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Estoy De Vuelta

Estoy De Vuelta

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños / Reencarnación
Popularitas:953
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

El mundo de Julián se desplomó el mismo día en que descubrió que la lealtad tiene un precio. Lo tenía todo: un imperio financiero en ascenso, la admiración de la alta sociedad y el amor de la mujer con la que planeaba pasar el resto de sus días. Pero la ambición ciega de su mejor amigo destruyó cada uno de sus logros en cuestión de meses. Traicionado, despojado de su fortuna y abandonado por su prometida.
Su final no tuvo ni un ápice de gloria. Murió solo, tirado en un callejón frío, ahogado con un mendrugo de pan duro mientras hurgaba entre los desperdicios para sobrevivir un día más. Pero la muerte no fue el final; fue la grieta que reescribió su destino.

Al abrir los ojos de golpe, el olor a basura y el dolor en la garganta desaparecieron. Frente a él, el reflejo del espejo de su antiguo pent-house le devolvió la mirada. Estaba tres años atrás, intacto. haría que cada traidor pagara el precio exacto de su ambición.

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CAPÍTULO 22: Un beso con sabor a verdad

La jornada en el centro histórico de la ciudad había concluido finalmente cerca de la medianoche.

El ambiente bullicioso de la plaza, sumergido en el bullicio habitual de comensales y caminantes nocturnos, comenzaba a ceder ante un silencio sereno y refrescante. Tras el intenso desafío del picante que había puesto a prueba el temple de Julián y la complicidad compartida entre risas genuinas, bromas ligeras y miradas que decían más que mil palabras, llegó el momento de recoger.

Julián, despojándose de cualquier actitud de etiqueta o vanidad aristocrática, se remangó la camisa de vestir y ayudó activamente a Jimena a asegurar las lonas de protección, guardar los utensilios de cocina y cerrar minuciosamente el remolque de "La Sazón de Jimena".

Aunque ella insistió en tomar el transporte público como de costumbre para no importunarlo, argumentando con esa independencia orgullosa que siempre la caracterizaba que estaba más que acostumbrada a esas horas, Julián no aceptó un no por respuesta. Desplazó su elegante sedán negro hasta la orilla de la acera y, con un gesto caballeroso y natural, abrió la puerta del copiloto para ella. El trayecto hacia el barrio de Jimena transcurrió en un silencio tibio, reparador y sumamente confortable, acompañado únicamente por el murmullo de una melodía suave en la radio a bajo volumen y el roce ocasional de sus miradas, que se buscaban y se encontraban de manera inevitable cada vez que el vehículo se detenía ante la luz roja de los semáforos.

Al llegar a la pequeña calle empedrada donde vivía Jimena, el vehículo detuvo su marcha suavemente frente a su casa de fachada sencilla y acogedora. Un viejo farol de luz ámbar, colgado en la esquina de la cuadra, iluminaba la entrada principal, proyectando sombras suaves, cálidas y alargadas sobre el asfalto gastado.

—Llegamos, Don Dinero —dijo Jimena con una sonrisa dulce y juguetona, desabrochándose lentamente el cinturón de seguridad—. Gracias por el aventón... y por aguantar la salsa de la casa sin salir huyendo como el resto de tus colegas trajeados.

—Gracias a ti, Jimena —respondió Julián en voz baja, apagando el motor del auto para dejar que el silencio de la noche los envolviera por completo. La penumbra del habitáculo se llenó de inmediato de una atmósfera íntima, casi magnética—. Tenía mucho tiempo, quizás años, sin sentirme así de en paz.

Jimena lo miró fijamente a los ojos, sintiendo que el corazón le daba un vuelco de emoción. Había algo en la postura relajada de Julián, en la intensidad transparente de su mirada y en la manera en que la contemplaba —como si ella fuera el único punto fijo y verdadero en medio de su caótico universo— que le aceleró el pulso de forma incontrolable. Sin prisas, disfrutando de cada segundo de ese instante suspendido en el tiempo, Julián bajó del automóvil, rodeó el capó y caminó para abrirle la puerta.

Al salir del vehículo, Jimena quedó a escasos centímetros de él. El aire nocturno traía una brisa fresca que agitaba ligeramente las hojas de los árboles cercanos, pero entre los dos la temperatura parecía elevarse gradualmente a cada segundo. El aroma del perfume de Julián, una mezcla refinada de madera y especias, se combinaba con la frescura nocturna del ambiente.

—Buenas noches, trajeado... —murmuró ella en voz muy baja, intentando romper el hechizo que amenazaba con paralizarla antes de que sus propias emociones la traicionaran por completo.

Julián no respondió con palabras. En lugar de eso, extendió la mano con una delicadeza infinita y tomó con suavidad el mentón de Jimena, acariciando con la yema del pulgar la tersura de su piel. Ella soltó un suspiro ahogado y cerró los ojos por un instante ante la calidez de ese contacto, rindiéndose sin reservas a la atracción inevitable que venía acumulándose en silencio desde el primer día en que sus caminos se cruzaron.

—No te vayas todavía —susurró Julián, acercándose un paso más hasta eliminar cualquier espacio o distancia entre sus cuerpos.

Con una pasión contenida que finalmente se desbordó tras días de contención, Julián la tomó firmemente por la cintura y la atrajo hacia sí, sujetándola con una mezcla perfecta de firmeza y ternura. Jimena enredó sus dedos entre el cabello de la nuca de él, sintiendo el calor acelerado de su aliento justo antes de que sus labios finalmente se encontraran en la penumbra.

El beso comenzó suave, pausado, casi como una pregunta vacilante o una súplica silenciosa de redención. Sin embargo, al sentir la respuesta cálida, húmeda y profundamente receptiva de Jimena, la paciencia reprimida de Julián se quebró por completo. Se transformó en un beso profundo, explícito y devorador, cargado de un hambre acumulada y de un deseo puro que les recorrió la columna vertebral como una descarga eléctrica. Julián entreabrió los labios de ella con la lengua, explorando su boca con una avidez apasionada, saboreando la mezcla imborrable del calor de la noche, la frescura de su piel y la verdad absoluta de su entrega.

Jimena gimió suavemente contra sus labios, pegando su pecho al de él y apretando sus hombros con fuerza instintiva. Sentir cómo el cuerpo firme y atlético de Julián temblaba ligeramente por la intensidad de la emoción le hizo comprender que ese hombre potente, multimillonario y astuto, acostumbrado a dominar corporaciones y mercados implacables, estaba completamente vulnerable en sus manos. Él no la besaba como el presidente de un imperio financiero; la besaba como un hombre desnudo de títulos, como alguien que había encontrado su único y verdadero refugio sobre la tierra.

Las manos de Julián descendieron lentamente por la espalda de Jimena, amoldándola contra su cuerpo en un abrazo posesivo, cálido y ansioso. Cada caricia sobre su piel era una declaración tácita: el recuerdo amargo de la traición de Isabella, el veneno de la codicia de Marcos y todas las sombras oscuras de su vida pasada se borraban para siempre ante la fuerza invencible de esa mujer de carne, hueso y verdad.

Cuando finalmente se separaron apenas unos milímetros para tomar aire, sus frentes permanecieron unidas, respirando agitadamente en medio de la penumbra de la calle. Los labios de Jimena lucían enrojecidos y húmedos por la intensidad del beso, y sus ojos oscuros brillaban con una devoción y una ternura sin reservas. Julián le acarició la mejilla con suma delicadeza, rozando sus labios una vez más en un beso corto, tibio y dulce sobre la comisura de su boca.

—Te amo, Jimena —confesó Julián con la voz rasposa y quebrada por la emoción, pronunciando por primera vez en ambas vidas una verdad que le nacía desde lo más profundo del alma—. Y no hay nada ni nadie en este mundo que vaya a cambiar lo que siento por ti.

Jimena lo miró a los ojos, sintiendo que las lágrimas de una felicidad inmensa le cristalizaban la mirada. Le sonrió con esa autenticidad desarmante que a él tanto lo fascinaba y le dio un pequeño y afectuoso apretón en las manos.

—Yo también, trajeado... —susurró ella con el corazón desbordado de amor—. Yo también te amo.

Bajo la luz dorada y protectora del viejo farol, mientras Jimena caminaba despacio hacia su puerta y giraba una última vez para regalarle una Sonrisa luminosa antes de entrar, Julián supo con absoluta certeza que la venganza ya no era el motor principal de sus días. La verdadera y definitiva victoria de su renacimiento no consistía en ver caer a sus antiguos enemigos, sino en haber encontrado el amor verdadero en la sencillez de una acera iluminada.

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Maria Cristina Roldan Rodam
aparenta ser muy interesante
Isa Yguaro: Espero que sea de su agrado. Si tiene alguna sugerencia, la recibiré con gusto.
total 1 replies
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