torre financiera de la ciudad. Las paredes de cristal blindado ofrecían una vista panorámica de la metrópoli nublada. En el centro de la mesa de caoba, los abogados de la familia revisaban legajos de papel timbrado.

En la cabecera de la mesa, vistiendo un traje negro impecable y flanqueada por dos asesores jurídicos, se encontraba la madre de Julián, la matriarca Victoria Valdés. Su rostro era una máscara de piedra tallada; la muerte de su hijo mayor no había suavizado la frialdad aristocrática que la caracterizaba.

—Llegas tarde, Elena —dijo Victoria sin ofrecerle el pésame ni mirarla a los ojos—. Supongo que los interrogatorios policiales consumen mucho de tu valioso tiempo.

—Señora Valdés, lamento su pérdida... —comenzó Elena.

—Ahorrémonos las condolencias de utilería —interrumpió la anciana, haciendo una seña al notario principal para que iniciara la sesión.

El notario aclaró la garganta, ajustó sus anteojos y abrió el expediente con sello de cera.

—Estamos aquí para dar lectura a la última actualización del testamento y fideicomiso de don Julián Valdés, registrada cuarenta y ocho horas antes de su deceso.

Durante diez minutos, el notario enumeró las propiedades secundarias, los vehículos y las obras de arte menores destinadas a fondos benéficos. Sin embargo, al llegar al apartado de los activos principales de la corporación y las cuentas bancarias internacionales, el abogado hizo una pausa incómoda, mirando de reojo a la matriarca.

—Paso a leer la cláusula novena —continuó el notario con voz temblorosa—. "El paquete accionario equivalente al cincuenta y uno por ciento de Valdés Holdings, así como la propiedad absoluta del inmueble de la Galería Central y la custodia de la colección privada de pintura clásica, pasarán a ser propiedad única e irrestricta de doña Elena Marín..."

—¡Esto es una aberración! —gritó Victoria, poniéndose de pie de golpe y golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Esa mujer es una advenediza! ¡Un peón que mi hijo recogió de un taller de mala muerte! ¡Exijo una impugnación por manipulación e incapacidad mental inmediata!

En medio del caos y los gritos de los abogados de la familia, las puertas dobles de la sala de conferencias se abrieron de par en par.

Damián Valdés entró a la sala vistiendo un traje oscuro perfectamente a la medida, limpio, peinado y con una carpeta de piel bajo el brazo. Detrás de él, dos guardaespaldas privados se apostaron en la entrada.

—Tranquilízate, madre —dijo Damián con una sonrisa gélida mientras cruzaba la habitación ante el estupefacto silencio de los presentes—. Si vas a impugnar el testamento por incapacidad mental, tendrás que incluirme a mí en la demanda. Porque el otro cuarenta y nueve por ciento de las acciones no le pertenece a la corporación... me pertenece a mí.

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