Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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Corte de luz
Los días que siguieron al beso de consuelo tuvieron una incomodidad nueva, distinta a cualquier otra que Claudia hubiera sentido antes en el bar. Eric la trataba con la misma amabilidad de siempre, pero había algo cuidadoso en sus gestos, como quien camina sobre un piso que no sabe si va a aguantar el peso.
—Necesitamos que el show de esta noche funcione bien —dijo ella, esa tarde, mientras acomodaban las luces antes de abrir—. Con lo de Melina que no viene hace unos días, estamos cortos de manos, y la plata que entró la semana pasada no alcanza ni para pagar el alquiler del local de al lado que quería alquilar para los vestuarios.
—Va a funcionar —dijo Eric, con su seguridad habitual, ajustando una de las tiras de led que insistía en parpadear sin motivo—. Hoy tengo ganas de bailar como nunca.
Claudia asintió, aunque se quedó un segundo más de la cuenta mirándolo, como si tuviera algo más que decir y no encontrara el momento.
—Eric.. —dijo, por fin, dejando la escalera contra la pared—. Lo del otro día...
—Yo sé que estuve mal en darte ese beso, te pido disculpas — interrumpió él, un poco incómodo.
—No hace falta que te excuses, yo prefiero siempre que me digan la verdad. En ese sentido, está muy bien que seas sincero —cerró Claudia, más rápido de lo que hubiera querido, sintiendo que el estómago se le apretaba solo de imaginar la conversación—. Ya quedó claro lo que me dijiste.
—Igual quería decirte algo más —Eric se acercó, bajando la voz, con una seriedad que a Claudia le costaba reconocerle—. No fue que no me gustó. Fue justo lo contrario. Por eso me asusté. Yo no soy de esos que arman algo serio con nadie, Claudia. Nunca lo fui. Y no sería justo para vos que te ilusionaras y yo después te lastime.
Claudia sintió una punzada de tristeza que trató de disimular con una sonrisa que le costó bastante más de lo normal. Ella hubiera preferido que no le dijera eso último, que le había gustado. Porque ahora era un hombre más, rompiendo su corazón y no un joven que simplemente había tenido el impulso de besarla.
—Te entiendo —dijo, y en parte era verdad—. No pasa nada. Somos socios, nada más. Además podría ser tu mamá.
—Socios —repitió él, con media sonrisa que no le llegó del todo a los ojos, ignorando lo de "podría ser tu mamá".
No hablaron más del tema. Terminaron de armar el salón en un silencio que no era incómodo, pero tampoco era el de antes, y cuando las primeras clientas empezaron a golpear la persiana pidiendo entrar, los dos se sumergieron en la rutina del show con el alivio de tener algo concreto en qué ocupar las manos y la cabeza.
El bar se llenó como pocas veces. Claudia corría de mesa en mesa, sirviendo tragos, cobrando entradas, calculando mentalmente que esa noche por fin iban a poder pagar todo lo atrasado. Eric, ya cambiado detrás de la cortina improvisada que hacía de camarín, esperaba su entrada con los nervios de siempre, los mismos que nunca se le notaban en el escenario pero que Claudia había aprendido a reconocer en la forma en que se pasaba las manos por el pelo antes de salir.
La música arrancó. Las luces bajaron. El público, apretado entre las mesas, empezó a gritar y aplaudir en cuanto la silueta de Eric se recortó contra el fondo iluminado de la tarima.
Y entonces todo se apagó.
De golpe, sin aviso, el bar entero quedó a oscuras. La música se cortó a mitad de un compás, dejando un silencio raro, denso, que duró apenas un segundo antes de que el salón entero estallara en gritos, algunos de sorpresa, otros de risa, un par directamente de fastidio.
—¡No puede ser! —gritó Claudia desde la barra, tanteando en la oscuridad buscando el teléfono para usarlo de linterna—. ¡Justo hoy!
—Se cortó todo el cuadro, debe ser la térmica —dijo Eric, su voz llegando desde algún lugar cerca de la tarima, con un tono que, contra todo pronóstico, sonaba más divertido que preocupado—. Ya la reviso.
Entre las quejas del público y las risas nerviosas de quienes se habían quedado literalmente a oscuras a mitad de un show de striptease, Eric y Claudia se turnaron el teléfono para revisar la caja de térmicas en el depósito, sin encontrar ninguna solución rápida.
Después de un rato de disculparse con la gente, ofrecer tragos gratis para calmar los ánimos y prometer que la próxima función sería con entrada libre para compensar, el bar terminó de vaciarse entre risas resignadas y comentarios de "che, por lo menos fue gratis lo poco que vi".
Cuando el último cliente se fue, Claudia se dejó caer en una de las sillas, agotada, con la cabeza apoyada contra la pared fría.
—Bueno —dijo Eric, sentándose a su lado con dos cervezas tibias que había rescatado de algún lugar—, técnicamente fue el show más corto de la historia del local.
Claudia se rió, a pesar de todo, agradecida de que él encontrara la manera de aliviar el desastre con humor.
—Salgamos a fumar —dijo, tomando la cerveza—. Necesito aire.
Se sentaron en el cordón de la vereda, con la persiana a medio bajar detrás de ellos y el barrio ya casi en silencio a esa hora. Eric encendió un cigarrillo, le ofreció uno a Claudia, que aceptó aunque hacía años no fumaba, y se quedaron un rato así, en silencio, mirando la calle vacía.
Fue en esa calma, con el humo subiendo despacio entre los dos, que Claudia se acordó de algo que llevaba días postergando.
—Tengo que hablar con Melina —dijo, más para sí misma que para él—. No puedo seguir así, evitándola.
—¿Qué le vas a decir?
—No sé. —Claudia exhaló, mirando el humo perderse en el aire de la noche—. Que puede quedarse con Fabián, supongo. Que yo ya terminé con él de verdad, que no tiene que sentirse culpable por algo que en realidad es mío para resolver, no de ella.
Al día siguiente, cumplió su palabra. Encontró a Melina en la puerta del bar antes de que abrieran, con los brazos cruzados y una expresión cautelosa, como quien espera un golpe que no sabe de qué lado va a venir.
—Quería decirte algo —empezó Claudia, sintiendo que las palabras le costaban más de lo que había planeado—. Con Fabián, ya está. Terminó, de verdad, no como algo que se dice en caliente. Así que si vos querés seguir con él, adelante. No tenés que sentirte mal por mí.
Melina se quedó mirándola un largo segundo, con una expresión que Claudia no pudo terminar de descifrar del todo.
—Ay, Clau. —Soltó un suspiro que sonó más cansado que aliviado—. No sé si es tan simple como vos lo pintás.
—¿Por qué no?
—Porque no siento que esté ganando nada, ¿entendés? —Melina se cruzó de brazos, con la mirada perdida hacia la calle—. Vos me das permiso como si me estuvieras haciendo un favor, pero yo sigo siendo la otra. La que espera a que un hombre casado tenga un rato libre. Nada de eso cambia porque vos me digas que está bien.
Claudia sintió que algo se le encogía en el pecho, una ternura incómoda hacia su amiga que no esperaba sentir en medio de todo ese lío.
—Nunca lo pensé así —admitió, en voz baja.
—Ya sé que no. —Melina forzó una sonrisa, la primera desde que había empezado la conversación—. Nadie lo piensa así hasta que le toca estar del otro lado.