Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
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Capitulo 6: La verdad de marcos
Elena y Gabriel se deslizaron en silencio hacia el área de andenes, donde el aire olía a moho, polvo acumulado y metal oxidado. A través de las rejas de hierro desgastadas por el tiempo, la mirada de Elena se posó en una figura desoladora: Marcos Valdés estaba atado con cuerdas gruesas a una vieja silla de madera en medio de la vía en desuso. Tenía el rostro visiblemente golpeado, los pómulos inflamados y los labios cortados por donde caía un hilo de sangre seca. Sin embargo, sus ojos bien abiertos confirmaban que seguía consciente.
Detrás de él, en las sombras de la estructura, el segundo hombre de la agencia mantenía su arma de fuego apuntada directamente hacia la puerta principal. Estaba tenso, vigilando los accesos con una postura rígida y esperando que Elena entrara por donde cualquier persona común intentaría hacerlo.
—No podemos volver a usar la misma estratagema —murmuró Gabriel en voz baja, proyectando su voz solo en la mente de Elena—. Este sujeto está en alerta máxima. Si siente el más mínimo bajón de temperatura o el frío de mi presencia, disparará a Marcos antes de que podamos investigar o reaccionar.
—Tengo que hablarle —dijo Elena, sacando con manos temblorosas el teléfono de su bolsillo—. Marcos necesita saber que no está solo, que estoy aquí. Tiene que mantener la calma un poco más.
Antes de exponerse, Elena marcó con rapidez el número de la policía local para reportar una intrusión armada y un secuestro en la antigua estación abandonada. Dio la ubicación exacta con voz firme pero en un susurro controlado para no levantar sospechas. Sabía perfectamente que las patrullas tardarían al menos diez minutos en llegar a ese sector olvidado de la ciudad, pero necesitaba crear un margen de seguridad, un plan de respaldo para cuando todo esto terminara.
Luego, respiró hondo, guardó el móvil y salió despacio a la luz tenue que entraba por el techo roto del andén. Avanzó manteniendo las manos en alto para mostrar que estaba desarmada.
—¡Baja el arma! —gritó Elena. La potencia de su voz resonó en la nave industrial con una firmeza que ella misma no sabía que poseía—. La policía ya está en camino. Tienen toda la zona cercada y no hay salida para ti.
El agresor se giró violentamente, tomado por sorpresa al verla salir por un lateral en lugar de la entrada principal. Ajustó su agarre y apuntó la pistola directamente al pecho de Elena, con los ojos entrecerrados por la rabia.
—Doctora Elena —dijo el hombre, dejando escapar una sonrisa helada y carente de humanidad—. Nos ha causado demasiados problemas esta noche. Entregue las fichas del proyecto ahora mismo y tal vez, solo tal vez, la deje salir caminando de este lugar.
—Las fichas del proyecto están a salvo, fuera de tu alcance —respondió Elena, dando un paso lento y calculado hacia adelante para acortar la distancia. Mientras tanto, por la pasarela superior de metal, la silueta invisible de Gabriel se movía en silencio como una sombra —. Y el informe completo con todas las pruebas que reunió Marcos ya está en manos de la fiscalía. Si aprietas ese gatillo y me disparas, solo estarás confirmando cada palabra de ese documento.
Marcos levantó la cabeza con dificultad al escucharla. Al ver a Elena allí parada, arriesgando su vida por él, sus ojos se desorbitaron por el pánico y la desesperación. Intentó gritar a través de la mordaza, sacudiéndose contra las ataduras de la silla.
Ese segundo de distracción fue todo lo que Gabriel necesitaba.
Desde la pasarela superior, la forma fantasmal y helada de Gabriel se dejó caer en picado directamente sobre el hombre. Sorprendido por la ráfaga de aire que congeló el ambiente y golpeado por el terror instintivo de la aparición, el agresor apretó el gatillo por puro reflejo.
El disparo resonó como un trueno ensordecedor dentro de la estación abandonada.
Elena se detuvo en seco. Su rostro, un segundo antes lleno de determinación y valentía, se tornó pálido y desencajado. Dio un paso en falso hacia atrás y cayó al suelo sobre sus rodillas antes de colapsar de lado. Una mancha oscura comenzó a extenderse con rapidez sobre la tela de su camisa, justo a la altura del pecho.
Al ver a su amada desplomarse inerte sobre el concreto frío, un alarido de pura agonía y desesperación escapó de la garganta de Gabriel. La energía espiritual acumulada en su interior se desató sin control en una onda de choque estática tan violenta que hizo chispear y estallar los tubos fluorescentes del techo, dejando la estación en una penumbra .
El agresor soltó un grito desgarrador cuando una migraña atroz y paralizante le congeló los músculos en un espasmo violento. Desorientado por la descarga, la pistola en su mano volvió a dispararse sin control. La bala perdida atravesó el aire y alcanzó a Marcos en el abdomen, haciendo que se desplomara junto a la silla de madera.
Pero a Gabriel ya nada de eso le importaba. Desesperado, ciego de dolor y culpabilidad, se arrodilló al lado de Elena. Con Marcos agonizando a unos metros de distancia y la luz de la vida abandonando rápidamente los ojos de la joven doctora, Gabriel recostó su cabeza sobre el frágil pecho que dejaba de latir.
Las lágrimas invisibles de un fantasma cayeron sobre la piel cada vez más fría de Elena mientras el remordimiento le destrozaba la existencia. Ella había confiado en él, había puesto su destino en sus manos y él no había sabido protegerla. Pegando sus labios a la frente helada de la mujer que le había devuelto la humanidad, Gabriel le hizo una promesa en voz baja, una promesa impregnada de dolor y fe que atravesaría el tiempo, la muerte y el espacio: en su próxima vida, sin importar dónde, cuándo o cómo se reencontraran sus almas, él la buscaría, la cuidaría con su propia vida y la amaría por primera vez como ella realmente se merecía.