Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.
Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...
Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.
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15
Lucia
Cuando llegamos, la noche comenzaba a caer sobre el horizonte. Cenamos algo ligero y luego subimos a la terraza del segundo nivel, donde el ambiente estaba mucho más animado: la gente bailaba, reía y disfrutaba de la música bajo las luces cálidas.
Esteban tenía la virtud de hacerme sentir alegre; a pesar de la sombra de tristeza que me perseguía, él lograba sacar a flote una felicidad que no experimentaba desde que desperté en aquella fría habitación de hospital.
—¡Ven, bailemos! —exclamó, tomándome de la mano para llevarme al centro de la pista.
El ritmo contagioso de la música me envolvió, permitiéndome soltar por un momento los recuerdos dolorosos. Me olvidé del mundo exterior y me concentré únicamente en el presente.
—¡Eso es, lo haces de maravilla! —me animó Esteban, haciéndome girar con destreza mientras bailábamos.
Sonreía francamente, disfrutando de cada segundo. Pasamos horas enteras en la pista, completamente desconectados de todo.
A lo lejos, los guardaespaldas de Carlos se mantenían alerta, observando cada uno de mis movimientos mientras murmuraban indicaciones por sus auriculares. Era obvio que Carlos estaba al otro lado de la línea exigiendo reportes constantes. Decidí ignorar su presencia y me entregué al baile.
Poco a poco, la cercanía con Esteban se fue volviendo más íntima, hasta que nuestros cuerpos quedaron prácticamente pegados al compás de la música.
El ritmo se tornó más lento y pausado, envolviéndonos en una atmósfera tan íntima que me provocó una sensación extrañamente familiar. No sabía por qué, pero al lado de Esteban me sentía plenamente segura... como si lo conociera de toda la vida. Aunque eso era imposible, pues no guardaba ningún registro de él en mi memoria perdida.
Después de bailar varias canciones, Esteban me guio hacia la barandilla de la terraza. Nos quedamos allí, descansando mientras contemplábamos las estrellas y el mar nocturno. El ambiente era cálido y embriagador. Esteban me entregó una bebida sin alcohol, manteniendo la atención constante que había tenido conmigo desde que nos conocimos, un detalle que me parecía sumamente tierno.
—Es un lugar hermoso, ¿verdad? —preguntó, contemplando el paisaje.
—No tienes idea de lo increíble que me parece... Es simplemente demasiado.
—Mi hermano hizo un trabajo impecable aquí. Le costó años de esfuerzo levantarlo —comentó Esteban con un matiz de orgullo y nostalgia.
—Pues todo ese sacrificio valió completamente la pena —dije, mirándolo a los ojos.
—¿Cuánto tiempo más te quedarás de vacaciones? —inquirió.
—Pues... déjame decirte que esta es mi última noche aquí —admití, desviando la mirada con pesar.
No quería marcharme; me sentía demasiado bien en este lugar. Pero Carlos había sido categórico al decir que este era el último día de nuestro viaje.
—Es una lástima que te vayas tan pronto —dijo Esteban, tomando mi mano con delicadeza. Un escalofrío me recorrió la espalda, una sensación nueva que aceleró mi pulso—. Me gustaría mucho que te quedaras un poco más... —añadió, acariciando el dorso de mi mano con su pulgar.
—A mí también me encantaría. Este lugar es increíble, y la gente que he conocido lo es aún más —respondí, fijando mi mirada en él.
Por un instante, vi en sus ojos una nostalgia enorme; me miraba como si estuviera despidiéndose de alguien profundamente importante. Se acercó a mí con lentitud. Dejé la bebida sobre la barandilla y sentí cómo su otra mano se posaba en mi mejilla para acariciarme con ternura.
—Lucía... ¿alguna vez te han dicho que cuando sonríes te ves como un ángel? —murmuró, y no pude evitar sentir un revoloteo de mariposas en el estómago.
Era la primera vez que alguien intentaba cortejarme de esta manera... Y no se sentía como los coqueteos torpes de la preparatoria; esto era diferente, profundo y real.
Nos quedamos mirándonos fijamente, sin romper el contacto visual, mientras la atmósfera a nuestro alrededor se volvía cada vez más íntima.
—Nunca nadie me había dicho algo así —contesté con una sonrisa tímida, sintiendo cómo el rubor me quemaba las mejillas.
—Pues déjame decirte que eres un ángel: hermosa, tierno, tan pura y llena de una luz que transmite una paz increíble. No te imaginas todo lo que pasaba por mi cabeza anoche, justo antes de que tropezaras conmigo... Fue como si te hubieras cruzado en mi camino para salvarme.
Sonreí, y él acortó aún más la distancia entre los dos.
—Sonará completamente absurdo, y sé que lo es, porque nadie dice estas cosas tras conocerse un par de días... pero me gustas, Lucía. No sé cómo explicar con palabras lo que me haces sentir.
Su aliento cálido rozaba el mío y su nariz rozó suavemente la mía. Nuestras miradas seguían conectadas y sentía que el corazón me iba a estallar en el pecho.
—Me gustas demasiado, Lucía.
Entonces, cortó el último espacio que nos separaba. Sus labios se unieron a los míos con suma dulzura, en un beso suave que me dejó sin aliento, haciendo que las mariposas en mi estómago se multiplicaran.
De repente, un recuerdo violento irrumpió en mi mente: la imagen de Carlos besándome con brusquedad y agresividad. El choque emocional me descolocó por completo y me aparté de golpe para tomar aire, sintiendo cómo el miedo y la angustia me oprimían el pecho.
—Perdóname... —se disculpó Esteban de inmediato, alejándose un paso con timidez—. Sé que fue atrevido de mi parte confesarte esto y no estuvo bien besarte así sin tu consentimiento...
Sentí un nudo en el estómago. Saber que con Carlos no había futuro, pero que besar a Esteban se sentía tan correcto y réparador, me generaba un conflicto enorme. Aun así, no podía sacar a Carlos de mi mente.
Sin embargo, tomé las manos de Esteban para detener su retirada. Sin darle tiempo a reaccionar, lo agarré del cuello de la camisa y lo traje de vuelta hacia mis labios. Él se tensó por una fracción de segundo antes de responder a mi beso, esta vez con una pasión contenida que rápidamente se volvió más intensa y profunda.
Sus manos acunaron mi rostro mientras yo pasaba las mías por detrás de su nuca para mantenerlo pegado a mí. El beso se volvía cada vez más ardiente, hasta que un dolor de cabeza punzante e insoportable me obligó a frenar de golpe.
Esteban se apartó un poco, mirándome con preocupación directamente a los ojos.
Esos ojos café claro... los mismos ojos que acababa de ver en un relámpago de memoria: la imagen de un hombre arrodillado frente a mí, sosteniendo una caja con un anillo de compromiso mientras me pedía matrimonio.
Me alejé un paso más para observarlo con claridad, mientras la verdad caía sobre mí como un jarro de agua fría. Sí, en mis recuerdos perdidos... era Esteban quien me estaba proponiendo matrimonio.
¿Cómo era posible?