Violetta Bianchi tiene veinte años, estudia Administración de Empresas y sueña con construir una vida lejos del mundo al que pertenece. Nacida en una de las familias más poderosas de la mafia italiana, Violetta ha crecido rodeada de lujos, secretos y reglas que nunca pidió. Sin embargo, hay algo que siempre ha deseado más que cualquier otra cosa: encontrar el amor verdadero y escribir su propia historia. Oleg Petrov tiene veinticuatro años y es el heredero de un enorme imperio ruso. Empresario brillante, reservado y temido dentro del mundo criminal, aprendió desde muy joven que confiar en alguien puede convertirse en una debilidad. Y, sobre todo, no cree en el amor. Sus familias se conocen desde hace décadas y, cuando eran niños, Violetta y Oleg fueron inseparables. Pero cuando la familia Petrov regresó a Rusia, los dos perdieron el contacto y sus caminos tomaron rumbos completamente diferentes. Años después, sus padres toman una decisión que ninguno de los dos está dispuesto a aceptar: comprometerlos. Violetta y Oleg se niegan rotundamente. Sus familias, sin embargo, tienen otra idea. Antes de decidir definitivamente, deberán reencontrarse y pasar tiempo juntos para descubrir si aquellos dos niños que alguna vez fueron amigos todavía existen detrás de los adultos en los que se han convertido. El problema es que Violetta ya no recuerda al niño que conoció. Y Oleg parece haber olvidado por completo cómo sonreír. Entre familias poderosas, secretos, enemigos, negocios peligrosos, celos, discusiones y una atracción que ninguno de los dos quiere admitir, ambos descubrirán que algunas historias de amor comienzan exactamente donde menos las esperas. Porque quizá el destino ya había decidido por ellos mucho antes de que aprendieran a decir que no.
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SU PRIMERA CENA JUNTOS
La cena comenzó cinco minutos después de que Violetta y Oleg se sentaran frente a frente.
Cinco minutos.
Y ninguno de los dos había dicho una sola palabra.
Violetta miró su plato.
Después miró a Oleg.
Él parecía completamente tranquilo, como si estar sentado frente a una mujer que supuestamente sería su futura esposa fuera lo más normal del mundo.
Finalmente, Violetta decidió romper el silencio.
—¿Siempre eres así?
Oleg levantó la mirada.
—¿Así cómo?
—Serio.
—Sí.
—¿Nunca sonríes?
—A veces.
—¿Cuándo?
—Cuando hay una buena razón.
Violetta soltó una pequeña risa.
—Entonces tendré que esforzarme mucho.
—No necesitas hacerlo.
Ella frunció el ceño.
—¿Perdón?
—No necesitas hacerme sonreír.
—Créeme, tampoco estaba pensando hacerlo.
Oleg tomó tranquilamente su copa.
—Perfecto.
Violetta lo observó unos segundos.
Era irritante.
Muy irritante.
Y, por alguna razón, no podía dejar de mirarlo.
Había algo en él que no recordaba.
De niño había sido serio, sí, pero también podía ser divertido cuando estaban juntos.
Ahora parecía completamente diferente.
—¿Qué pasó contigo? —preguntó sin pensarlo.
Oleg dejó la copa sobre la mesa.
—¿A qué te refieres?
—Antes eras diferente.
—Éramos niños.
—Lo sé.
—Las personas cambian.
Violetta bajó la mirada.
—Supongo.
Hubo otro silencio.
Hasta que Oleg preguntó:
—¿Sigues creyendo en el amor?
Violetta levantó la cabeza.
La pregunta la tomó por sorpresa.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque mi padre me dijo que eres romántica.
Ella sonrió.
—¿Tu padre habla de mí?
—Habla demasiado.
Violetta soltó una carcajada.
—Eso sí lo recuerdo.
Por primera vez, Oleg sonrió ligeramente.
Fue apenas un instante.
Pero Violetta lo vio.
—¡Sonreíste!
La expresión de Oleg desapareció inmediatamente.
—No.
—Sí.
—Te equivocas.
—Te vi.
—Entonces viste mal.
Violetta sonrió triunfante.
—Sabía que todavía estabas ahí.
Oleg la miró fijamente.
—¿Quién?
—El niño que conocí.
Por unos segundos, ninguno habló.
Algo cambió en la mirada de Oleg.
Algo que Violetta no alcanzó a comprender.
⸻
Después de la cena, sus familias se retiraron a otra habitación.
Violetta salió al jardín.
Necesitaba aire.
Se sentó junto a una fuente y contempló las luces de la villa.
—Sigues haciendo eso.
Ella se giró.
Oleg estaba detrás de ella.
—¿Hacer qué?
—Escaparte cuando algo te incomoda.
Violetta sonrió.
—¿Lo recuerdas?
—Algunas cosas.
Él se sentó a su lado.
Durante unos segundos observaron el jardín.
—¿Recuerdas este lugar? —preguntó ella.
—Sí.
—Yo también.
Violetta señaló un árbol enorme.
—Ahí escondíamos nuestras cosas.
Oleg la miró.
—Tú escondías tus cosas.
—Tú me ayudabas.
—Porque siempre perdías las llaves.
Ella comenzó a reír.
—¡Es verdad!
Oleg negó con la cabeza.
—Eras un desastre.
—Y tú eras un niño demasiado serio.
—Y tú demasiado habladora.
—Sigues pensando lo mismo.
—Sí.
Violetta le dio un pequeño golpe en el hombro.
—Idiota.
Oleg la miró sorprendido.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Se rio.
Una risa breve, baja y genuina.
Violetta se quedó mirándolo.
—Ahí estás…
Oleg dejó de reír.
—¿Qué?
—Nada.
Ella sonrió.
Por primera vez desde que había llegado, ya no sintió que estaba frente a un desconocido.
Quizá todavía quedaba algo del niño que había conocido.
Pero ninguno de los dos sabía que aquella noche también había comenzado algo mucho más peligroso.
Desde una ventana del segundo piso, alguien los observaba.
Un hombre sacó su teléfono.
—Ya están juntos.
Al otro lado de la llamada, una voz respondió:
—Entonces empieza la segunda parte.
El hombre miró nuevamente hacia el jardín.
—¿Y qué hacemos con la chica?
Hubo unos segundos de silencio.
—Nada todavía.
—¿Y Oleg?
La respuesta fue fría.
—A él sí hay que quitarlo del camino.
La llamada terminó.
Y mientras Violetta y Oleg continuaban hablando en el jardín, ninguno de los dos imaginaba que alguien acababa de convertir su reencuentro en el comienzo de una guerra.