Valentina Morales está acostumbrada a que la gente juzgue su cuerpo antes de conocer su corazón.
Después de perder su empleo y descubrir que su hermano tiene una enorme deuda con un hombre peligroso, Valentina acepta trabajar para el único hombre capaz de ayudarlos: Damián Ferrer, el mafioso más poderoso y temido de la ciudad.
Damián está acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Las mujeres se acercan a él por su dinero, su poder y su apellido.
Pero Valentina es diferente.
Ella no se deja intimidar.
No intenta conquistarlo.
No acepta sus órdenes sin discutir.
Y, sobre todo, no permite que nadie vuelva a hacerla sentir menos por tener curvas.
Lo que comienza como una relación basada en una deuda terminará convirtiéndose en una historia de amor, celos, traiciones y secretos.
Damián juró que jamás se enamoraría.
Valentina juró que jamás permitiría que un hombre controlara su vida.
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una noche peligrosa
Valentina permaneció mirando el mensaje durante varios minutos.
“Mañana a medianoche. Ven sola al viejo almacén.”
Debajo aparecía otro:
“Si quieres saber la verdad sobre tu padre, tendrás que venir.”
Su primera reacción fue borrar los mensajes.
La segunda fue llamar a Damián.
Pero no lo hizo.
Si él descubría que alguien la estaba citando, probablemente no la dejaría salir de la mansión.
Y Valentina necesitaba respuestas.
—Solo quiero saber la verdad —murmuró.
Guardó el teléfono y se acostó.
Pero no pudo dormir.
A la mañana siguiente, Damián notó inmediatamente que algo no estaba bien.
—Estás distraída.
Valentina levantó la mirada de la computadora.
—Estoy cansada.
—Otra vez esa respuesta.
—Porque es verdad.
Damián se acercó al escritorio.
—¿Has recibido otro mensaje?
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—No.
Él la observó fijamente.
—Mientes.
—No estoy mintiendo.
—Valentina.
—Damián.
Él suspiró.
—No quiero que te pase nada.
—Lo sé.
—Entonces dime la verdad.
Ella bajó la mirada.
Durante unos segundos estuvo a punto de contarle todo.
Pero recordó el mensaje.
Ven sola.
—No pasa nada.
Damián finalmente se alejó.
—Si necesitas algo, me lo dices.
Valentina asintió.
Pero cuando él salió de la oficina, se sintió culpable.
Por primera vez estaba ocultándole algo.
A las diez de la noche, la mansión estaba en silencio.
Valentina se puso una chaqueta y salió de su habitación.
Había memorizado la ubicación del almacén gracias a la dirección del mensaje.
Bajó las escaleras.
Estaba a punto de salir por la puerta trasera cuando escuchó una voz.
—¿Adónde vas?
Valentina se giró.
Damián.
El corazón casi se le salió del pecho.
—A caminar.
—¿A esta hora?
—No puedo dormir.
Damián se acercó.
—Voy contigo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque necesito estar sola.
Damián la miró con desconfianza.
—No me gusta esto.
—No todo tiene que ver contigo.
—En este momento sí.
Valentina sostuvo su mirada.
—Volveré pronto.
Damián no parecía convencido.
—Ten cuidado.
—Lo tendré.
Ella salió antes de que pudiera hacer más preguntas.
El automóvil la dejó a varias calles del almacén.
Valentina continuó caminando.
El lugar estaba abandonado.
Había edificios viejos, calles oscuras y ninguna persona alrededor.
Sacó el teléfono.
11:58 p. m.
Esperó.
A medianoche, una puerta metálica se abrió.
Valentina respiró profundamente y entró.
—¿Hola?
Nadie respondió.
—Vine porque me escribieron.
Una figura apareció entre las sombras.
Valentina retrocedió.
—¿Quién eres?
El hombre salió lentamente.
Era mayor.
Tenía el cabello gris y una cicatriz atravesándole una parte del rostro.
—Te pareces a tu madre.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Conociste a mi madre?
—Sí.
—¿Y a mi padre?
El hombre asintió.
—Lo conocí muy bien.
Valentina dio un paso hacia él.
—¿Qué relación tenía con Damián Ferrer?
El hombre miró alrededor.
—Tu padre trabajaba para la familia Ferrer.
—Eso ya me lo dijeron.
—Pero no te dijeron por qué.
—Entonces dígamelo.
El hombre respiró profundamente.
—Tu padre descubrió algo que podía destruir a la familia Ferrer.
Valentina frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Una traición.
—¿De quién?
Antes de que pudiera responder, escucharon un ruido afuera.
El hombre se puso alerta.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Te siguieron.
Valentina sintió miedo.
—¿Quién?
Un disparo rompió el silencio.
El hombre la tomó del brazo.
—¡Corre!
Valentina comenzó a correr.
Otro disparo golpeó una pared.
—¡Agáchate!
Ambos se escondieron detrás de unas cajas.
Valentina respiraba con dificultad.
—¿Quién está disparando?
—Los hombres de Alejandro.
—¿Quién es Alejandro?
El hombre la miró.
—El enemigo de Damián.
Otro disparo.
—¿Dónde está Damián?
—No lo sé.
Valentina sintió que el miedo aumentaba.
—Tenemos que salir.
—Hay una puerta trasera.
Corrieron.
Pero antes de llegar, dos hombres aparecieron frente a ellos.
El hombre que la acompañaba empujó a Valentina detrás de unas cajas.
—¡Quédate aquí!
—¡No!
Los hombres comenzaron a pelear.
Valentina vio una oportunidad y corrió hacia la salida.
Pero alguien la sujetó por detrás.
—¡Suéltame!
El hombre la arrastró hacia un automóvil.
Valentina gritó.
—¡Ayuda!
De repente, se escucharon varios vehículos acercándose.
Los hombres se detuvieron.
Un automóvil negro frenó frente al almacén.
La puerta se abrió.
Damián salió.
Su rostro estaba lleno de furia.
—¡Suéltala!
El hombre sacó un arma.
Damián levantó la suya.
—Te doy tres segundos.
El hombre empujó a Valentina.
Ella cayó al suelo.
Damián corrió hacia ella.
—¿Estás bien?
Valentina asintió, temblando.
—¿Qué haces aquí?
Ella no respondió.
Damián la ayudó a levantarse.
—¡Te dije que no salieras sola!
—Yo...
—¡Podrían haberte matado!
—Necesitaba saber la verdad.
Damián la miró con rabia y preocupación.
—¿Y casi mueres por ella?
Valentina comenzó a llorar.
—No sabía qué hacer.
La expresión de Damián cambió.
La abrazó.
Valentina apoyó la cabeza contra su pecho.
Por primera vez, no intentó alejarse.
—Pensé que iba a perderte —susurró él.
Valentina levantó la mirada.
—¿Te preocupaste por mí?
Damián la miró a los ojos.
—Más de lo que debería.
Por un instante, todo quedó en silencio.
Hasta que uno de sus hombres se acercó.
—Señor.
Damián no apartó la mirada de Valentina.
—¿Qué?
—Encontramos esto.
Le entregó un pequeño sobre.
Damián lo abrió.
Dentro había una fotografía antigua.
La miró.
Su rostro palideció.
Valentina intentó verla.
—¿Qué es?
Damián escondió la fotografía.
—Nada.
—No me mientas.
Él la miró.
—Tenemos que regresar.
—¿Por qué?
Damián apretó la fotografía en su mano.
—Porque ahora sé quién está detrás de todo.
En la mansión, Damián llevó a Valentina directamente a su habitación.
—Quédate aquí.
—¿Y tú?
—Tengo cosas que resolver.
Valentina lo tomó del brazo.
—Damián.
Él se detuvo.
—Gracias por venir por mí.
Damián la miró.
—Siempre voy a venir por ti.
Valentina sintió que el corazón le daba un vuelco.
Damián salió.
Pero antes de cerrar la puerta, la miró una última vez.
En su despacho, Damián colocó la fotografía sobre el escritorio.
En ella aparecían cuatro hombres.
Su padre.
El padre de Valentina.
Un joven Damián.
Y un cuarto hombre.
Damián conocía perfectamente aquel rostro.
—No puede ser —murmuró.
Uno de sus hombres entró.
—¿Qué sucede?
Damián levantó la fotografía.
—Él está vivo.
—¿Quién?
Damián apretó la mandíbula.
—Alejandro Ferrer.
El hombre palideció.
—Pero todos creíamos que había muerto.
Damián miró hacia la puerta.
Pensó en Valentina.
—No murió.
Hizo una pausa.
—Y ahora sabe que ella existe.
En ese instante, el teléfono de Damián sonó.
Un mensaje.
“La próxima vez no fallaremos.”
Damián cerró los ojos.
La guerra que había intentado dejar atrás acababa de comenzar nuevamente.
Y esta vez, la persona que más le importaba estaba en el centro de ella.