Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— El frío de las paredes grises
📌Personajes principales:
- Kaelen Voss — 18 años. Protagonista. Huérfano, criado en el reformatorio. Cabello negro azabache, ojos azules helados, piel pálida, cuerpo esculpido con tatuajes ocultos bajo la ropa. Salvaje, leal, herido, obsesionado con la venganza.
- Draven Valerius — 38 años. CEO multimillonario, exjefe mafioso. Alto, musculoso, abdominales definidos, ojos verdes esmeralda, cabello castaño oscuro con mechones plateados. Serio, imponente, misterioso, se derrite por quienes ama.
- Seraphina Valerius — 17 años. Hija mimada, hermanastra de Liora. Rubia platino, ojos verdes claros, modelo famosa. Frente a su padre es dulce y perfecta; a espaldas es cruel, engreída y manipuladora.
- Liora Valerius — 14 años. Hija biológica de Draven, madre la abandonó. Delgada, cabello castaño suave, ojos verdes tristes. Tímida, inteligente, maltratada por su madrastra y hermanastra en secreto. Se enamora en silencio.
- Elara Valerius — 38 años. Esposa de Draven, modelo famosa. Hermosa, elegante, superficial. Enamorada de Draven desde adolescente, pero celosa y cruel con Liora.
- Nathaniel Cross — 18 años. Novio de Seraphina. Guapo, carismático, rubio , ojos claros,pero roto por dentro: ama a Liora en secreto(desde que la vio); y la trata mal para ocultarlo.
- Mila — † Amiga del alma de Kaelen en el reformatorio. Dulce, valiente, de cabello castaño rizado y ojos marrones cálidos. Murió a los 12 años por culpa de Seraphina.
- Jax — 19 años. Mejor amigo de Kaelen desde el reformatorio. Leal, divertido, cabello castaño despeinado, ojos avellana. Ama a Kaelen en silencio desde siempre, pero nunca se lo dice por miedo a perderlo.
La lluvia golpeaba las ventanas del Reformatorio San Jude como dedos ansiosos por entrar. Kaelen tenía siete años cuando su madre murió en sus brazos, consumida por una enfermedad que la fue apagando como una vela sin nadie que la protegiera. Tres meses después, su padre lo tomó de la mano, lo llevó hasta la puerta de hierro negro del reformatorio, le acarició la cabeza con manos temblorosas y dijo: “Perdóname, hijo. Debo protegerte de ellos”. Y nunca volvió.
—¡No te vayas! —gritó Kaelen corriendo tras él, pero los guardias lo sujetaron con fuerza, arrastrándolo hacia adentro mientras veía la espalda de su padre desaparecer bajo la lluvia—. ¡Papá! ¡Vuelve!¡No me dejes!.
Ese día aprendió que el abandono duele más que los golpes. Aprendió a comer lo que sobraba, a dormir abrazándose a sí mismo, a no hacer ruido para no ser visto. Hasta que la conoció.
La encontró escondida detrás de los contenedores de basura, abrazando sus rodillas, temblando de frío. Tenía ocho años, cabello castaño rizado que le caía sobre los ojos marrones, y una sonrisa tan pequeña que parecía un secreto.
—Me llamo Mila —susurró—. ¿Tú cómo te llamas?
—Kaelen —respondió él, sin saber aún que ese nombre pronto sería sinónimo de todo lo que amaba.
Meses después llegó Jax, un niño de nueve años con la cara llena de moretones y una risa que intentaba ocultar el miedo. Se sentaron juntos en la mesa más alejada del comedor, y así formaron su propia familia: la que nadie les pudo dar.
—Somos nosotros tres contra el mundo —dijo Mila una noche, dibujando un corazón con tres iniciales en la pared del cuarto—. Siempre.
—Siempre —repitió Kaelen, entrelazando su mano con la de ella.
—Siempre —murmuró Jax, mirando a Kaelen con ojos que ya guardaban un amor que no se atrevía a decir.
Los años pasaron entre golpes, insultos y hambre. Los cuidadores y la directora los castigaban por cualquier cosa: Kaelen aprendió a pelear para proteger a Mila; Jax aprendió a distraer a los guardias para que no los encontraran; Mila aprendió a curar las heridas de ambos con paños fríos y palabras suaves que sabían a hogar. Pero por más que se abrazaran, las paredes grises seguían siendo frías, y el mundo allá afuera seguía sin saber que existían.
—Algún día saldremos de aquí —prometió Mila una noche, mirando por la ventana rota la luna llena—. Iremos a la playa, comeremos helado hasta doler el estómago, y nadie nos volverá a lastimar.
Kaelen la abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cabello.
—Te lo prometo. Donde tú vayas, yo voy.
Jax los miraba desde su litera, apretando los puños, con el corazón roto antes de que empezara a latir del todo. “Te quiero, Kaelen”, pensaba cada noche. “Y te protegeré aunque nunca me mires de la forma en que la miras a ella”.