Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 22
LA SOMBRA EN EL UMBRAL
El amanecer llegó pálido y frío, tiñendo de gris los pinos que rodeaban la cabaña. Katherine despertó primero, con la mano aún apoyada sobre el pecho de Leonardo, sintiendo su respiración lenta y profunda. Se quedó inmóvil un instante, saboreando la calma… hasta que algo la inquietó. Un crujido fuera. Un paso que no era el del viento entre las ramas.
Se incorporó despacio, sin hacer ruido. Leonardo abrió los ojos al instante, como si hubiera despertado con ella, y le puso un dedo sobre los labios. Algo había escuchado también.
—No te muevas —susurró él, casi sin voz—. Quédate aquí.
Se levantó con cuidado, se acercó a la ventana cubierta de polvo y miró hacia afuera. Lo que vio le heló la sangre. Dos hombres caminaban entre los árboles, mirando a su alrededor, con paso seguro. No buscaban al azar. Sabían que estaban allí.
—Nos encontraron —dijo, girándose hacia ella, con la mandíbula tensa—. Javier nos siguió.
—¿Cómo? —preguntó ella, acercándose, con el corazón a punto de estallar—. Nadie sabía de este lugar.
—Alguien sí —respondió él, amargo—. Y Javier Moncada tiene ojos en todas partes.
Golpes secos retumbaron en la puerta.
—¡Salgan! —gritó una voz desde afuera—. Sabemos que están ahí. No tienen a dónde ir.
Leonardo la atrajo hacia un armario oculto tras un estante de madera, estrecho y oscuro.
—Quédate aquí. No salgas pase lo que pase. Si me llamas… no respondas.
—No —susurró ella, agarrándolo de la mano—. No me dejes sola.
—Te protegeré —le acarició el rostro con urgencia—. Pero si caemos los dos, la verdad muere con nosotros. Tienes que guardar el testamento. Tienes que entregarlo si no vuelvo.
Lo besó rápido, desesperada, y se escondió justo cuando la puerta se abría de golpe. Dos hombres entraron, grandes, de rostros duros, y detrás de ellos, apareció él: Javier Moncada. Impecable, tranquilo, con esa sonrisa amable que todo el mundo conocía, pero que ahora parecía una máscara demasiado apretada.
—Buenos días, Leonardo —dijo, mirándolo de arriba abajo—. Qué lugar tan pintoresco. Su padre amaba esconderse, ¿verdad? Y ahora tú.
—¿Qué quieres, Javier? —preguntó Leonardo, firme, interponiéndose entre él y el interior de la cabaña—. Ya sabes que lo sé todo. El testamento… la traición… la muerte de mi padre.
Javier soltó una risa suave, fría.
—Su padre era un hombre bueno. Demasiado bueno. No veía que el Grupo necesitaba a alguien con visión, con ambición. Yo construí la mitad de lo que hay. ¿Por qué debería ser todo tuyo?
—Porque era suyo. Y me lo dejó a mí —respondió Leonardo—. Tú lo robaste todo. Y le hiciste daño a la gente que amaba.
—Gente que no supo valorar lo que tenía —dijo Javier, dando un paso hacia él—. Dime dónde está Katherine. Y el papel. Entrégalos y te dejaré marchar.
—No vas a dejarme nada —dijo Leonardo—. No dejas a nadie marchar. Lo demostraste con el abogado.
Javier dejó de sonreír. Su rostro se endureció, revelando la frialdad que ocultaba.
—Está bien. Hagámoslo difícil. Buscadla —ordenó a los hombres—. Encontradla. Y traedme lo que lleva.
Los dos avanzaron. Leonardo se interpuso. El primero lo empujó con fuerza, pero Leonardo se abalanzó sobre él, golpeándolo con furia contenida durante años. El otro lo agarró por la espalda. Leonardo luchó, golpeó, pateó… pero eran dos. Lo derribaron al suelo, lo sujetaron con fuerza, y Javier se acercó despacio, arrodillándose a su lado.
—Eres valiente —dijo, casi con lástima—. Pero la valentía no basta. Dime dónde está.
Leonardo escupió a sus pies.
—Nunca.
Javier asintió lentamente.
—Como quieras. Pero ella está aquí. La encontraré. Y cuando lo haga… le mostraré lo que le espera a quien se enfrenta a mí.
Se levantó y empezó a caminar hacia el rincón donde estaba el escondite. Katherine, en la oscuridad, escuchaba cada latido, cada respiración. Quería salir, quería ayudarlo… pero sabía que si lo hacía, todo se perdía. Apretó el sobre de cuero contra su pecho, temblando.
De pronto, un ruido fuerte sacudió la puerta. Una voz nueva, firme, resonó afuera:
—¡Policía! Nadie se mueva.
Javier se giró pálido. Leonardo sonrió, con esfuerzo.
—Dejé una señal antes de llegar —dijo, con voz ronca—. Sabía que nos rastrearían. Avisé a quienes me ayudan.
Los hombres lo soltaron de golpe. Javier intentó salir por la puerta trasera, pero ya estaba bloqueada. Entraron los agentes, lo rodearon, y cuando lo esposaron, su mirada buscó a Leonardo, llena de veneno.
—Esto no termina aquí —amenazó—. Tengo aliados. No creas que ganaste.
—Ya gané —respondió Leonardo—. La verdad sale hoy a la luz.
Cuando se los llevaron, la cabaña quedó en silencio. Leonardo se levantó con dificultad, cojeando, con la boca ensangrentada, y abrió el escondite. Katherine salió corriendo y lo abrazó con fuerza, llorando, temblando.
—Pensé que te matarían… —sollozó—. Pensé que te perdería.
—Aquí estoy —la sostuvo, besándole la cabeza, las manos, el rostro—. Estoy bien. Y tú estás a salvo. Eso es lo único que importa.
Se quedaron así, abrazados, largo rato. El sol ya había subido, iluminando la habitación con luz clara, limpia. Leonardo la apartó un poco para mirarla a los ojos.
—Javier dijo que tiene aliados —recordó ella, con voz temblorosa—. ¿Crees que es verdad?
—Lo creo —admitió él, acariciándole la mejilla—. Pero no nos detendrá. Hoy presentaremos el testamento. Hoy limpiaremos mi nombre. Y sabremos de una vez quién está de nuestro lado.
—Y mi padre… —susurró ella—. ¿Qué pasará con él?
—Le diremos la verdad —respondió Leonardo—. Y esperaremos que nos crea. Lo demás… lo dirá el tiempo.
Salieron de la cabaña juntos, bajo el sol brillante de la mañana, tomados de la mano, con la verdad entre los dos y el futuro aún incierto, pero por primera vez… sin miedo a la oscuridad.