Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 21: El Primer Beso
Tras una pausa eternizada por la sorpresa, Ricardo recuperó finalmente el aliento. Rompiendo la parálisis que lo mantenía inmóvil, ofreció su brazo doblado a Renata con una caballerosidad impecable. Sus ojos oscuros, sin embargo, no perdieron ni un solo segundo la intensidad con la que la contemplaban.
—Se lo dije esta mañana en la nota, pero me quedé corto —murmuró él con una voz grave que vibró directamente en el pecho de Renata—. Está usted increíblemente hermosa.
Un rubor ardiente tiñó de inmediato las mejillas de ella. Renata bajó levemente la mirada, acomodando sus dedos sobre el saco de Ricardo con cierta timidez. El tacto de la tela fina y la firmeza del brazo del empresario le enviaron un calambre de electricidad por todo el cuerpo.
—Muchas gracias, señor Del Solar —respondió ella en un murmullo penas audible—. Aunque sigo pensando que todo esto es demasiado...
—No hay nada de demasiado en esto, Renata —la interrumpió él, guiándola con paso firme hacia la entrada del ostentoso salón—. Es exactamente lo que merece.
Al cruzar las puertas de cristal, la majestuosidad de la velada los envolvió por completo. Lámparas de araña iluminaban el recinto, donde la crema y nata del mundo empresarial conversaba entre copas de champán y melodías suaves interpretadas por una orquesta en vivo. A lo largo de las primeras horas, Ricardo cumplió con las interacciones diplomáticas de su puesto, pero su atención jamás estuvo del todo en los negocios. En cada conversación, en cada brindis, sus ojos regresaban inevitablemente a Renata, quien permanecía a su lado ofreciendo intervenciones oportunas, memorizando nombres y demostrando una prestancia que dejó maravillados a más de un socio.
Conforme la noche avanzaba, el ambiente formal se relajó. Las luces bajaron levemente su intensidad y la orquesta comenzó a tocar una pieza lenta, envolvente y melancólica. Ricardo rechazó amablemente una copa que le ofrecía un camarero, giró sobre sus talones y extendió una mano hacia su asistente.
—¿Me concedería esta pieza? —preguntó mirándola directamente.
Renata dio un leve paso hacia atrás, sorprendida por la petición.
—Señor... no creo que sea buena idea. Tengo años que no bailo —admitió con una risita nerviosa, cruzando las manos frente a su vestido.
Ricardo no retiró la mano. Al contrario, dio un paso corto hacia ella, acortando la distancia hasta que su rostro quedó a apenas centímetros de su rostro. Inclinó la cabeza y le susurró cálidamente al oído, dejando que su aliento tibio le erizara la piel del cuello:
—Yo también... pero con usted quiero recordar cómo se hace.
El corazón de Renata dio un vuelco violento. Sin poder articular una negativa, deslizó su mano sobre la de él. Ricardo la guió despacio hacia el centro de la pista de baile, donde la multitud parecía disiparse a su alrededor.
Al colocarse en posición, él rodeó la cintura de Renata con una firmeza protectora, mientras ella apoyaba la mano en su hombro. Comenzaron a moverse al ritmo pausado de la música. En ese abrazo contenido, entre el roce de sus cuerpos y la cercanía de sus miradas, ambos descubrieron algo innegablemente especial: una sintonía perfecta, un refugio donde el dolor del pasado, las mentiras y las presiones corporativas dejaban de existir. La química entre los dos era tan evidente que varios presentes los observaban con admiración y un murmullo de curiosidad.
Cuando la melodía llegó a su fin, Ricardo no la soltó de inmediato. Miró a través de los ventanales del salón y notó que el cielo nocturno estaba despejado, cuajado de estrellas brillantes sobre el paisaje de los jardines de la mansión donde se celebraba la gala.
—Hace demasiado calor aquí dentro —comentó él sin romper el contacto visual—. El jardín tiene una colección de rosas espectacular y la noche está estrellada. ¿Me acompaña a dar una vuelta?
—Acepto —respondió Renata suavemente, sintiendo que la calma del exterior le sentaría bien para ordenar sus pensamientos desbocados.
Salieron a los senderos de piedra iluminados por faroles tenues. El aire fresco de la noche traía consigo el aroma dulce de las flores. Caminaron despacio, con las copas de vino que habían tomado del bar, alejándose del murmullo de la fiesta. Allí, bajo la inmensidad del firmamento, las barreras del trabajo terminaron de ceder. Hablaron de todo: de las cicatrices que dejan las malas decisiones, de la soledad que ambos habían experimentado en sus respectivas etapas, de la vida, de los hijos y del amor como un concepto que ambos creían extinto.
—Pensé que después de todo lo que viví con Fernando, mi corazón se había quedado congelado para siempre —confesó Renata en un momento de vulnerabilidad, dando un sorbo a su copa mientras contemplaba un rosal blanco.
—Yo pensaba lo mismo hasta que la vi entrar a mi oficina el primer día —respondió Ricardo con una honestidad desarmante.
Renata se giró para mirarlo, impactada por sus palabras. En ese instante, Ricardo dejó su copa sobre una pequeña mesa de hierro forjado y tomó la de ella para colocarla en el mismo lugar. Dio dos pasos al frente, acorralándola suavemente contra la sombra de un arco cubierto de enredaderas.
La cercanía se volvió abrumadora. La luz de la luna recortaba las facciones decididas de Ricardo, quien la miraba con una devoción que a Renata le cortó el aliento. Ella quedó completamente paralizada, sintiendo cómo el pulso le retumbaba en los oídos.
—Señor.... no... —alcanzó a murmurar en un hilo de voz, intentando poner las manos sobre el pecho de él para frenar lo inevitable.
Él no retrocedió. Con una lentitud calculada y llena de ternura, inclinó el rostro, buscando sus labios. Renata ladeó levemente la cabeza, intentando evitar el beso por miedo a la tormenta de emociones que se avecinaba, por el temor a enamorarse y salir lastimada otra vez. Pero Ricardo, intuyendo su duda, posó la mano en su mejilla, sujetándola con una delicadeza infinita mientras sus labios finalmente encontraron los de ella.
El roce comenzó siendo un contacto suave, un suspiro de confirmación que disolvió cualquier resistencia. Renata, abrumada por la calidez, la pasión contenida y el respeto puro que emanaba de aquel hombre, cayó rendida. Sus defensas se desmoronaron por completo. Abrió los labios y correspondió el beso, rodeándole el cuello con los brazos mientras la noche estrellada atestiguaba el inicio de una historia que ninguno de los dos podría detener.
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.