Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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EL VIAJE A VENECIA
Había llegado el momento de dejar atrás mi refugio tranquilo junto al mar. No era huida, ni prisa; era la certeza de que el mundo no se limita a lo que se ve desde una sola ventana. Con calma, abrí mi cofre de viaje y fui seleccionando lo necesario: ropas adecuadas para el clima de occidente, monedas de distintas regiones, mapas que había estudiado durante meses, y unos pocos objetos personales que me acompañaban siempre. No huía de nada; iba hacia algo que yo mismo había estado construyendo en silencio durante mucho tiempo. La información sobre Cecilia, aquella muchacha cuyo destino había decidido entrelazar con el mío, había llegado a mis manos hacía ya bastante tiempo. Sabía su nombre, su historia, en qué ciudad vivía, cómo era su vida. No era una sorpresa del destino; era un plan que yo había trazado paso a paso. Y ahora, por fin, había llegado el momento de ir a buscarla. No enviaría a nadie en mi lugar. Iba yo mismo.
Conmigo llevaba a los dos hombres más fieles que tenía: Hassan y Ali. Habían estado a mi lado desde los primeros días de mi retiro, hombres de pocas palabras pero de acciones firmes, que sabían escuchar sin preguntar y actuar sin dudar. No buscaban gloria ni riquezas; solo buscaban cumplir con lo que les había encomendado. Y así, al amanecer de un día claro, montamos nuestros caballos y nos alejamos de la costa, dejando atrás la pequeña casa que había sido mi refugio durante tanto tiempo. El camino hacia occidente era largo y fascinante. Atravesamos ciudades antiguas con mercados bulliciosos, cruzamos ríos caudalosos en barcas de madera, subimos y bajamos colinas desde donde se divisaban valles verdes y pueblos que parecían detenidos en el tiempo. Cada lugar que visitaba, cada lengua que escuchaba, cada costumbre que observaba, me enseñaba algo que ningún libro podía enseñarme. Conocer el mundo, pensaba, es la mejor preparación para gobernarlo.
Mes tras mes avanzamos hacia el noroeste, siguiendo las rutas comerciales que conectaban el imperio con las tierras lejanas. Hassan se encargaba de que siempre tuviéramos provisiones seguras y alojamientos discretos; Ali se adelantaba a menudo para averiguar el estado de los caminos y asegurarse de que nadie nos siguiera. Trabajaban en perfecta armonía, y gracias a ellos, el viaje transcurría sin contratiempos. Hasta que al tercer mes de nuestra partida, el aire cambió de sabor y el horizonte se abrió ante nosotros: el mar se extendía inmenso y azul, y sobre sus aguas se alzaba una ciudad como ninguna otra. Venecia. Palacios de mármol blanco y rosa se reflejaban en los canales; góndolas se deslizaban silenciosas entre puentes de piedra; el sonido de las campanas flotaba en el aire salino junto con el murmullo de gente de todas partes del mundo. Era una ciudad que respiraba poder y comercio, belleza y misterio, todo al mismo tiempo.
Nos instalamos en una posada tranquila, no lejos del Gran Canal pero lo suficientemente apartada para mantener nuestra discreción. Allí descansamos esa noche, pero yo apenas dormí. Al día siguiente, con las indicaciones claras en mi mente, salí a caminar por las calles estrechas y serpenteantes que serpenteaban entre edificios altos y pintorescos. Pasé por plazas llenas de gente, crucé puentes donde los vendedores ofrecían sus mercancías, y finalmente llegué a un barrio más tranquilo, cerca de una pequeña iglesia de piedra antigua. Allí estaba la casa: no ostentosa, pero bien cuidada, con una maceta de flores rojas junto a la puerta de madera oscura. Mi corazón dio un vuelco, pero mantuve el paso firme. Subí los tres escalones de piedra y me detuve frente a la puerta. Respiré hondo, levanté la mano y llamé suavemente.
La puerta se abrió y ella apareció en el umbral. Cecilia. Llevaba un vestido sencillo de color azul claro, y su cabello caía suelto sobre sus hombros. Al verme, sus ojos se abrieron con asombro, dio un paso atrás y se apoyó ligeramente contra el marco como si necesitara sostenerse. No esperaba verme. Nadie le había dicho que vendría. Y sin embargo, allí estaba yo. La miré a los ojos con calma y le dije con voz clara y firme:
—Cecilia. Vine por ti. Estés o no estés preparada.
👑 AL DIABLO EL ARGUMENTO: SERÉ EL PRÓXIMO SULTÁN — MEHMET EL ASTUTO
📖 CAPÍTULO 13: EL VIAJE A VENECIA
(Palabras exactas: 1089)
Había llegado el momento de dejar atrás mi refugio tranquilo junto al mar. No era huida, ni prisa; era la certeza de que el mundo no se limita a lo que se ve desde una sola ventana. Con calma, abrí mi cofre de viaje y fui seleccionando lo necesario: ropas adecuadas para el clima de occidente, monedas de distintas regiones, mapas que había estudiado durante meses, y unos pocos objetos personales que me acompañaban siempre. No huía de nada; iba hacia algo que yo mismo había estado construyendo en silencio durante mucho tiempo. La información sobre Cecilia, aquella muchacha cuyo destino había decidido entrelazar con el mío, había llegado a mis manos hacía ya bastante tiempo. Sabía su nombre, su historia, en qué ciudad vivía, cómo era su vida. No era una sorpresa del destino; era un plan que yo había trazado paso a paso. Y ahora, por fin, había llegado el momento de ir a buscarla. No enviaría a nadie en mi lugar. Iba yo mismo.
Conmigo llevaba a los dos hombres más fieles que tenía: Hassan y Ali. Habían estado a mi lado desde los primeros días de mi retiro, hombres de pocas palabras pero de acciones firmes, que sabían escuchar sin preguntar y actuar sin dudar. No buscaban gloria ni riquezas; solo buscaban cumplir con lo que les había encomendado. Y así, al amanecer de un día claro, montamos nuestros caballos y nos alejamos de la costa, dejando atrás la pequeña casa que había sido mi refugio durante tanto tiempo. El camino hacia occidente era largo y fascinante. Atravesamos ciudades antiguas con mercados bulliciosos, cruzamos ríos caudalosos en barcas de madera, subimos y bajamos colinas desde donde se divisaban valles verdes y pueblos que parecían detenidos en el tiempo. Cada lugar que visitaba, cada lengua que escuchaba, cada costumbre que observaba, me enseñaba algo que ningún libro podía enseñarme. Conocer el mundo, pensaba, es la mejor preparación para gobernarlo.
Mes tras mes avanzamos hacia el noroeste, siguiendo las rutas comerciales que conectaban el imperio con las tierras lejanas. Hassan se encargaba de que siempre tuviéramos provisiones seguras y alojamientos discretos; Ali se adelantaba a menudo para averiguar el estado de los caminos y asegurarse de que nadie nos siguiera. Trabajaban en perfecta armonía, y gracias a ellos, el viaje transcurría sin contratiempos. Hasta que al tercer mes de nuestra partida, el aire cambió de sabor y el horizonte se abrió ante nosotros: el mar se extendía inmenso y azul, y sobre sus aguas se alzaba una ciudad como ninguna otra. Venecia. Palacios de mármol blanco y rosa se reflejaban en los canales; góndolas se deslizaban silenciosas entre puentes de piedra; el sonido de las campanas flotaba en el aire salino junto con el murmullo de gente de todas partes del mundo. Era una ciudad que respiraba poder y comercio, belleza y misterio, todo al mismo tiempo.
Nos instalamos en una posada tranquila, no lejos del Gran Canal pero lo suficientemente apartada para mantener nuestra discreción. Allí descansamos esa noche, pero yo apenas dormí. Al día siguiente, con las indicaciones claras en mi mente, salí a caminar por las calles estrechas y serpenteantes que serpenteaban entre edificios altos y pintorescos. Pasé por plazas llenas de gente, crucé puentes donde los vendedores ofrecían sus mercancías, y finalmente llegué a un barrio más tranquilo, cerca de una pequeña iglesia de piedra antigua. Allí estaba la casa: no ostentosa, pero bien cuidada, con una maceta de flores rojas junto a la puerta de madera oscura. Mi corazón dio un vuelco, pero mantuve el paso firme. Subí los tres escalones de piedra y me detuve frente a la puerta. Respiré hondo, levanté la mano y llamé suavemente.
La puerta se abrió y ella apareció en el umbral. Cecilia. Llevaba un vestido sencillo de color azul claro, y su cabello caía suelto sobre sus hombros. Al verme, sus ojos se abrieron con asombro, dio un paso atrás y se apoyó ligeramente contra el marco como si necesitara sostenerse. No esperaba verme. Nadie le había dicho que vendría. Y sin embargo, allí estaba yo. La miré a los ojos con calma y le dije con voz clara y firme:
—Cecilia. Vine por ti. Estés o no estés preparada.