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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:415
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 15: LLUVIA SOBRE ZINC

Llovió esa tarde como llovía en El Pozo cuando llovía en serio: sin aviso, sin tregua, convirtiendo las calles empinadas de la loma en pequeños ríos de agua barrosa que arrastraban basura, hojas, a veces zapatos perdidos, cuesta abajo hacia las partes más bajas del barrio. Mila y Nail habían quedado de verse esa tarde en el terreno baldío, pero el aguacero los sorprendió a mitad de sesión, obligándolos a correr buscando refugio bajo el único techo cercano: una construcción abandonada, apenas cuatro paredes y una plancha de zinc, que alguna vez había sido, según contaban los viejos del barrio, el inicio de una casa que nunca se terminó de construir.

Se quedaron ahí, mojados, respirando agitados por la carrera, viendo caer la lluvia a través del hueco donde algún día habría estado la puerta. El espacio era pequeño, apenas suficiente para los dos, y Mila sintió, por primera vez desde que se conocían, la cercanía física de Nail de una manera que no tenía nada que ver con el entrenamiento: sus hombros casi tocándose, el calor de su cuerpo compensando el frío repentino de la ropa mojada, su respiración todavía agitada mezclándose con la de ella en ese espacio cerrado y húmedo.

—Esto no estaba en el plan de hoy —dijo Nail, con una media sonrisa que a Mila le pareció, en ese contexto, casi desarmante, distinta a la seriedad calculada con que solía manejarse.

—Nada de lo que ha pasado en estos meses estaba en el plan de nadie —contestó Mila, y algo en su propia voz, más suave de lo que pretendía, le hizo notar que también ella estaba, de alguna manera, bajando la guardia.

El silencio que siguió se llenó del sonido de la lluvia golpeando el zinc, un ruido constante y envolvente que parecía aislarlos del resto del mundo, de El Pozo entero, de las deudas y las venganzas pendientes y las madres enfermas y todo lo demás que normalmente ocupaba cada rincón de la cabeza de Mila. Por un momento, ahí, mojados y temblando ligeramente de frío, solo existían ellos dos.

—Nail.

—¿Sí?

—¿Por qué me sigue entrenando? De verdad. No la versión oficial de que le debo algo. La verdad.

Nail se quedó callado un momento largo, mirando hacia la lluvia, con esa expresión que Mila ya sabía leer como la de alguien decidiendo cuánto de sí mismo estaba dispuesto a mostrar.

—Porque hace mucho tiempo que no veía a alguien pelear tan duro por algo que valiera la pena —dijo finalmente, con una honestidad que sonaba casi dolorosa, como si le costara un esfuerzo físico decirlo—. La mayoría de la gente en este barrio, cuando la vida les pega tan duro como le pegó a usted, se rinde o se hunde. Usted no. Usted se levantó al día siguiente y salió a buscar cómo defenderse. Eso no lo veo seguido, Mila. Y si le voy a ser sincero del todo... —se detuvo, con una vacilación que Mila nunca le había visto—, hay algo en usted que me recuerda a la persona que yo era antes de que este mundo me cambiara del todo. Y una parte de mí, no sé si egoísta o no, quiere ver hasta dónde puede llegar sin perder eso.

—¿Y si lo pierdo de todas formas? ¿Si termino como usted?

—Entonces al menos habré hecho todo lo posible para evitarlo.

Mila lo miró, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza que ya no tenía nada que ver con el frío ni con la lluvia, y sin pensarlo demasiado, cedió a un impulso que llevaba semanas conteniendo: acercó su mano a la de él, que descansaba entre los dos sobre el borde de una de las paredes a medio construir.

Nail no apartó la mano. Pero tampoco la buscó del todo. Se quedó quieto, con los dedos apenas rozando los de ella, en una tensión que se sentía más intensa que cualquier contacto directo.

—Mila...

—No diga nada. Solo... quédese así un momento.

Y por un momento, él se quedó. Fue apenas un minuto, quizás menos, pero en ese minuto, bajo el sonido incesante de la lluvia golpeando el zinc, Mila sintió algo que no había sentido desde antes de la muerte de Yeison: una sensación de estar, aunque fuera brevemente, a salvo. No físicamente a salvo —eso, con Nail cerca, siempre había sido cierto de alguna manera— sino a salvo de otra cosa, de la soledad enorme que había cargado desde el entierro, del peso de ser, de un día para otro, la única responsable de sostener a su madre y de encontrar justicia para su hermano.

Fue Nail quien finalmente rompió el contacto, apartando la mano con un cuidado que no lograba disimular del todo la lucha interna que la decisión le estaba costando.

—Esto no puede pasar, Mila —dijo, con una voz más firme de lo que su expresión sugería—. Se lo dije desde el principio. En mi mundo, querer a alguien es firmarle una sentencia. Don Efraín no perdona las distracciones, y mucho menos las distracciones que involucran a la familia de alguien a quien mataron sus propios hombres, aunque él no lo sepa.

—¿Qué tiene que ver don Efraín con nosotros?

Nail la miró con una expresión que mezclaba tristeza y una especie de resignación cansada, como quien ha tenido esa misma conversación consigo mismo demasiadas veces.

—Todo, Mila. Todo tiene que ver con don Efraín en este barrio, tarde o temprano. Si él se entera de que usted me importa, de verdad me importa, no de esta manera de instructor y alumna, va a ver en usted una debilidad mía. Y las debilidades, en este negocio, se explotan o se eliminan. No quiero arriesgarme a que sea usted la que pague ese precio.

La lluvia empezó a amainar, y con ella, el momento pareció disolverse también, dejando entre los dos una tensión nueva, distinta a la de las semanas anteriores: ya no era solo la tensión de dos personas que se sentían atraídas pero se contenían por disciplina profesional. Ahora había algo más, un reconocimiento mutuo que ya no podía deshacerse, aunque ambos se esforzaran en actuar como si nada hubiera cambiado.

—Va a seguir entrenándome, ¿verdad? —preguntó Mila, cuando por fin salieron de la construcción abandonada, con la lluvia reducida a una llovizna fina.

—Sí. Pero desde ahora, más cuidado que nunca. Con las lecciones, y con esto. —Señaló, con un gesto vago, el espacio entre los dos, sin necesidad de nombrar exactamente qué era "esto"—. Nos vemos el jueves.

Se separaron en la esquina de siempre, cada uno hacia su lado, y Mila caminó a casa bajo la llovizna sintiendo, mezclados en el pecho de una forma que no sabía bien cómo separar, el peso de la advertencia de Nail y la calidez todavía fresca de esos dedos rozando los suyos bajo el sonido de la lluvia sobre el zinc.

Sabía que él tenía razón. Sabía que ese camino, si lo seguían, solo podía traer complicaciones que ninguno de los dos necesitaba en ese momento.

Y aun así, esa noche, antes de dormirse, se sorprendió a sí misma deseando que lloviera otra vez pronto.

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