Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
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CAPÍTULO 15: RIVAS & TORRES - PARTE I - EL CARTEL EN LA PUERTA
Beccar me ofreció quedarme. No como asociada junior. Como asociada senior directa, con un aumento que era más de lo que mi mamá había ganado en un año entero en El Trébol limpiando la municipalidad.
Méndez me llamó a su oficina vidriada de Puerto Madero, la que daba al río. Me dijo: "Elena, lo que hiciste con el caso Cruz no lo hace nadie con cinco años de carrera, menos con ocho meses. Te quiero acá. Proyéctate. En cinco años podés ser socia. Te armo un equipo".
Yo la miré. Tenía 26 años recién cumplidos. Tenía un sueldo en dólares, una oficina con mi nombre escrito en vinilo y una causa ganada que había salido en todos lados. Era todo lo que había soñado cuando me tomaba el 132 a las 5 de la mañana con la campera verde.
Y sin embargo, no sentí nada.
"¿Puedo pensarlo?", le dije.
"Obvio. Tómate una semana".
Salí de Beccar y me fui caminando hasta mi departamento. No me tomé un taxi, aunque ya podía. Necesitaba caminar.
En el camino, pasé por un local vacío en la calle Tucumán, a dos cuadras de Tribunales. Un local chiquito, de 40 metros cuadrados, con pintura descascarada y un cartel de SE ALQUILA que estaba ahí desde que yo llegué a Buenos Aires. Siempre había pasado y había pensado "qué lindo sería".
Esa tarde entré y pregunté.
El dueño me dijo que salía 400 dólares por mes. Una locura para un local así. Pero era mi locura.
Llegué a mi depto. Marcos estaba ahí, como siempre, estudiando para el final de Ética que le quedaba, con su mochila enorme ocupando media mesa.
"Me ofrecieron quedarme en Beccar como senior", le dije.
"¿Y qué dijiste?", me preguntó, sin levantar la vista.
"Dije que lo iba a pensar. Pero ya pensé".
"¿Y?".
"¿Te acordás de ese local de Tucumán que siempre te digo? El que está todo roto al lado de la panadería?".
"Sí".
"Lo quiero alquilar. Quiero abrir mi propio estudio. No quiero defender empresas que contaminan y después hacen donaciones para lavarse la cara. Quiero defender a gente como Tomás Cruz. Como yo. Como nosotros. Los que sobran".
Marcos por fin levantó la vista. Tenía cara de que no sabía si reírse o llorar.
"Elena, ¿vos sabés lo que estás diciendo? Tenés 26 años. No tenés clientes. No tenés plata. Si te vas de Beccar, volvés a cero".
"Ya sé. Por eso no lo quiero hacer sola".
Me senté enfrente de él. Le agarré las manos, que estaban manchadas con resaltador amarillo.
"Marcos Torres, ¿querés ser mi socio? 50 y 50. Rivas & Torres. Abogados para los que no pueden pagar Beccar".
Se quedó en silencio un segundo que me pareció eterno.
"¿Vos estás segura? Yo todavía no me recibí. Me falta un final".
"Te falta un final que vas a dar en dos semanas y vas a sacar 10 porque sos el pibe más cabezón que conozco. Y además, yo ya averigüé, podés trabajar como procurador hasta que te recibas".
"Elena, yo...".
"¿Qué? ¿Tenés miedo?".
"Sí. Mucho. Pero de que me digas que no a otra cosa".
"¿A qué?".
"¿Te puedo besar antes de contestar? Porque si me decís que no al estudio, por lo menos me quedo con el beso".
Lo besé. Fuerte.
"Sí, quiero", me dijo contra la boca. "Quiero ser tu socio, tu novio, tu cadete, lo que quieras. Rivas & Torres suena hermoso".
Al día siguiente, renuncié a Beccar. Méndez me miró como si estuviera loca, pero me abrazó.
"Rivas, te vas a cagar de hambre seis meses. Después te vas a hacer millonaria. Te espero para cuando quieras volver, pero sé que no vas a volver".
Con lo que me quedaba del bono del caso Cruz, alquilamos el local. Lo pintamos nosotros mismos un fin de semana entero. Marcos, yo, y Luz y Santi que vinieron desde Rosario solo para ayudar. Pintamos las paredes de blanco, compramos dos escritorios usados en Mercado Libre, una biblioteca que encontramos en la calle y la limpiamos, y un limonero chiquito para el balconcito del local, que no tenía balcón pero tenía una ventana que daba a un aire y luz.
Encima de la puerta, mandamos a hacer un cartel de madera, de esos que se hacen a mano. Decía: RIVAS & TORRES - ESTUDIO JURÍDICO. DEFENDEMOS A LOS QUE SOBRAN.
Lo colgamos un martes a las 3 de la tarde. Hacía un calor de 35 grados. Estábamos transpirados, con pintura en el pelo.
Nos miramos.
"¿Y ahora?", dijo Marcos.
"Ahora esperamos a que venga gente", dije yo.
No vino nadie el primer día. Ni el segundo. Ni el tercero.
El cuarto día, vino doña Marta, la panadera de al lado, a preguntarnos si podíamos hacerle un contrato de alquiler porque su inquilino no le pagaba.
Le cobramos 2000 pesos y dos medialunas.
Ese fue nuestro primer caso.
Y así empezó todo.